El pan francés en Costa Rica

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Aquí les dejo una simpática historia que me encontré rebuscando en periódicos. Espero que sea de vuestro agrado.

Siglo XIX. Corría la década de los 60. Bajó de un barco, en Puntarenas, un joven francés que llegaba por primera vez a América, creyendo –como casi todos los emigrantes que venían de Europa-  que aquí había trozos de oro en cualquier calle y que las monedas y billetes crecían en árboles.

Con  sus bolsillos escuálidos, llegó desde Marsella, tras un peligroso viaje de unos cinco meses, vía el Estrecho de Magallanes, al sur de América.

Ojos azules, cabello rubio y estatura media, el “franchute” no hablaba ni jota de español. Desilusionado de “La Perla del Pacífico”, optó por probar suerte en la ciudad de Alajuela.

Con unos 4.000 habitantes, la Alajuela de entonces lo adoptó y como era, y es, costumbre en ese pueblo, le pusieron un apodo. Como nadie podía decir su primer nombre, optaron por llamarlo por su apellido, Martin. Así se quedó “Don Martín”.

Pronto, el francés se dio cuenta de que en Alajuela nadie hacía pan blanco, popular y cotidiano en hogares franceses. Construyó entonces un gran horno ante la curiosidad de los vecinos. Y una mañana de tantas, a la salida de misa, aparecieron varios niños pregonando: ¡Vendo pan blancoooo…!  ¡Fresquito y tostaditooo! ¿Quién quiere pan calientito? ¡¡¡Pan…Pan….Pan!!!

Aquello impactó a los alajuelenses pues nunca habían escuchado a niños vendiendo en sus calles audazmente un nuevo producto.  Al principio, trataron de boicotearlo. Argumentaron que era mejor el pan de maíz que hacían las abuelas, que aquel con harina de trigo.

Pero, poco a poco, fueron comprando más y más pan blanco… y hasta el día de hoy.

Fue así también como los expertos  pone-sobrenombres le pusieron apellido a don Martín: lo bautizaron Blanco, blanco por el novedoso pan que hacía. Desde entonces, y hasta que entregó su alma al Creador, siguió llamándose oficialmente don Martín Blanco.

De esa singular manera brotó en Costa Rica el apellido Blanco.

Don Otilio desciende de aquel famoso panadero.
Don Otilio Ulate desciende de ese famoso panadero.

Y para preservar la especie y terminar de hornear el asunto, fue necesaria una deliciosa “costilla”: don Martín casó con una bella señorita de Alajuela. Ella era de origen vasco y su apellido, Olarte. Y como ese apellido también se le dificultaba a los alajuelenses, pronto se lo cambiaron por Ulate.

Entre sus descendientes destaca un nieto que tendrá  para siempre un sitio en la historia costarricense. Un hombre de extracción humilde, apodado “El Mono”, quien alcanzó, merced al pan blanco, la Presidencia de la República…

¡Otilio Ulate Blanco!

Referencias:

  • crhoy.com Noticias 24/7
  • Anuario del Cuento Costarricense 1967, Villegas, Xinia.

El Gobernador Bellaco…crónicas coloniales

LOS conquistadores de Costa Rica tuvieron mala fortuna. Hernán Sánchez de Badajoz murió en la cárcel, Diego Gutiérrez a manos de los indios, Cavallón en gran pobreza, Estrada Rávago lleno de despecho, Vázquez de Coronado trágicamente, Perafán de Rivera en la miseria y Diego de Artieda perseguido. Así, no es extraño que después de la muerte de éste ningún hombre sensato quisiera asumir la continuación de tan desgraciada empresa. Tal sucedió con Sancho de Barahona, vecino de la ciudad de Santiago de Guatemala, cuñado y compañero del licenciado Cavallón en 1561, a quien el Consejo de las Indias propuso treinta años después que la tomase a su cargo; pero Barahona conocía bien el terreno que le invitaban a pisar y prefirió quedarse tranquilamente en Guatemala disfrutando de su riqueza.

No faltó sin embargo quien deseara lo que el juicioso Barahona había desdeñado. D. Fernando de la Cueva, hijo del alguacil mayor de corte de la ciudad de Guatemala, fue hasta Madrid a solicitar con empeño la sucesión de Artieda y pudo conseguir que el rey le otorgase, el 29 de diciembre de 1593, una capitulación por la cual se comprometía a sustentar y conservar lo que estaba poblado de la provincia de Costa Rica, y a descubrir, pacificar y poblar a su costa lo que faltaba. No obstante las buenas recomendaciones que llevó de Guatemala y el informe muy favorable del Consejo de Indias, el prudente Felipe II tuvo desconfianza de sus aptitudes, como se infiere de la real cédula que dirigió al doctor Francisco de Sande, presidente de la Audiencia de Guatemala, en que le ordenaba informarse muy particularmente de si D. Fernando de la Cueva era a propósito para cumplir lo capitulado, antes de entregarle su título de gobernador, y que si no lo fuese se abstuviera de hacerlo. Menos escrupuloso que el rey, Sande no tuvo inconveniente en confiar la gobernación de la provincia de Costa Rica a un mozo de veinticinco años, calavera y de índole perversa, que había derrochado la dote de su mujer Da Catalina Gutiérrez y dado ya pruebas de su mala conducta durante el tiempo que sirvió el empleo de teniente gobernador de Soconusco; pero D. Fernando dela Cueva pertenecía a una familia principal,”a la que Sande quiso agradar, aún con perjuicio del bien público.

Llevando en la maleta el título de gobernador y capitán general de Costa Rica por doce años y el de alcalde mayor de Nicoya por ocho, salió, D. Fernando a caballo de Guatemala, a principios de 1595, acompañado de sus hermanos y algunos amigos tan disolutos como él. Cometieron en el camino más de una fechoría y en el pueblo antiguamente llamado Nicaragua y hoy la ciudad de Rivas, maltrataron a los indios que les reclamaban el pago de la comida que les habían suministrado. La víspera del Domingo de Ramos llegó D. Fernando a Nicoya con su alegre comitiva y prorito se pudo juzgar de lo que su gobierno iba a ser. Habiendo visto a una mulata que fue muy de su gusto, hizo prender al amante de ésta, sin haber tomado aún posesión de su cargo, y se apoderó de la morena. Sus compañeros hicieron otro tanto con varias indias, sin cuidarse de que fuesen casadas o solteras; y puede asegurarse que nunca se ha celebrado la Semana Santa en Nicoya de modo tan profano. Encontrábase en el pueblo Alonso Sánchez de Figueroa, tomando residencia al alcalde mayor Pedro Ochoa de Leguízamo, y lo tenía en la cárcel con grillos por los desafueros que cometió en el ejercicio de su cargo. Viendo un negocio en perspectiva, D. Fernando se fue a visitar al preso, le ofreció librarlo de las garras de la justicia mediante el valimiento que decía tener con el doctor Sande y los oidores, y le aconsejó que se fugase por lo pronto. Ochoa, muy agradecido, hizo llevar su vajilla de plata a la posada de D. Fernando y éste le facilitó la fuga por todos los medios de que disponía, incluso el de poner preso a Sánchez de Figueroa para que no se la estorbase.

De Nicoya se fue el gobernador para la ciudad de Esparza, donde dio otro escándalo muy grande. Durante los pocos días que allí estuvo de paso acertó a llegar, procedente de Panamá, Luis Ortiz con su mujer, la hermosa Catalina de Trejo, y D. Fernando resolvió apoderarse de ella como lo había hecho en Nicoya con la mulata. Mandó meter al marido en la cárcel y depositar a la mujer en casa de un cacique indio, incapaz de darle ninguna protección; pero Catalina, no menos virtuosa que bella, opuso tan enérgica resistencia al bellaco de D. Fernando y dio tales gritos de'” ¡Aquí de Dios y del rey! ” que se juntó todo el vecindario frente a la casa del cacique, en son de protesta. Con todo, hubo necesidad de que interviniesen los frailes de San Francisco para salvar el honor de la pobre Catalina.

El gobernador se instaló en Cartago como en una ciudad conquistada. Tanto él como sus hermanos, compañeros y criados, encontraron muy cómodo ponerse a vivir a costillas de los vecinos. Avido de riquezas y habiendo llegado con menos de cien ducados en el bolsillo, antes de que hubiese corrido un año D. Fernando poseía más de cinco mil, sin haber cobrado sus salarios. Embargaba todas las mercaderías en los puertos y se hacía pagar por el desembargo; se quedaba con las penas de cámara y los bienes de difuntos; se dejaba cohechar, como en el caso de Matías de Palacios y Juan López, quienes le dieron mil pesos para que no les tomase cuentas de los bienes de menores que administraban; en el juicio de residencia de su antecesor Gonzalo de Palma dejó de hacer justicia por haberle regalado éste un esclavo negro; no pagaba ninguna deuda y solía despojar a los vecinos de lo que le parecía bien, así fuesen de los más encopetados como D. Gonzalo Vázquez de Coronado, al cual robó dos muías de gran valor; explotaba sin piedad a los indios, y a los que vinieron a Cartago a presenciar la fiesta del Corpus les quitó sus águilas y patenas de oro; a Francisco de Palma, administrador de una encomienda del finado gobernador Diego de Artieda, lo metió en el cepo para quedarse con los tributos; mantenía una casa de juego y su vida era un continuo escándalo.

En menos de tres meses el gobernador había cometido ya tal número de maldades, que el padre Pedro de Herrera, nombrado cura de Cartago y vicario provincial, resolvió excomulgarlo el mismo día de su llegada, que fue el 24 de junio de 1595, mandando poner asimismo en tablilla al cura anterior Martín Muñoz y al escribano de gobernación, por su complicidad con D. Fernando. Tan pronto como éste lo supo hizo tocar la caja de guerra por las calles, sacó la bandera y una vez reunidos los vecinos en armas “se fue con ellos al convento de San Francisco. El padre Herrera estaba en la iglesia con el Santísimo Sacramento en las manos y rodeado de los frailes, esperando el atropello que presagiaban las medidas tomadas por el gobernador. Penetró éste en la iglesia con Antonio de Carvajal y Juan de Trirniño y en tono colérico requirió al cura para que lo absolviese, mostrándole una real cédula del archivo de la ciudad en que se mandaba que los gobernadores no fuesen excomulgados; y como el cura no quería ceder, lo amenazó con ponerle grillos y expulsarlo de la provincia. Intervinieron entonces algunos vecinos y los frailes, y al fin convino el padre Herrera en que el guardián de San Francisco diese la absolución a los tres excomulgados, quedando así triunfante el gobernador.

A pesar de la presencia del vicario siguió cometiendo D. Femando los mayores excesos. Una noche quiso penetrar por fuerza, rompiendo una ventana, en casa de Jerónimo de Retes, alguacil mayor de Cartago, el cual estaba ausente. María de Ortega mujer de Retes, le suplicó repetidas veces que se fuera con Dios y no infiriese a su marido semejante afrenta; hasta que viendo la inutilidad de sus ruegos mandó una india de la servidumbre a pedir socorro. Con la llegada de Diego del Cubillo y otras personas, D. Femando tuvo que retirarse, pero continuó persiguiendo a María de Ortega. Vino a saberlo al fin Jerónimo de Retes y determinó matarle, lo que impidieron Bartolomé Sánchez y Cristóbal de Chaves, sus íntimos amigos. A su vez D. Antonio de la Cueva, digno hermano del gobernador, intentó abusar de la misma María de Ortega en casa de un vecino adonde fue llamada con engaño; y el infortunado Jerónimo de Retes murió del pesar que le causaron estas persecuciones.

Pronto pudo arrepentirse el doctor Francisco de Sande de no haber cumplido fielmente las prudentes órdenes del rey, al enterarse de las muchas y graves quejas presentadas por las víctimas de su favorecido. Desde el mes de octubre de 1595, Tomé de Barrios acusó ante la Audiencia a D. Fernando de la Cueva por embargo de un barco, robo de mercaderías y varios otros delitos y crímenes. Fueron también a querellarse a Guatemala el Adelantado D. Gonzalo Vázquez de Coronado, Jerónimo del Cubillo, tesorero de la provincia, y algunos más. Alonso Adame, el cual iba desde Panamá a lo mismo, estuvo a punto de caer en las garras de D. Fernando a su paso por elpuerto de Esparza o Caldera. Cuando arribó el barco se fue el gobernador al puerto para embargar los baúles de los pasajeros y obligarles a pagar un rescate. Al enterarse de que Adame estaba a bordo y del objeto de su viaje, salió en un bote con gente armada para prenderlo y quitarle sus papeles; pero el barco desplegó inmediatamente las velas y pudo escapar, no obstante que el gobernador lo persiguió, tirándole muchos arcabuzazos.

Con vista de la gravedad de las acusaciones presentadas contra D. Fernando de la Cueva, la Audiencia acordó mandar a Costa Rica un juez de comisión y el 14 de agosto de 1596 nombró a Antonio de Luzón, vecino de la ciudad de Granada en Nicaragua, para que fuese a Cartago a prender al gobernador y remitirlo a Guatemala. D. Femando supo lo resuelto por la Audiencia, salió inmediatamente para Nicaragua, yendo a hospedarse en la propia casa de Luzón, y logró persuadirlo de que no aceptase el cargo. Durante su permanencia en Granada y para no perder la costumbre, asaltó de noche una casa con intento de violentar a una doncella. Regresó a Costa Rica, donde había cesado todo comercio por mar y tierra a causa de sus desvergonzadas exacciones, y no fue sino hasta fines de 1597 cuando la Audiencia le obligó a presentarse en Guatemala.

Debido sin duda a las poderosas influencias de que D. Femando disponía en la capital del reino, la Audiencia le permitió volver a Costa Rica en 1598, y sólo su muerte, acaecida al año siguiente, pudo libertar a la provincia de su oprobiosa tiranía.

 

Referencias:

  • Ricardo Fernández Guardia
    Crónicas Coloniales

EL DÍA QUE NACIERON LOS “SOBALEVAS” EN COSTA RICA 

Amigos, me encontré esta hermosa historia y simplemente me encantó y decidí compartirla con ustedes.  Aquí les dejo!!!

¿Qué tiene que ver el conocido apellido Luján con todo el contingente de aduladores que hay en Costa Rica? Aparentemente, nada. Sin embargo, tiene mucha relación, pues en este vínculo nace un tipo de gente muy común en el país, que encanta a unos y que otros aborrecen: “Los sobalevas”.

Difícilmente existe algún costarricense que no conozca a uno de estos zalameros, expertos en decir lo necesario para agradar a otra persona, con frases como las siguientes: ¡Qué bien te ves!, ¡Estás como el vino, entre más viejo mejor! No me digás nada… ¡te sacaste la lotería!, ¡Qué bárbara, ese tinte está perfecto!, ¡Nadie tiene un bebé tan lindo como el tuyo! ¡Tu muchacho…debería estar en Harvard!, etcétera.

En Costa Rica existe un sector de la población que adora toda esta lisonja, se deleitan con el halago. Estas personas son muy receptivas de cierta clase de políticos, es por ello, que en los más escondidos lugares del país, la gente a sabiendas que viene el “señor Diputado”, se prepara para “pasarle la brocha”, con la intención de sacar alguna partida para obras comunales que están en espera de ejecución desde los “tiempos de Upa”.

ASÍ NACIÓ LA COSA

Aunque el pueblo conoce a la perfección ese ardid, ignora los detalles ocultos de la historia patria que se ligan a los orígenes de los “chupamedias” en Costa Rica.

“Echando chispas” de la cólera, una preciosa mañana de marzo, el dos veces gobernador de San José (1919-24 y 1935-36), salió en carrera de su despacho, en el edificio de la Municipalidad de San José, rumbo al cercano barrio de Turrujal, en el sureste de la capital. Iba a encararse con un grupo de vecinos que había cometido una falta mayor: hurto a las propiedades de la comuna.

Entonces, al igual que hoy, las comunidades tenían que ingeniar métodos – algunas veces hasta ilegales – para poder satisfacer las necesidades de sus vecindarios, porque las autoridades de gobierno ponían oídos de cera a las reiteradas peticiones de los vecinos.

En el siglo XIX, Turrujal -planta mirtácea propia del Valle Central-, era un trillo que partía de la actual esquina noreste de Plaza Víquez, cruzaba detrás de la iglesia de La Soledad y La Corte, hasta salir a la Estación del Ferrocarril al Atlántico. En el este de La Soledad donde están actualmente los edificios de los Tribunales de Justicia, no había nada, eran puros charrales.

Conforme la ciudad capital se extendía hacia el Este en el siglo XX, ese sector se pobló y se conoció popularmente como Barrio Turrujal. Sus pobladores, muy pobres, clamaron ante el gobierno por los servicios de electricidad y cañería de agua potable.

En ese entones, el sistema de cuadrantes de la capital se expandió y los terrenos en las inmediaciones de Turru – así conocidos popularmente- se vendieron muy baratos. La vara cuadrada costaba 2 colones. Esa “ganga” provocó que otras personas con mayores recursos económicos compraran espaciosos lotes para construir casas cómodas y modernas, mientras, los pobres vecinos seguían viviendo en modestos “ranchos”.

Por ser transversal, la calle de Turrujal desfiguraba el trazo regular de los cuadrantes de la ciudad, entre la intersección de la calle 19, conocida como “José Martí” y la avenida 18 (“Cleto González Víquez”), conectaba en el Este de la Avenida Central (“Fernández Güell”) con acceso a la mencionada Estación al Atlántico.

Como eran tierras húmedas y arcillosas, nadie quería ir a vivir a ese arrabal. Era tan aislado ese sector que en la última década del siglo XIX, los vecinos protestaron porque se planeó instalar allí la Plaza de Ganado y Maderas, que estaba en el actual Parque Braulio Carrillo, al costado Este del Hospital San Juan de Dios. Finalmente las actividades ganaderas las pasaron a La Sabana y las de madera al Parque España, frente a la Cancillería.

Otros factores que vinieron a consolidar Barrio Turrujal fue la instalación de la más grande empresa de floricultura del país: La Mil Flores, del Sr. N.W. Clausen. También, demandó mucha mano de obra la fábrica de cigarros que fundó ahí María Antillón, donde laboraban solo mujeres, conocidas como “Las Pureras”.

AHORA SÍ, ASI FUE

La zona anteriormente descrita fue el origen de los conocidos zalameros en Costa Rica.

Furioso había partido don José para Turru a ejercer todo el peso de la ley y su autoridad como Gobernador. Pero…

Extraño, muy extraño, regresó a su despacho poco después con una sonrisa de “Oreja a Oreja”, expresándose muy bien de “los cultos, inteligentes y diligentes turrujaleños” y hablando toda clase de maravillas de ellos.

¿Qué sucedió con el señor Gobernador para que diera ese viraje de 180 grados?

En 1911, Turru que contaba con solo 9 cuadrantes, seguía creciendo hacia el sureste y noreste. Pero la Municipalidad de San José no les ponía las pajas de agua en los hogares. Los vecinos cansados de rogar a todo el mundo por la cañería. Solo recibían las conocidas promesas y más promesas de los políticos, como siempre.

Un buen día, alguien corrió a informar a los desesperados vecinos de Turru que frente al edificio de la Municipalidad había tirada una cañería, luego que los regidores ordenaran extraerla de un lugar donde ya no se necesitaba.

Los Turrus se confabularon y al unísono dijeron: ¡O ésta o ninguna! Y aprovechando las primeras horas de la noche de aquel viernes bendito y a sabiendas que en ese tiempo la Muni no tenía guardas, porque nadie robaba, los vecinos se apoderaron de los tubos en un decir amén. Trabajaron toda la noche del viernes y el día y la noche del sábado y el domingo, abriendo las zanjas para colocar las tuberías y cerrar los trechos abiertos.

De ese modo, cuando don José Luján llegó el lunes a su despacho a las 7 a.m. y se enteró de la desaparición de la cañería, en Turru ya todo estaba consumado y las gentes se encontraban felices a la espera solo de que les conectaran el agua.

Aquel viernes, a las 3 p.m., el gobernador se había puesto su saco y se despidió de sus empleados, disponiéndose a disfrutar de un agradable fin de semana con su familia. Lo que menos imaginaba era que el lunes se llevaría el colerón de su vida, pero que lo iba a inmortalizar en la historia.

El lunes no faltó un vecino “vina” que se apresuró hasta el despacho de su señoría para contarle que habían sido vecinos de Turru los que se habían cargado los tubos. Enojado, el gobernador ordenó de inmediato una diligencia en persona y en “situ” para aclarar el caso, el cual ya le estaba golpeando duro el hígado y lo tenía furioso, como un toro miura.

Pero, ¡Oh sorpresa! Cuando tornó a la oficina venía sin un solo tubo. Regresó, eso sí, jovial y muy contento, sin sospechar que acababa de inaugurar, para siempre, la lisonjería en Costa Rica, porque, cuando don José fue a realizar la indagación en Turrujal, se había encontrado que la gente, a la pura entrada principal del barrio, había colocado un gran letrero que decía:

¡BIENVENIDO AL BARRIO LUJÁN!

Y así se escribe la historia. Desde entonces nunca más se volvió a hablar del autóctono Turrujal y solo se ha escuchado el nombre de Barrio Luján, más lujoso, más alisador.

Así como nadie quiso volver a mentar al Barrio Turrujal, tampoco en este importante sector de San José, nadie sabe que los Luján pueden proceder de España del siglo XVI, de los amores clandestinos de la comediante española, Micaela Luján, amante de Lope de Vega, que tuvo varios hijos con el famoso dramaturgo, quien la celebró con el nombre poético de ¡Camila Lucinda!

¡Alabado sea!

Referencias:

  • Hubert Solano
    hubertsolano@yahoo.com

          Semanario Primera Plana

  • “San José de Antaño 1890-1940”, de Yandry Álvarez Masís y Dennys Gómez Duarte, tesis para optar por el grado de licenciatura en historia, experiencia que adquirieron durante los años que laboraron en el Centro de Investigación y Conservación del Patrimonio Cultural, del Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes. 

 

La Fábrica de hielo, la primera Planta Hidroeléctrica del país….y la historia de la familia Zumbado.

Quiero compartir con todos ustedes una bellísima historia que todos deberíamos conocer y es la historia de la familia Zumbado de Aranjuez, San José.  Narrada por el señor Luis Gerardo Zumbado:
“Un trocito de nuestra historia al recordar el reciente cumpleaños de mi hermana Aida Zumbado.
Le pregunté a mi hermana ¿Te acordaste pasado 8 de febrero del lugar naciste hace 76 años? ¿ Te acordaste de la vieja casa donde naciste? ¿Donde por primera viste la luz? Bueno querida hermana, es la misma casa donde nacimos, la de nuestros padres.
Pero para nuestros descendientes y amigos que nos siguen y no lo saben, les hago un breve resumen que no es cuento ni leyenda, es historia real.”

Primera Planta Hidroeléctrica del país. Fundada por Luis Batres Garcia y Manuel Víctor Dengo Bertora. La misma se ubicó en Barrio Aranjuez. El 9 de agosto de 1884 entró en funcionamiento a las 6:15 de la tarde ante la mirada asombrada de nuestros antepasados
Hace 134 años, se encendió POR PRIMERA VEZ LA LUZ de la ciudad de San José y así llegó a ser la tercera ciudad del mundo y la primera de latinoamérica. Fue precisamente en la edificación donde se instaló la primer planta con una rueda Pelton de 75 caballos de fuerza, un dinamo de 50 kilowatts para suministrar energía a 25 lámparas de arco abiertos ubicados hasta el centro de San José.

Casa reconstruida donde estuvo la Compañía Eléctrica de C. R. propiedad de Manuel Víctor Dengo y Luis Batres San José al fondo la Biblioteca Nacional
Muchos años antes de esta última foto con la edificación, fue utilizada como casa de habitación de nuestro padres, desde luego ya reconstruida y solo utilizaba la parte superior en el segundo nivel.
Todavía en la década de los 50 restos de la planta eléctrica estaban en el nivel inferior que apenas sobresale en la foto con las ventanas de medio arco o medio punto. A la par ya estaba construida las instalaciones de La Fábrica de Hielo donde trabajaba mi padre, tiempo después la misma se amplió hacia atrás o sea hacia atrás al este.
En un artículo publicado en los diarios escrito por don Raúl Alvarado titulado ¿Por qué San José está en San José? decía: …”Caminar por los pasadizos casi subterráneos de la fábrica y de la casa donde vivía la familia Zumbado era la delicia para la imaginación aventurera de cualquier niño, y sobre todo cuando uno se topaba, bajo la fabrica, cual río subterráneo, con el poderoso torrente, de donde supongo se tomaba el agua para las marquetas de hielo y para mover la maquinaria de la fábrica”…

Pintura de la casa de nuestros padres y de la Fábrica de Hielo en sus inicios resguardada por Gerardo Cambronero
Esta tercera foto es de la pintura que me facilitó Gerardo Cambronero (quien compartió mucho con mi hermano Yayo y sus hijos).
Ya en 1942 hace 76 años con la casa ampliada y reconstruida mi madre Ma. Cristina Carvajal “dio a luz a mi hermana” Aida Zumbado.

Aida M Zumbado 1944 fotografo Manuel Gomez Miralles
En 1944 tuve el gusto también de ver la “luz por primera vez”, pues en ese mismo lugar nací, aunque a los pocos meses nos trasladamos de esa casa.  A partir de ese momento mi hermano Yayo quedó a cargo de la vieja casa y de la fábrica.
Muestra el conjunto de la casa, instalaciones de la Fábrica de Hielo así como los carretones y desde luego la imagen de mi padre Gerardo Zumbado Arias. El camino va hacia la salida que desemboca al lado Este del Viejo puente ferroviario y que hoy día se mantiene como una de las salidas del Parqueo.
Y posiblemente muchos preguntarán:

¿A donde estaba? ¿Que hay hoy día en ese lugar?

Aquí les dejo varias referencias del sector para que se ubiquen:
1- Diagonal a la esquina Nor-Este del Centro Nacional de la Cultura (CENAC)
2- Diagonal a la esquina Nor-este de la Antigua Fábrica de Licores.
3- Al costado Este de los Apartamentos Interamericanos frente a la línea férrea
4- Al fondo del “Parqueo Público 24 horas” que hoy está en venta, ubicado al frente del Hospital Dr. Calderón Guardia.
Aunque el espacio vacío interfiere en la percepción histórica del desarrollo urbano de la zona, les comento que la casa estaba entre la actual Caseta de Pago del estacionamiento y la torre telefónica por la Línea férrea
5-De la Casa Amarilla 200 metros al Este en av 7 a la par (izquierda) del Viejo puente ferroviario elevado en Barrio Aranjuez
Otros preguntarán

¿Por que decir: “Un trocito de nuestra historia” ?

Considero que en la ciudad de San José hay tres espacios en los que se han concentrado importantes hechos históricos como es: El área circunvecina al Teatro Melico Salazar, Antiguo Teatro Raventós, el espacio circunvecino a la Plaza de la Artillería hoy cuadra del Banco Central y el espacio urbano circunvecino de la Biblioteca Nacional.

EPICENTRO DE GRANDES HECHOS HISTÓRICOS En el espacio urbano circunvecino de la Biblioteca Nacional (10)
Este último espacio urbano lo considero Epicentro de grandes hechos históricos que se dieron en un radio menor de 400 metros en el que está inmerso este trocito de historia.
Muy cerca de la Caseta de Cobro del Parqueo y la línea férrea estaba la antigua Planta Eléctrica que posteriormente fue la casa de mis padres.

La Casa y la Fábrica de Hielo se ubicaba entre la Torre y la caseta del Pago del Parqueo. Al fondo se observa la Biblioteca Nacional al lado izquierdo se observa la Entrada del parqueo por el Oeste

Viejo Puente ferroviario en avenida 7 por donde está pasando el joven y antes del bastión estaba la entrada a la Fábrica de Hielo que también hoy es utilizada como salida del Parqueo

Otra vista del “Parqueo Público 24 horas ” donde se ubicó la Primer Planta Eléctrica por la Caseta de Pago. El agua que alimentaba la planta provenía de un afluente  o Quebrada Arias que pasaba por los Baños y Gimnasio municipal y Tanques de Agua hacia San José, donde hoy está el Hospital Calderón Guardia que se ve al fondo.
Así concluye don Luis Gerardo Zumbado una impresionante historia que me conmueve grandemente. Muchos recuerdos no solo familiares sino recuerdos de un pequeño país que se formaba bajo la sombra de una familia costarricense que dejo herencia y huellas en nuestra Costa Rica de antaño.  Gracias don Luis Gerardo Zumbado por compartir tan amena historia.
Referencias:
  • Texto y fotografías del señor Luis Gerardo Zumbado.

El primer choque de carros en Costa Rica

Así lucía San José hace un montón de años.
Esta era la Avenida Central de antaño.

 

Corrían los primeros años del siglo XX. La reconocida dama Amparo Zeledón y sus familiares acababan de desayunar con suculento gallo pinto. Estaba ella en su residencia, allá en el este de la capital.

Mientras, en el oeste de San José, en moderna mansión, un distinguido caballero, don Francisco “Chico” Montealegre, acababa de encresparse su bigote, dispuesto a enfrentar una nueva aventura automovilística.

Dama y caballero eran de familias de mucho linaje. Ella, de la casa de los Zeledón, de la misma familia de don José María Zeledón, nada menos que el autor de la letra de nuestro Himno Nacional.

Don “Chico”, por su parte, era del abolengo de los Montealegre, el rico clan cafetalero de José María Montealegre Fernández, Presidente de la República en el siglo 19 (1860-1863).

Eran los únicos que tenían carro.

Corrían también los tiempos en que en San José no se conocían señales de tránsito. Nadie sabía de vías demarcadas, ni de “Altos”, ni de “Ceda”. Menos de semáforos, de “agujas” para pasos de tren. Tampoco, existían licencias de conducir, ni  inspectores de tránsito (Conste que no digo que ahora hayan suficientes). En 1900 había llegado el primer carro a Costa Rica.

Los peatones andaban tranquilamente por media calle y aceras. Confiados en que jamás un carro podría atropellarlos.

Solamente, allá, de vez en cuando se escuchaba el rugir de un motor de auto, corriendo por las calles josefinas, lo cual causaba gran alboroto entre los ciudadanos, quienes se persignaban al ver pasar aquella “máquina de muerte”, como la llamaban popularmente.

Precavido, como siempre y para que le dejaran las calles despejadas, aquella mañana don Chico llamó por teléfono a doña Amparo para avisarle que saldría con su carro a dar una vuelta por San José.

– Buenos días, doña Amparito. La llamo para decirle que hoy estaré recorriendo las calles con mi carro. Le aviso para que no saquen el de ustedes.

– Muchas gracias, don Chico, por prevenirnos. De por sí hoy no teníamos planeado sacarlo. Qué Dios me lo proteja y lo lleve con bien. Vaya usted con Dios y muchas gracias, respondió doña Amparo.

De poco sirvió aquella advertencia. Un rato después se presentó una emergencia en casa de los Zeledón y se vieron en necesidad de sacar el “chunche”.  Y, lo peor,  ya no había forma para avisar a don Chico…

Y sucedió lo que tenía que suceder. Minutos después, en las  inmediaciones del Parque Central, cuando uno de los carros circulaba de este a oeste y el otro de sur a norte, colisionaron en una esquina, estrepitosamente. Solo hubo daños materiales.

Referencia:

  • crhoy.com. Hubert Solano. Julio 31, 2016.

Y aquello era una fiesta!

Cualquiera que haya hecho ese viaje a bordo del tren al Atlántico, más conocido bajo el seudónimo de “El Pachuco” (para los ferrocarrileros el Nº 101), concordarán en que hablo de una experiencia inolvidable, llena de colorido y folclor.

Por que no solo un medio tranquilo y oportuno de transporte, no, con él llegaba la vida a los pueblos.

La gente usaba su mejor traje (el de “dominguera” que llamaban) para viajar e incluso salir a verlo pasar. Desde muy temprano se levantaba a los chiquillos, se les daba el desayuno, que por lo general era “burrita” con huevo frito, tal vez plátano o banano, la cosa era que quedara lleno, para que no quedara pidiendo “cochinadas de camino”, después se le vestía y peinaba con bastante “glostora” para controlarle el pelo rebelde, no sin antes sermonearlo o advertirle, so pena de un cosco, que cuidara de no ensuciarse, ni andarse “encaramando” en todo lado, ni andar pidiendo porque “no se anda plata” y mucho menos ponerse a jugar en el coche, en síntesis: “Va a andar sosega’o”. Una vez amonestado, se sacaba al “querubín” a mirar aquel pueblo ambulante entre los coches azules.

Ya desde que los vecinos lo veían a uno “catrineado” le soltaban la pregunta “Aja vecina ¿vade paseo? Y casi siempre la respuesta era menos emotiva: “No que va, mandaditos”.

En cada estación era lo mismo, ir y venir de gentes (y “gentecillas”) apuradas para tomar el tren o para recibir algo o alguien. No faltaban las tristes despedidas también, tal vez del hijo que dejaba el terruño para estudiar o trabajar allá en “la capital”, o enamorados que por una u otra razón se alejaban con un beso en la grada del balcón y una lágrima. Los solitarios, aburridos miraban, quizá con nostalgia, por las grandes ventanas todo aquel movimiento.

Una de las estaciones más bellas y dinámicas, era la de Siquirres, “la ventana del Caribe”, para los capitalinos.

Allí siempre estaban sus negros hablando a voz fuerte en inglés, mientras cargaban cacao en los vagones, siempre audibles entre el ruidoso gentío, los grotescos escapes del tren al detenerse y la campanilla de patio que encendía la locomotora.

Otros, que sabían hacerse oír, eran sus comerciantes de alimentos tradicionales, quienes con ingeniosos estribillos publicitarios captaban la atención. ¿Quién no recuerda a una señora bajita y gorda, con un delantal blanco y limpio que se paseaba con una enorme palangana de aluminio gritando: “pescado, bofe chicharrones”? ¿O aquel negro corpulento de caminar ligero que vendía  (y aún vende) “pati” cerrando sus frases con un silbido fuerte y rítmico? Si, ese que decía “llévelo, rico, caliente el pati de Lay”. Silbaba y volvía con: “pruébelo, delicioso con chile, pati de Lay”.

Igual podríamos memorar a la negra que con una tina grande sobre la cabeza a la usanza africana, ofrecía “pan_bon y cocadas”, al negro flaco que traía cajetas de coco sobre las hojas de naranjo y melcochitas blancas con franjas rojas, al popular “Boli” (diminutivo de Bolívar) quien se ganaba la vida con sus deliciosos copos y granizados, entre otros que aprovechaban los minutos que permanecía el tren para no solo hacer  sus “centavitos”, sino también culturizar con sus platillos a los viajeros, que ya esperaban esa cálida bienvenida de aquel pueblo alegre, que con cariño nombraban “La Siquiera”.

Muy lamentablemente “El Pachuco” ya no recorre las venas de hierro de la provincia. Su pito lejano que encendía la algarabía se ahogó entre excusas burocráticas y provecho de algunos pocos, para “consuelo de tontos”.

Más su inmenso legado y bellos recuerdos, esos no nos abandonarán nunca.

 Referencias:

  • Cuentos y leyendas, anécdotas e historias de Vida. Provincia de Limón, editado por Yanory Álvarez Masís, del Centro de Investigación y Conservación del Patrimonio Cultural, Certamen de Tradiciones Costarricenses, 2008

En el cafetal, una historia de la vida real…una historia muy tica. ¡Vale la pena leerla!

Miren que bello lo que me encontré por ahí. Me encantó esta historia de la vida real, está historia llena de nuestra gente, de nuestra tierra. Aquí les comparto!
En el cafetal, una historia de la vida real…una historia muy tica. ¡Vale la pena leerla!

Estoy a la espera de que llegue el agua dulce o el café a la media mañana, para que se me quite el frío que hasta adormece las manos, mientras tanto una bendita cuiscana en el peor de los casos me cae entre un ojo y me deja ese sufrimiento que arde y arde todo el día, mientras supero el confisgado colerón me va cayendo un bendito grano de café entre la bota ¡ay Dios mío, como incomoda,otro colerón! Y queriéndomelo sacar pero sin quitarme el canasto que ya estaba casi lleno pa evitarme la fatiga y ¡tas! se me revienta la cincha, el canasto al suelo y el café regado por todo lado. ¡Bendito Dios que tengo mi cintura sana pa agacharme a juntarlo!

Entre la cuiscana en el ojo, el grano de café en la bota y el que ya había cogido esparcido en el suelo, me estaba yo ahogando del chichón y entre queje y queje escucho una voz melodiosa a la distancia que dice ¡ Ya llegueeeeee, vengan a tomar agua dulce! Y santo remedio, no hubo nada que opacara la bendición de sentir el vaho de esa agua dulce nublarme los lentes, calientito calientico. Y fue así como volví a la vida, de vuelta a cafetal y un bandolazo mojado en la cara me dio la bienvenida, salvada que andaba yo un pañuelo guardao y seco, pa secarme esa sensación tan refea que le queda a uno en la cara después de semejante mecatazo.

Y así pasó el día, escampó pasado el mediodía, cuando ya íbamos a almorzar, un almuercito echo en hojas y en fogón, me he quitao el canasto y encima de unas hojas me he sentado, estaba yo plácidamente almorzando y comienza a llegarme ese olor bastante raro y pos ¿sabe usted qué era? Un confisgado peón no se había aguantado y sus necesidades había hecho y tapao con hojas pa que nadie sospechara ¡Que desgracia la mía que eso antes de sentarme yo no lo pensara!

Pero así es la cosa en el cafetal, cada quien se diseña su sanitario y se va pal monte a hacer sus necesidades, eso cualquier cogedor de café de cepa lo debe de saber.

Llegó la tarde, ¡por fin vamos a medir! 8 cajuelas y tres cuartillos fueron, contando hasta el café que se me cayó en el suelo, todos me ven siempre con cara de picados porque no por rajar rajando pero yo soy el más rápido del corte y solo maduritico echo al canasto.

Llegó la hora de cargar el caballo que aguanta unos 4 sacos cada vez, después, misión terminada, a lo largo veo la chimenea tirando humo que me dice que el café de la tarde está casi listo, una vez en mi casa llegó el tiempo de descansar y tranquilo yo duermo para ir mañana otra vez al cafetal.

Pidiendo a Dios que esta vez ni un gusano, ni una bejuca, me toquen a mi enfrentar, aunque si toca toca, un buen campesino a eso no le teme, un campesino de verdad piensa que si volviera a nacer le pediría a Dios volverlo a ser.

¡Y yo soy un gran campesino!

Pensado con cariño para quienes cada día hacen esta gran labor.

La Actualidad de Pérez Zeledón a un Clip. Publicado: 

Quien escribe, Yuri Fallas.

Gracias Yuri Fallas por tan hermoso relato. Nunca tuve la oportunidad de coger café pero usted me trasladó al cafetal y por hoy pude sentir esa sensación tan bella.