Durante el período colonial Costa Rica era una provincia de la Capitanía General de Guatemala, que a su vez dependía del Virreinato de la Nueva España (México). Y éste, a su vez pertenecía al Imperio Español. Por eso no se puede analizar la independencia de Costa Rica, en forma separada de la independencia de Centroamérica.
Al mirar hacia nuestro pasado encuentro mis raíces, mi tierra, mi parentela… No tengo duda alguna que el pasado tiene que ver con quien yo soy en el presente. Ese pasado es lo que muy a menudo busco, quienes eran mis abuelos, que aroma tenía su casa, que huella dejaron en mi y que le dejaré a mi descendencia.
Es por eso que inicié este sitio… para buscar entre el baúl del tiempo las bellezas del pasado, la realidad del presente y la esperanza del futuro.
Mi querido amigo, espero que juntos emprendamos este bello viaje al pasado y tú también puedas aportar tu historia…nos vemos en la carreta del tiempo, respirando olor a tierra mojada, tomando un jarro de café, sentados en la poltrona de madera y cuero que nos arrullará y sacará lo mejor de nosotros.
Nos vemos en la poesía, en la anécdota, en el cuento, en el relato…en la historia de Mi Costa Rica de Antaño!
A finales del siglo XIX, cuando San José aspiraba a convertirse en una capital moderna, La Sabana comenzó a ser vista como mucho más que aquel extenso llano de Mata Redonda donde pastaba el ganado y los habitantes acudían a pasear.
1900 Llano de Mata Redonda.
En medio de aquella búsqueda de progreso surgió un ambicioso proyecto: construir un gran hipódromo destinado a las carreras de caballos, al entretenimiento público y al mejoramiento de la raza caballar.
El monumental edificio fue presentado como una señal de adelanto y civilización. Sin embargo, detrás de aquella hermosa estructura se escondía una historia breve y accidentada.
El Hipódromo de La Sabana, inaugurado con grandes expectativas en diciembre de 1897, terminó convertido en uno de los proyectos más singulares —y también más desafortunados— del San José de antaño.
El Hipódromo de La Sabana, uno de los primeros grandes edificios construidos en aquel extenso llano al oeste de San José.
Los primeros proyectos
La idea de establecer un hipódromo en La Sabana no era completamente nueva.
En 1885, el estadounidense Silas Wright Hastings había presentado una propuesta que contemplaba no solamente la construcción de un hipódromo, sino también el establecimiento de un tranvía que facilitara el traslado de los visitantes hasta aquel lugar. El proyecto, sin embargo, nunca llegó a realizarse.
Años después, en diciembre de 1896, la Municipalidad de San José celebró un contrato con Rafael Alvarado, mediante el cual se le concedía el usufructo de diez hectáreas de La Sabana durante un periodo de 25 años.
El propósito era establecer un hipódromo que contribuyera al mejoramiento de la raza caballar, fomentara la práctica de la equitación y ofreciera a los josefinos un nuevo centro de recreo.
En 1897, Alvarado cedió sus derechos a la empresa The Costa Rica Race and Track Amusement Company, de la cual formaba parte el poderoso empresario Minor Cooper Keith y cuyo presidente era Fabián Esquivel.
La compañía contrató a Samuel Schwartz Goldblaum, representante general de Luis León Lowe, para llevar adelante la construcción del nuevo edificio.
Un símbolo de modernidad
Durante aquellos años, las carreras de caballos eran consideradas una diversión elegante y propia de las grandes capitales.
La prensa comparaba el futuro hipódromo josefino con los establecimientos existentes en ciudades como París y Madrid. Para determinados sectores de la sociedad, las carreras representaban una forma de entretenimiento moderna y civilizada, en contraste con otras diversiones tradicionales, como las corridas de toros y las peleas de gallos.
San José deseaba mostrar que también podía contar con espacios de recreación semejantes a los de las ciudades europeas.
La Sabana, por su amplitud, paisaje y cercanía con la capital, parecía el sitio ideal para hacer realidad aquel sueño.
Así era el Hipódromo de La Sabana en 1897
Una valiosa descripción publicada por el periódico El Diarito el miércoles 22 de diciembre de 1897 permite conocer cómo era el hipódromo cuando acababa de concluirse.
Según la noticia, el establecimiento:
– Ocupaba diez hectáreas rodeadas por planchas de hierro.
– Se llegaba hasta él siguiendo la Avenida Central, que conducía al visitante hacia el amplio y pintoresco valle de La Sabana.
– Junto a la entrada principal había dos pequeñas casetas destinadas a la venta de boletos.
– La pista medía 20 varas de ancho y estaba delimitada por cercas de madera cuidadosamente pintadas.
– Su recorrido exterior alcanzaba los 904 metros, mientras que el interior medía aproximadamente 800 metros.
– El edificio principal tenía 60 metros de frente y 25 metros de fondo.
– En su parte posterior alcanzaba una altura de 15 metros y poseía un mirador situado a unos 20 metros de altura.
Desde aquel punto podían contemplarse el paisaje de los alrededores y poblaciones como San Isidro, San Juan, Heredia y Alajuela.
Amando Céspedes Marín
Grabado del recién construido Hipódromo de La Sabana, publicado por El Diarito el 22 de diciembre de 1897. Restauración: Mi Costa Rica de Antaño.
Palcos, graderías y un mirador para el juez
La construcción estaba sostenida por siete armazones principales y seis secundarios.
Dos amplias escaleras situadas en el frente comunicaban con un pasadizo que daba acceso a 80 palcos, distribuidos en espacios de dos, cuatro y ocho asientos.
También había un mirador junto a la pista que funcionaba como palco para el juez encargado de observar las competencias.
La descripción periodística afirmaba que el edificio podía acomodar cómodamente a unas 2.000 personas. Investigaciones históricas posteriores señalan una capacidad de hasta 2.500 espectadores, por lo que posiblemente esa cifra incluyera otros espacios o áreas de pie.
Las instalaciones se encontraban divididas en sectores destinados a hombres y mujeres, una distribución acorde con las costumbres sociales de finales del siglo XIX.
Un edificio con todas las comodidades.
El Hipódromo de La Sabana no fue concebido únicamente como una gradería para contemplar las carreras.
En su interior funcionaban cantinas, restaurantes y cocinas. También contaba con un local especialmente destinado a las apuestas y una oficina para la administración.
El abastecimiento de agua provenía de la Acequia de Las Pavas. Un ariete hidráulico impulsaba el agua hacia un estanque con capacidad para 1.500 galones, desde donde se distribuía a los diferentes servicios del edificio.
Había lavatorios, orinales y excusados separados para hombres y mujeres, además de un servicio reservado para el presidente de la República. Los desagües eran conducidos mediante cañerías de barro vidriado.
Estos detalles, que hoy podrían parecernos cotidianos, eran dignos de destacarse en 1897 y demostraban el interés por presentar el hipódromo como una obra moderna y bien equipada.
La instalación de la cafetería estuvo a cargo de Ricardo Borbón. El director general de los trabajos fue Enrique Daverio, mientras que Rafael Alvarado González figuraba como administrador de la empresa.
De acuerdo con El Diarito, la actividad de Luis León Lowe permitió que aquel edificio se levantara en el sorprendente plazo de apenas tres meses.
El periódico celebraba la obra afirmando:
“Los progresos de nuestra capital exigían ya un lugar de recreo como éste”.
La inauguración de 1897
La inauguración fue anunciada para el sábado 25 de diciembre de 1897.
Inauguración del hipódromo.
Como parte del programa se preparó una gran corrida de caballos con tres premios: 750 pesos para el primer lugar, 250 pesos para el segundo y 150 pesos para el tercero.
Participarían cuatro caballos estadounidenses de pura raza, además de reconocidas bestias del país.
El hipódromo también se preparaba para recibir actividades durante las fiestas cívicas de los días 30 y 31 de diciembre y el 1.º de enero.
Todo parecía anunciar el comienzo de una exitosa etapa para el entretenimiento josefino. El edificio había costado alrededor de 55.000 pesos y sus promotores esperaban convertirlo en uno de los principales puntos de reunión de la sociedad capitalina.
Pero la realidad sería muy diferente.
Del entusiasmo a la desconfianza
Desde su inauguración comenzó a circular entre los habitantes el rumor de que la estructura no resistiría el peso de una multitud.
Según las investigaciones históricas, durante las primeras actividades solamente se ocupó aproximadamente la mitad de su capacidad. El temor del público, sumado a otros problemas administrativos, afectó seriamente el funcionamiento del establecimiento.
Las carreras no se realizaban con la frecuencia esperada y el hipódromo permanecía cerrado durante largos periodos.
El edificio que había sido presentado como símbolo del progreso comenzó a ser visto como un obstáculo dentro de La Sabana.
Las críticas de la Municipalidad.
En 1899, la Municipalidad de San José solicitó la anulación del contrato con la Compañía del Hipódromo.
Entre otras razones, las autoridades alegaban que los empresarios no habían cumplido con la obligación de importar dos caballos sementales de pura raza para mejorar la caballada nacional.
También criticaban la ubicación y la apariencia del edificio, pues consideraban que interrumpía la vista y perjudicaba los atractivos naturales de La Sabana.
La Municipalidad esperaba que allí se celebraran carreras y espectáculos al menos una o dos veces al mes. Sin embargo, denunciaba que el lugar permanecía cerrado y que los terrenos se utilizaban para el pastoreo del ganado de los empresarios.
Rafael Alvarado y Minor Cooper Keith propusieron entonces llegar a un nuevo acuerdo: reducir la extensión ocupada, trasladar el edificio a un punto donde no obstaculizara la vista y entregar a la Municipalidad la mitad de las ganancias obtenidas durante las fiestas nacionales y municipales.
El nuevo hipódromo fue inaugurado el 15 de septiembre de 1900, pero este segundo intento tampoco logró consolidar el proyecto.
El final del Hipódromo de La Sabana
Finalmente, en 1904 se anuló el contrato entre las partes y Rafael Alvarado y Minor Cooper Keith debieron desmantelar el edificio.
Así terminó la breve existencia de una construcción que había nacido rodeada de elogios y grandes expectativas.
Aunque el proyecto fracasó económicamente, su historia refleja un momento muy particular de San José: una capital que se transformaba, que miraba hacia Europa y que deseaba incorporar nuevas formas de deporte, recreación y convivencia social.
Aquel hipódromo fue mucho más que una pista para carreras de caballos. Representó el deseo de convertir La Sabana en un espacio moderno, aun cuando el resultado no correspondiera a las aspiraciones de sus promotores.
Con el tiempo, La Sabana continuaría cambiando. Allí surgirían campos deportivos, lagos, áreas recreativas, el antiguo aeropuerto y, posteriormente, el gran parque metropolitano que conocemos hoy.
Del viejo hipódromo solamente quedaron algunas fotografías, grabados y noticias amarillentas en los periódicos. Sin embargo, esas imágenes todavía nos permiten asomarnos a aquella época en que un enorme edificio de madera, coronado por banderas y lleno de palcos, se levantó en medio del llano de Mata Redonda como uno de los grandes sueños del San José de antaño.
Referencias
El Diarito, año V, número 1084, San José, 22 de diciembre de 1897. Sistema Nacional de Bibliotecas de Costa Rica.
Diario de Costa Rica, ediciones del 9 y 17 de octubre y 29 de diciembre de 1897.
Quesada Avendaño, Florencia. La modernización entre cafetales: San José, Costa Rica, 1880-1930.
Castro Harrigan, Álvaro y Carlos Castro Harrigan. Costa Rica: imágenes e historia. Fotografías y postales, 1870-1940. Editorial Técnica Comercial, 2005.
Archivo Nacional de Costa Rica, fondos y actas municipales de San José.
Una casa comercial en el corazón del viejo San José.
1922 Fotografía de Archivo Nacional. Calle Central, entre avenidas Central y Segunda, 50 metros al norte de la Catedral Metropolitana, San José. Hoy día, ahí está la Tienda Feoli, entre otras casas comerciales y oficinas.
Entre los edificios que alguna vez engalanaron el centro de San José se encontraba la sede de R. E. Smyth & Co., una importante casa comercial vinculada al movimiento de mercancías y al comercio exterior costarricense durante las primeras décadas del siglo XX.
La ubicación corresponde a Avenida Central y Calle Central —actual Calle 0—, aproximadamente 100 metros al norte del Teatro Popular Melico Salazar.
En el corazón de San José, sobre Avenida Central y Calle Central, aproximadamente 100 metros al norte del actual Teatro Popular Melico Salazar, funcionó en una de sus etapas el histórico Diario de Costa Rica. En la planta alta se encontraban dependencias del periódico, mientras que en la planta baja estaban comercios como La Nueva Geisha y Bazar Central, claramente visibles en fotografías antiguas del inmueble.
La historia costarricense también fue construida por hombres y mujeres nacidos más allá de nuestras fronteras, pero que encontraron en este país refugio, familia y un espacio donde poner sus conocimientos al servicio de la nación. Uno de ellos fue el doctor Lorenzo Montúfar y Rivera, abogado, educador, diplomático, periodista e historiador guatemalteco, cuya presencia dejó una profunda huella en la Costa Rica del siglo XIX.
La relación de la familia Montúfar con Costa Rica no terminó con el doctor Lorenzo Montúfar y Rivera. Uno de sus hijos, Rafael Montúfar Madriz, nació en San José y heredó de su padre la vocación por el derecho, el periodismo, la política y el estudio de la historia.
De Barrio Aranjuez a Curridabat: historia de una de las grandes industrias tabacaleras del país
Durante buena parte del siglo XX, Republic Tobacco Company fue un nombre familiar para miles de costarricenses. Sus fábricas, sus marcas de cigarrillos y, sobre todo, las generaciones de hombres y mujeres que trabajaron en ellas formaron parte de la historia industrial de Costa Rica.
una tradición de ebanistería que dejó huella en San José, 1906.
A comienzos del siglo XX, cuando San José experimentaba una importante transformación urbana y comercial, un ebanista procedente de Cataluña inició un pequeño taller que con el paso de los años llegaría a convertirse en uno de los nombres más reconocidos de la fabricación de muebles finos en Costa Rica: Urgellés.
Mapa de Cataluña, España.
Su historia comenzó con José UrgellésRicart un artesano formado en Barcelona que hizo de la madera no solamente un oficio, sino un verdadero arte.
Del oro de los Montes del Aguacate a la minería del siglo XX
Cuando pensamos en la historia económica de Costa Rica, casi inevitablemente aparecen el café, el banano y el ferrocarril. Sin embargo, mucho antes de que algunos de estos productos transformaran definitivamente al país, otra actividad despertó sueños de riqueza, atrajo inversionistas y trabajadores y abrió caminos hacia regiones todavía poco pobladas: la minería.
La historia de la familia Malavasi en Costa Rica comenzó mucho antes de que su apellido apareciera en la fachada de un conocido almacén josefino. Sus raíces nos llevan hasta Italia y hasta aquellos inmigrantes que, a finales del siglo XIX, llegaron para trabajar en una de las obras más difíciles y trascendentales de nuestra historia: el Ferrocarril al Atlántico.
Fotografía tomada desde la Clínica Católica por Maritza Cartín E., 2024.
La Iglesia de San Antonio de Padua en Guadalupe de Goicoechea (situada frente al Hospital La Católica) es un templo católico a cargo de la Orden de Frailes Menores (OFM) (los franciscanos).
La extraordinaria historia de la residencia de Miguel Macaya Artuz, San José
En el corazón de San José, sobre la antigua Calle Central (calle 0), entre las avenidas 5 y 7, de la Iglesia del Carmen 150 metros al norte, se levantó durante muchos años una elegante residencia que fue testigo de algunos de los capítulos más interesantes de la historia josefina.
Se sitúa en el piso bajo que da a la calle 11a. norte. El nuevo edificio en construcción que se sitúa frente al costado sur de la Fábrica Nacional de Licores, será un verdadero ornato para la «Avenida de las Damas».
A principios del siglo XX, cuando Costa Rica comenzaba a dar sus primeros pasos hacia la industrialización, una empresa destacaba como símbolo de progreso y modernidad: la Fábrica de Calzado El Acorazado de Oriente.
Hubo una época en que escuchar música sin la presencia de un músico era algo casi mágico.
A finales de la década de 1920, los josefinos podían vivir esa experiencia en una elegante esquina del centro de la capital, donde funcionó uno de los establecimientos más modernos de su tiempo: el Salón Columbia.
Ubicado en la esquina de Avenida Central y Calle Primera (Calle Central), frente a la histórica Ferretería Macaya, este comercio ocupó uno de los edificios más representativos del San José de principios del siglo XX, el inmueble conocido posteriormente como El Siglo Nuevo.
Un edificio con historia
El edificio fue construido en 1913 y constituye un magnífico ejemplo de la arquitectura neoclásica comercial que caracterizó el crecimiento urbano de San José durante las primeras décadas del siglo XX.
Originalmente perteneció a don Julián Mateo y doña Felisa Herrero Vitoria, miembros de una reconocida familia de comerciantes josefinos. Con el paso de los años, el inmueble se convirtió en uno de los más importantes del centro capitalino, albergando diversos negocios que formaron parte de la memoria comercial de la ciudad.
Hoy continúa siendo parte del Centro Histórico de San José y conserva gran parte de sus características arquitectónicas originales, testimonio silencioso de más de un siglo de historia.
El Salón Columbia
Hacia finales de la década de 1920, uno de los locales del edificio fue ocupado por el Salón Columbia, representante en Costa Rica de los famosos fonógrafos y discos Columbia, distribuidos por Arango & Co. S. A.
Lejos de ser una simple tienda, el Salón Columbia era una verdadera vitrina de la tecnología más avanzada de la época. Allí los visitantes podían admirar y adquirir modernos fonógrafos Viva-Tonal, capaces de reproducir la voz y la música con una calidad que maravillaba al público.
Los anuncios de 1928 invitaban a los costarricenses a experimentar aquellos innovadores aparatos, describiéndolos como:
”…la más maravillosa creación de la industria que reproduce la voz humana con entera fidelidad y perfección.”
Su lema comercial resumía perfectamente aquella promesa tecnológica:
“Viva-Tonal… como la misma vida.”
Una empresa con presencia nacional
El Salón Columbia no atendía únicamente a la clientela josefina.
Los anuncios de la época muestran que Arango & Co. S. A. había establecido una importante red de distribución en varias ciudades del país, con subagencias en Alajuela, Cartago, Puntarenas, Limón y San Ramón, llevando la música grabada a distintas regiones de Costa Rica.
En una época en que la radio apenas comenzaba a abrirse paso y la televisión era todavía un sueño lejano, un fonógrafo Columbia representaba el máximo adelanto tecnológico para disfrutar música en el hogar.
Una esquina inolvidable
Las fotografías antiguas permiten apreciar el gran rótulo vertical con la palabra COLUMBIA, que destacaba entre los elegantes comercios de la Calle Central.
En aquella misma cuadra convivían establecimientos tan conocidos como la Gran Hotel Pensión Italiana, la Ferretería Macaya y otros importantes negocios que daban vida al corazón comercial de San José.
Quienes caminaron por esa calle hace casi cien años seguramente se detenían frente a las vitrinas del Salón Columbia para escuchar, quizá por primera vez, una grabación musical reproducida por un fonógrafo eléctrico.
Un legado que aún permanece
Aunque el Salón Columbia desapareció hace muchas décadas, el edificio que lo albergó continúa formando parte del paisaje urbano de San José.
Sus muros fueron testigos de una época en que la música grabada comenzaba a transformar la vida cotidiana de los costarricenses, acercando a los hogares voces, orquestas y melodías que antes solo podían disfrutarse en teatros o conciertos.
Hoy, al pasar por esa esquina del centro de la capital, pocos imaginan que allí funcionó uno de los establecimientos que ayudó a introducir en Costa Rica una de las grandes revoluciones tecnológicas del siglo XX: la reproducción moderna del sonido.
Fuentes consultadas
Archivo Nacional de Costa Rica (fotografía del Salón Columbia, ca. 1928).
Revista Ecos, julio de 1928 (anuncio del Salón Columbia y fonógrafos Viva-Tonal).