Las Pulperías de antaño.

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Pulperia El jicaro, Liberia
Fotografía por  Geotrivia.cr

 Miren que tema más bello el que les traigo este día, las famosas pulperías, la pulpe…

Cuéntenme amigos, quiénes no tocaron el piso de uno de estos famosos establecimientos? Pienso que una gran mayoría de ustedes tiene cualquier cantidad de cuentos e historias acerca de la Pulpe.

Por ejemplo, les cuento que nací en la provincia de San José, en la ciudad de Guadalupe. Primero viví en un pequeño barrio llamado San Gerardo (Costado norte de Novacentro). Una de las primeras pulperías fue La Nena, esquinera, sus dueños un par de señores ya mayores y más abajo estaba la Pulpería Amalia, por supuesto atendida por Amalia.

Que lugares mágicos para los niños, a comer melcochas de coco, cajetas de leche, confites de mantequilla, mora y si te iba bien el pulpero te daba fería…que era un premio, era una bolsita de cartulina forrada con papel seda de colores, allí había polvo de pinolillo, sí amigos, jaja, si ahora le das eso a un chiquillo, fijo te lo revientan.

Me encantaría leer sus comentarios y que me cuenten alguna anécdota de la famosa Pulpe. Aquí les dejo un poco de historia…

Una pulpería era, hasta inicios del siglo XX, el establecimiento comercial típico de las distintas regiones de Hispanoamérica, encontrándose ampliamente extendida desde Centroamérica hasta los países del Cono Sur. Su origen data de mediados del siglo XVI y proveía todo lo que entonces era indispensable para la vida cotidiana: comida, bebidas, velas, carbón, remedios y telas, entre otros.

También era el centro social de las clases sociales humildes y medias de la población; allí se reunían los personajes típicos de cada región a conversar y enterarse de las novedades. Las pulperías eran lugares donde se podía tomar bebidas alcohólicas y además se realizaban peleas de gallos, se jugaba a los dados, a los naipes, etc.

Los establecimientos eran una viva expresión de la cultura local, como en el caso rioplatense, en donde solían contar con una o dos guitarras para que los gauchos “guitarreasen” y cantasen; o se organizaran payadas y bailes entre los parroquianos.(1)

Cuando era niña y me llevaban de paseo a Naranjo, mi felicidad era completa tan pronto ponía un pie en la pulpería de nuestro tío abuelo Arturo.

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Tomada de Ticomorfosisblog

Se llamaba La última copa; el piso era de mosaico; las ventanas, de madera, y sobre el mostrador, unos grandes frascos de vidrio me hacían perder la cordura. Dentro de ellos había verdaderos tesoros para cualquier goloso: melcochas, confites de mora, Tapitas, Frutinis, galletas Yemita, tártaras…

A su local iba mucha gente para hacer tertulia y ponerse al tanto del acontecer nacional y de las últimas noticias del barrio. Algunos ‘pedían fiado’ y sus nombres eran anotados con un lápiz en una libreta, donde también se llevaban las cuentas con suma rigurosidad.

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Definitivamente, eran otros tiempos, pues pulperías como aquella están en vías de extinción. Según conteos oficiales, sobreviven unas 15.000 en todo el territorio nacional, muy pocas si se toma en cuenta que, hace tres décadas, había una en cada esquina.

Hoy, los niños de las ciudades conocen los abastecedores, los minisúper y los grandes supermercados con góndolas y dependientes que atienden a las decenas de clientes que hacen fila en su caja, pero la figura del pulpero es para muchos de ellos solo una leyenda.

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Pulperia Sketch, El Surtidor, Escazú, Costa Rica 

Con el fin de rendir homenaje a la pulpería, en noviembre del año 2009, la empresa de tecnología Sui géneris, encargada de abastecer al comercio detallista, llevó a cabo un certamen nacional de pintura, en el que 37 artistas costarricenses plasmaron fachadas o interiores de estos singulares sitios y despertaron mucha nostalgia. Las obras fueron exhibidas en el Museo de los Niños, pero aún pueden apreciarse en la página www.pulpería.com .

Nacion.com

El investigador Guillermo Barzuna Pérez, director de la Revista Herencia y vicepresidente de Icomos, también publicó un libro sobre el tema, titulado La pulpería costarricense, donde hace un repaso de la historia y el significado de estas pequeñas tiendas de barrio, cuyos nombres aún conserva la memoria colectiva. La Milflor , La flor de Otoya , La Marinita , El cinco menos , La Nochebuena , La barata y La pulga, para citar algunos.

 

 

Aquí me vine a encontrar a mi amgia Sandra Anchía, toda una artista.    Pulpería “La Asturiana”: Esta pulpería está ubicada en Coronado, según la estudiante que la pinta, doña Sandra Anchía, se llama así en honor al equipo Asturias de España. Tiene más de 70 años de antigüedad y la particularidad de que venden alimentos para conejos, gallinas, perros y según doña Sandra “todo lo que no se encuentra en los supermercados”. (Museo Nacional de C.R.)

Hasta Juanito Mora

Es difícil establecer el nacimiento de la pulpería como tal. Sin embargo, Barzuna afirma que ese tipo de comercio convive con los ticos desde la colonia, junto a las vinaterías y las tiendas de ultramarinos con productos británicos, chilenos y españoles (vinos, quesos, especias).

Un posible origen etimológico se halla en la voz pulpa (extracto de fruta), tomada del latín y que dio lugar, hacia 1586, al nombre de ‘pulpero’: “Tendero de comestibles”, así llamado porque vendían, sobre todo, frutos tropicales. Más adelante, hacia 1627, aparece también la palabra ‘pulpería’ para sitios en donde se vendía de todo: arroz y frijoles a granel, confites, candelas, medicinas, etcétera.

Pero no se piense que el fenómeno de la pulpería era exclusivo de Costa Rica. En otras regiones del continente también surgieron negocios similares, solo que tenían otras denominaciones. En Argentina se les llamaba almacén; en Cuba, la bodeguita; en Nicaragua, la venta, y en México, estanquillos, tanachis o recauderías, por citar algunos ejemplos.

En Costa Rica eran espacios tan emblemáticos que hasta los grandes personajes de nuestra historia las visitaban con frecuencia o eran dueños de alguna pulpería. Por ejemplo, se sabe que Juanito Mora (Juan Rafael Mora Porras, presidente que dirigió la campaña de 1856 contra los filibusteros), dedicaba su tiempo libre al comercio y, en un pequeño almacén josefino, vendía mercaderías, telas y cintas al menudeo. En esos días, los campesinos, no lo trataban como “Su Excelentísimo”, sino que, de manera cariñosa, lo llamaban Juanito . Después de todo, él era el pulpero del barrio.

“El comercio, entonces, era para estos personajes ilustres una vocación, una actividad que les gustaba y los hacía sentirse bien. No solo les proporcionaba ganancias en la sociedad, sino que además, los ponía en contacto directo con el pueblo; desde el chiquillo que no sabía qué comprar con un peso, hasta el señor bien vestido que llegaba a buscar cigarros”, apunta Barzuna.

El papel del pulpero era fundamental, pues él era el depositario de todos los secretos del barrio. Era la persona ideal para preguntarle cualquier dirección, acostumbraba a dar feria a quienes pagaban de contado y, además de su don de gente, poseía un ingenio envidiable. De allí, los simpáticos carteles que colocaban en sus negocios, como aquel famoso: “Hoy no se fía, mañana sí” o “Fiado se murió. Mala paga lo mató”.

Mas el pulpero no estaba solo. Por lo general, su esposa y sus hijos le ayudaban a atender el negocio, y casi siempre, había en la pulpería un famoso perro callejero o un gato con una simpática historia que todos los clientes conocían.

Durante muchos años, las pulperías funcionaron también como cantinas, algunas divididas sutilmente por un biombo o una burra de madera con la marca de una conocida cerveza.

En La Estrella del Sur, de Ciudad Colón, hasta hace poco se veían las argollas para que los clientes amarraran sus caballos mientras se tomaban un trago o hacían la compra.

Constantino Láscaris, en su libro El Costarricense, habla, de igual manera, sobre la importancia que tenían las pulperías, sobre todo en la zona rural, para que los campesinos hicieran catarsis, pues allí era donde las personas conversaban, contaban chistes, arreglaban el mundo, bebían y hasta bailaban los fines de semana.

Así era la pulpería de mi tío abuelo Arturo (q.d.D.g.), en Naranjo. Pero como ha sucedido con muchas otras pulperías, cerró sus puertas hace bastante tiempo. El terreno donde se encontraba es hoy la zona de parqueo de un restaurante de comida china. La última copa solo sobrevive en nuestros recuerdos.(2)

 

 

Referencias:

  1. Enciclopedia Wikipedia.
  2. La Nación, Proa. 13 diciembre 2009. Ivania Varela Q.
  3. SuiGenerisCR  6 noviembre, 2009 (Video Youtube)

LAS VIEJAS BOTICAS EN COSTA RICA

Buscando nuevos temas para contarles a mis amigos de Mi Costa Rica de Antaño, me encontré con una publicación de la Revista Herencia de la UCR y simplemente me encantó y es acerca de las primeras  boticas en Costa Rica. Espero que disfruten tan excelente reportaje. 

EL SABER PATRIMONIAL DE LAS VIEJAS BOTICAS EN COSTA RICA

 

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Para los que hemos nacido y crecido en la segunda mitad del siglo XX, resulta difícil no recordar aquellos mágicos lugares que se llamaban boticas. Sitios llenos de cajoncitos, estantes y numerosos gaveteros de finas maderas, con frascos maravillosos de vidrios marrones y azules y recipientes blancos de porcelana,donde el boticario y la boticaria preparaban, con polvos, aceites, líquidos y hojas secas, las recetas del médico.

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Botica Francesa

Mientras hacían las preparaciones, los niños pedíamos los únicos dulces que había en esos patrimoniales recintos: gomitas de eucalipto y confites de menta, mantequilla y mora, resguardados en grandes frascos a la vista del mostrador. Eran una verdadera delicia.

Todo ello se compraba en las boticas San José, La Primavera, Mariano Jiménez, Francesa, La Violeta o la botica Pirie, en Cartago, por citar solo algunas de ellas.

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Botica Francesa

En todas ellas, los boticarios molían y mezclaban los químicos y los productos de origen natural, rellenaban las cápsulas y hacían los papelitos de los envoltorios para colocar bicarbonato, mostaza, anís estrellado y otro sinfín de productos, no solo de la industria farmacéutica sino, también, de uso culinario.

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Botica García en Cartago

Y ahí, también, estaban los remedios para aliviar los nervios, el cuerpo pesado, el tener la piel como un caimito, las chichotas, las poco elegantes agruras, los patatuses y los efectos del chiflón que, por cierto, se quitaban frotando la nuca con agua del Carmen.

 

Botica La Violeta, San José

Pues, además de las recetas que preparaba el farmacéutico, con sus artificios y conocimientos, se acudía a comprar el famoso IODEX –un antiséptico de muy fuerte olor que lo curaba casi todo– al igual que las famosas y milagrosas píldoras del Dr. Ross, para aliviar todo lo de la zona del estómago, del hígado y los intestinos y esas zonas del cuerpo. Se compraban mucho las vitaminas Viseneral, que lo curaban casi todo, aunque eran carísimas. Sin olvidarnos en este recuento de la que sería una leyenda urbana, la Pomada Canaria, que esa sí lo curaba todo.

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Botica Solera

 

Igual se recurría a la temida leche de magnesia, las nada agradables cápsulas de bacalao y la sabrosa Kinocola, que no sabía tan feo como los anteriores y nos ponía más pochotones e inteligentes junto con la recomendada ingestión del Sucrol, para ser más pipas. Había un anuncio en la radio que decía: “El patito siempre toma la sabrosa Kinocola; de tan fuerte que se ha puesto, hasta le creció la cola”.

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Para las agruras, las abuelas tomaban el mentado citrato de magnesio, medicamento agridulce que no sabía nada mal. Si estábamos resfriados, pues una Mejoral que decían, valga la redundancia, mejoraba pero, sobre todo, untarse mucho Zepol con “Z” (“Si no es con Z no es Zepol”) creado por un empresario de origen venezolano radicado en Costa Rica, que tenía botica por acá, de apellido López, quien invirtió su apellido para nombrar al ungüento. En la casa nos envolvían en periódicos como si fuéramos momias, y nos embarraban la espalda y el pecho con el tal ungüento y otros mejunjes llenos de alcanfor y nos colocaban unos cartuchos en las orejas para combatir el tan frecuente resfrío. La gripe se combatía, también, con Vic Vaporuc y las pastillitas Valda servían para los males de garganta.

Ni qué decir de la emulsión de Scott, recomendable cuando iba a llegar la cigüeña, y la heroína Bayer –sustancia que era un sustituto de la morfina– en los adultos y, también, curiosamente, aliviaba la llamada tos de perro de los niños.

Para el cuidado del cuero cabelludo había muchos productos. Se despachaba la laca, que la vendían por onzas, y la brillantina y el tulipán para los copetes de las señoras y de los señores. Todos quedaban y se veían muy encopetados. También la famosa Glostora y la gomina para el peinado de los más peques. Y para tener el cutis libre de manchas, de pecas y de espinillas, se vendía la crema Filoderma. El anuncio enfatizaba que cuatro generaciones la habían disfrutado en Costa Rica y daba un encanto al rostro que no tenía rival.

Y no podemos olvidarnos de la naftalina, especial para matar y ahuyentar los molestísimos insectos domésticos, y la raíz de violeta en ramitos para aromatizar los roperos. La carbolina, para desinfectar baños y cocina, así como las azules bolitas de añil para blanquear la ropa, junto con el almidón de yuca para “almidonar” las camisas.

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Botica Mariano Jiménez en Avenida Central hoy Plaza de la Cultura.

Quizá por la confianza que depositábamos en el boticario –este gran y respetado personaje de la salud del costarricense– y en su conocimiento de todos los vecinos, vecinas y de la chiquillada del barrio o de aquel San José aldeano de pocos habitantes, es que surge el dicho, muy de la cultura de los pueblos que hablamos aún en español, de: “Encontrar de todo como en botica”.

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Espacios, algunos, que se conservaron desde el año 1900 hasta la década de 1970 y que nos trasladaban a una irremediable “belle époque”, por sus mobiliarios y objetos, incluso por los recetarios y sus fórmulas de preparación, traídos de París, Bruselas y Gran Bretaña. Aun conservo el olor de esos recintos, pese al paso de los años. Todo este universo cotidiano de nostalgias, de gratos recuerdos y de lejanas cercanías, me remonta de inmediato a una de mis vecinas de la infancia, doña Emilia, en el josefino barrio de González Lahman.

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Botica de don Hermogenes Mata en Guadalupe (Costado Este de la Antigua Noche Buena)

Doña Emilia, decían los tertulianos, era muy padecienta de cuanto mal hubiera. Pero, en especial, sufría de nervios. Con una nada se caía al suelo, se ponía a llorar y se esmorecía. Había  que  ponerla a  inhalar el famoso  espíritu  de azahar para reanimarla.
Es que se atacaba mucho y seguido de los nervios por cualquier melindre. Por ejemplo, cada vez que le venía el recibo de la luz, ya perdía el conocimiento y se quedaba como privada. Y como la luz la cobraban todos los meses, en el barrio nos acostumbramos a verla atacada siempre al ver el monto del recibo y ver cómo se descomponía, dizque por los nervios y ya ni la juntábamos del suelo, de tanto que pasaba este drama de vecinos. ¡Lo que era la gente de desconsiderada! Padecía, también, mucho de sofocos, por la edad. Ya tendría unos cuarenta años y su desatino era desaforado. Eso decía la gente mayor del
vecindario.

Foto Principal: 1699616

Desde 1896 este sitio alberga una de las más antiguas y respetadas farmacias de Cartago. Esta edificación, construida a finales del siglo XIX, es de ladrillo y muestra un lenguaje arquitectónico sincrético, con elementos de la herencia hispana colonial y la influencia del neoclásico. Fue declarada patrimonio en el 2002. (Jorge Castillo, La Nación)

 

Por cierto que, un día, al pobre de su marido, don Miguel Ángel, se le hizo una gran chichota, lo que hacía que se le viera la jupa más ayote que de costumbre. Además, el doncito padecía mucho de aventazón y se ponía muy malito cada vez que cogía un chiflón, aunque fuera en el zaguán de la casa. Al recordar esta historia de barrio en mi infancia, fue cuando se me ocurrió hacer un breve glosario de enfermedades del cuerpo y del alma que, a veces, padecemos los ticos y que aún usamos para designar las “dolamas”. Quién sabe, tal vez le sirva a algún doctor del “Seguro” para diagnosticar a alguien.

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Revisemos los nombres de las enfermedades más corrientes y las formas de curarlas acá en el terruño.

La pega. Esta molesta enfermedad le da a uno por atiparse, o sea, por ser hartón. Es peor que empacharse, dolencia de síntomas cercanos. Hay dos remedios: primero, tratar con una sal de frutas o sal de uvas; a veces recomiendan, también, la leche de magnesia o frotarse con manteca de chancho y un poco de sal. Si no se cura, vaya donde un sobador a que le saque el empacho. Yo le puedo recomendar uno muy bueno.

La idea de recuperar la antigua farmacia del monasterio, del siglo XVI, fue de la directora de la hospedería, Mari Carmen Furelos. Ella, junto con la ayuda del rector del seminario, don Carlos Álvarez, investigó tesis doctorales y libros de recetas médicas de algunas monjas y reconstruyó lo que en su día fue todo el complejo farmacéutico de San Martín Pinario, desde el jardín botánico hasta el dispensario.

Un aire. Los aires se cogen debido a los chiflones. Se dice también: “bañar un aire”. Suelen alojarse en la nuca (también llamada nuque). Medicina contra este tipo de tiesura o aigrida: frotarse. Antes era con manteca de chancho o enjundia de gallina. Modernamente, se recetan Zepol, Cofal, ungüento León y, para las clases
adineradas, Vic Vaporup.

El soponcio. Dícese del padecimiento de personas mayores, que se manifiesta en sensaciones de miedo, horror y enojo. Esta palabra se usa si el paciente tiene plata, o sea, si es pudiente. Para el resto de los mortales, basta con llamarlo “patatús”. El remedio puede ser una tacita de café vacío o, si es muy grave, un traguito.

El desconsuelo. Algunos le llaman desasosiego. Se trata de una vaga sensación de dolor, poco localizada pero que lo pone a uno muy triste, como apachurrado.

No confundir con la angustia, que es una dolencia más localizada en la sección abdominal. De nuevo aquí el remedio sigue siendo el traguito de guaro de caña. Eso sí, con moderación, porque si no aparece la siguiente enfermedad.

La goma. Consecuencia horrorosa de pegarse una soca o jumarse. Ni les
digo con qué se cura porque me cae la censura.

Tener calentura de pollo.
¿ R e c u e r d a n cuando se hacían los enfermos para no ir a la escuela? Entonces se decía que tenían calentura de pollo. Y la medicina para esa enfermedad eran unos fajazos, si mal no recuerdo. Claro, en aquellos tiempos había otras enfermedades. Por ejemplo, a los tatas de uno se les regaba la bilis cada vez que el vecino les tiraba la basura en el patio. Los pobres se ponían como agua para chocolate.

Y, a usted, ¿nunca se le clavó una estaca en el pecho que no lo dejaba respirar? ¿Y nunca se sintió como un chuica? ¿Y nunca se le reventó la hiel por ver a un amigo
comiendo algo rico sin convidar?

¿Recuerda cuando los bebés se quebrantaban y la gente se moría del cólico miserere? A algunos les daba un pasmo y, a otros, un trancazo, con tosedera y fiebre. Y no había más remedio que coger cama a sudar la calentura. Eso sí, ocho días sin bañarse por aquello de que más vale tierra en cuerpo que cuerpo en tierra. Qué
verdadera cochinada.

¿Y qué decir de los diviesos y los carates? ¿O de las ronchas y salpullidos que picaban tanto y que salían en las partes nobles? Buenos, a veces todavía salen, lo que no sé es por qué se le dice “partes nobles” a aquellas partes.

Estar p´al tigre.
Hay un estado de salud muy fregado, porque es peor que estar jodido o chueco o lleno de males, y apenas menos malo que patear el balde, enrollar el petate, irse para el otro potrero o a estudiar botánica: se llama “estar p´al tigre”. Y lamento decirles que la ciencia no ha encontrado todavía la cura para ese padecimiento.

Si ponemos atención, vemos que el español que hablamos posee mucha riqueza y denota una gran imaginación.

Pensemos en otras enfermedades que hemos oído mencionar a los mayores y, ojalá, no las olvidemos para conservar ese tesoro de expresiones divertidas. Y, bueno, mejor pensemos en irnos para la casa tempranito, para no serenarnos y coger algunos de estos males… Hasta lueguito…, porque, además, si sigo escribiendo tanto, se me puede abrir la muñeca.

Aquí les dejo algunos de los anuncios publicitarios que las boticas hacían en los periódicos que circulaban en aquellas épocas. En esta ocasión encontré más información de la Botica Violeta.

 

Referencia:

  • Revista Herencia Vol. 25 (1 y 2), 149-154, 2012
  • Fotografías e ilustraciones tomadas de Internet.
  • Sinabi, periódicos antiguos.

El lechero

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El lechero en muchos casos también emprendía la tarea de ordeño, para luego hacer el traslado y la distribución de su producto casa a casa. Además, estos productores comercializan quesos elaborados artesanalmente y natilla. La profesión logró tal incremento que sólo en Coronado hay cerca de 100 lecheros que recolectan cada mañana la leche para distribuirla en las ciudades vecinas.

A principios del siglo XX, un texto de El Heraldo de Costa Rica titulado “El lechero”, brinda algunas simpáticas líneas sobre esta profesión y que al mismo tiempo reflejan como este personaje es parte de la vida diaria. De este modo dice entre otras cosas:

El lechero monta enbutido [sic] entre cuatro grandes tarros de hoja de lata, dos delante y dos detrás, y el montarse y el apearse, en medio de tales adminículos, requiero no poca destreza para no dar al traste con los trastos.

De dos maneras pueden abusar los lecheros: falseando las medias y bautizando la leche en alguno de los jordanes del camino. Por eso deben ser vigilados por la Policía de Higiene.

Este bucólico personaje tenía un modo especial de anunciarse frente a las puertas de las casas el silbido, sonoro, enérgico, estridente, inimitable. En definitiva, este imagen forma parte de la identidad y de los recuerdos de la  niñez  de miles de costarricenses.

Vinicio Méndez, Cátedra de Historia, UNED

Historia del banano en C.R.

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El banano de Costa Rica es junto al café y el cacao uno de los importantes productos agrícolas de exportación, con una importante incidencia en la economía, cultura e identidad nacional. Actualmente Costa Rica exporta un promedio de 100 millones de cajas de banano (1,87 toneladas métricas) equivalente al 10% de la exportación mundial. Además del banano criollo para el consumo local e industrial dado su excelente sabor y calidad, produciéndose mucho con calidad orgánica.

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Historia:

El banano (musa paradisiaca) fue traído al país por Fray Tomás de Berlanga desde las Islas Caimán alrededor del año 1860 y se cultivó comercialmente en Costa Rica a raíz de la necesidad de generar carga continua para el Ferrocarril al Atlántico, ya que el café al ser estacional no generaba suficiente uso para el tren. La primera exportación fue de 360 racimos dirigida a Nueva York, Estados Unidos. Seguir leyendo “Historia del banano en C.R.”

Almacén El Gallito

Un gallito centenario

Hace un siglo un joven de 17 años, sin experiencia y con cero capital, creó El Gallito

Edición 713

Este gallito nunca ha cantado en las mañanas, y a diferencia de los de su especie, que viven apenas unos ocho años en promedio, es el único que lleva ya un siglo a cuestas. ¿Su secreto? Ser el responsable de endulzar el paladar de los ticos por décadas.

Todo comenzó así: corría 1909 cuando un joven costarricense de tan solo 17 años, con un título de contador pero sin ninguna experiencia decidió comprarle a su padre un pequeño negocio, ubicado al costado oeste del Mercado Central en San José. El joven se llamaba Raúl Odio Herrera y el establecimiento El Gallito. Seguir leyendo “Almacén El Gallito”