Hubo un tiempo en que la noche josefina no era “oscura”: era negra, cerrada, de faroles de sebo primero y de canfín después. Uno caminaba con la prudencia de quien sabe que el mundo se termina a pocos metros de la luz. Y, sin embargo, en 1884 la capital vivió una de esas escenas que dividen la historia en dos: antes y después del asombro.
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