La vela de un angelito.

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Estaré compartiendo con ustedes estas bellas Concherías de nuestra tierra, la Costa Rica de Antaño. Espero que les guste.

Trata del velorio de un niño pequeño, comparado con un ángel. Todos los invitados celebran, bailan, comen y beben por montones; celebrando a la propia vida.

Apenas el rezador
pone fin a lo que reza,
cuando sale a relucir
la hidrópica botijuela.
¡Qué besos tan cariñosos!
¡Qué caricias tan extremas!
Unos la apuntan al muro,
los más hacia las soleras.
Libre la sala de estorbos,
puesta en un rincón la mesa,
donde en caja destapada
duerme el “Angel” que se vela,
se adelanta el maestro Goyo,
que es el director de orquesta,
con el “chonete canchao”;
bajo el brazo la vihuela, ‘
en la boca el “cabo” hediondo
que ha llevado tras la oreja,
“cabo” que ha de ser al cabo
soberanísima “cuecha”.
Da principio el zapateado.
Cómo saltan y dan vueltas,
se detienen o adelantan,
se separan o se estrechan.
Ellas con la falda asida
y la mano en la cadera.
Ellos con pañuelo al cuello
o en la mano, según quieran.
Ahora dando pataditas,
ya girando con presteza,
van de la una a la otra banda,
van de la una a la otra puerta.
Envuélvelos una nube
que forma la polvareda
que por los pies arrancada
surge del piso de tierra,
nube contra la que luchan
en vano doce candelas
colocadas en “pantallas”
que de las paredes cuelgan,
o adheridas al horcón
de recia y tosca madera,
donde dejan al morir
sebo, hollín, pabilo y yesca.
Alguien grita: ¡bomba!, ¡bomba!
Párase al punto la orquesta
y un mozo de buena estampa
así dice a su mozuela:
“Como mi almuhada es de paja
y mi novia no está vieja,
toda la noche la paso
con la paja tras la oreja.”
– ¡Bravo!
– ¡Bien!
– ¡Viva Domingo!
– ¡Vivan ñor José y Grabiela!
– ¡Vivan los dueños de casa!
– ¡Otro trago “pa l’orquesta”!
– ¡Música “mestro, y arréle”
que ya encontré compañera!
– ¡Oh “viejito tan asiao”!
– ¡Que viva yó y mi pareja!
– ¡Que viva!
– ¡Bomba!
– ¡Otra bomba!
Párase al punto la orquesta,
y la niña puesta en jarras,
responde así zalamera:
“Quisiera ser ‘cojollita’
o flor de la yerbabuena,
para perfumarle el alma
al negro que me quisiera.-
– ¡Bueno! –
¡Muy bueno, caramba!
– “Alcáncensen” la limeta,
que la “casusa” hace falta
y es “casusa” de cabeza.
– Dame un trago, Valentín.
– Zampále, que no hay tranquera.
Los mozos de la familia
a las jóvenes obsequian,
repartiendo en azafates
sendas copas de mistela,
que toman en compañía
de empanadas de conserva,
polvorones, pan de rosa
o enlustrados con canela,
mientras las damas mayores;
con la escudilla en las piernas
se “atipan” de miel de ayote,
usando para comerla
de sus no pulidos dedos
las sus no muy limpias yemas.
Fortalecidas las panzas
sigue de nuevo la juerga,
y entre risas y palmadas
se inician juegos de prendas;
“San Miguel dame tus almas”;
luego “La gallina ciega”,
luego “El estira y encoge”,
“El muerto” y “La mula tuerta”.
En tanto allá en la cocina
la madre suda y se empeña,
ya batiendo chocolates,
ya saqueando su alacena
donde el bizcocho dorado
duerme en amplias cazuelejas,
o ya sacando empanadas
de papa y carne rellenas,
ruborizadas de achiote
y trasudando manteca.
El padre con una “soca”
de más allá de la cuenta,
suelta un rosario de verbos
y “rajonadas” tremendas,
diciendo que ahí no hay hombres
que se “paren”; que son hembras,
y que el que quiera probarlo
que se salga a la tranquera,
“pa arriarle” cuatro “planazos”
y hacerle ver las estrellas…
La gentil aurora pone
fin, con su luz, a la fiesta:
y al niño, en la caja blanca,
se llevan para la aldea,
donde le aguarda el regazo
cariñoso de la tierra.

Concherías, Aquileo J. Echeverría.

Y aquello era una fiesta!

Cualquiera que haya hecho ese viaje a bordo del tren al Atlántico, más conocido bajo el seudónimo de “El Pachuco” (para los ferrocarrileros el Nº 101), concordarán en que hablo de una experiencia inolvidable, llena de colorido y folclor.

Por que no solo un medio tranquilo y oportuno de transporte, no, con él llegaba la vida a los pueblos.

La gente usaba su mejor traje (el de “dominguera” que llamaban) para viajar e incluso salir a verlo pasar. Desde muy temprano se levantaba a los chiquillos, se les daba el desayuno, que por lo general era “burrita” con huevo frito, tal vez plátano o banano, la cosa era que quedara lleno, para que no quedara pidiendo “cochinadas de camino”, después se le vestía y peinaba con bastante “glostora” para controlarle el pelo rebelde, no sin antes sermonearlo o advertirle, so pena de un cosco, que cuidara de no ensuciarse, ni andarse “encaramando” en todo lado, ni andar pidiendo porque “no se anda plata” y mucho menos ponerse a jugar en el coche, en síntesis: “Va a andar sosega’o”. Una vez amonestado, se sacaba al “querubín” a mirar aquel pueblo ambulante entre los coches azules.

Ya desde que los vecinos lo veían a uno “catrineado” le soltaban la pregunta “Aja vecina ¿vade paseo? Y casi siempre la respuesta era menos emotiva: “No que va, mandaditos”.

En cada estación era lo mismo, ir y venir de gentes (y “gentecillas”) apuradas para tomar el tren o para recibir algo o alguien. No faltaban las tristes despedidas también, tal vez del hijo que dejaba el terruño para estudiar o trabajar allá en “la capital”, o enamorados que por una u otra razón se alejaban con un beso en la grada del balcón y una lágrima. Los solitarios, aburridos miraban, quizá con nostalgia, por las grandes ventanas todo aquel movimiento.

Una de las estaciones más bellas y dinámicas, era la de Siquirres, “la ventana del Caribe”, para los capitalinos.

Allí siempre estaban sus negros hablando a voz fuerte en inglés, mientras cargaban cacao en los vagones, siempre audibles entre el ruidoso gentío, los grotescos escapes del tren al detenerse y la campanilla de patio que encendía la locomotora.

Otros, que sabían hacerse oír, eran sus comerciantes de alimentos tradicionales, quienes con ingeniosos estribillos publicitarios captaban la atención. ¿Quién no recuerda a una señora bajita y gorda, con un delantal blanco y limpio que se paseaba con una enorme palangana de aluminio gritando: “pescado, bofe chicharrones”? ¿O aquel negro corpulento de caminar ligero que vendía  (y aún vende) “pati” cerrando sus frases con un silbido fuerte y rítmico? Si, ese que decía “llévelo, rico, caliente el pati de Lay”. Silbaba y volvía con: “pruébelo, delicioso con chile, pati de Lay”.

Igual podríamos memorar a la negra que con una tina grande sobre la cabeza a la usanza africana, ofrecía “pan_bon y cocadas”, al negro flaco que traía cajetas de coco sobre las hojas de naranjo y melcochitas blancas con franjas rojas, al popular “Boli” (diminutivo de Bolívar) quien se ganaba la vida con sus deliciosos copos y granizados, entre otros que aprovechaban los minutos que permanecía el tren para no solo hacer  sus “centavitos”, sino también culturizar con sus platillos a los viajeros, que ya esperaban esa cálida bienvenida de aquel pueblo alegre, que con cariño nombraban “La Siquiera”.

Muy lamentablemente “El Pachuco” ya no recorre las venas de hierro de la provincia. Su pito lejano que encendía la algarabía se ahogó entre excusas burocráticas y provecho de algunos pocos, para “consuelo de tontos”.

Más su inmenso legado y bellos recuerdos, esos no nos abandonarán nunca.

 Referencias:

  • Cuentos y leyendas, anécdotas e historias de Vida. Provincia de Limón, editado por Yanory Álvarez Masís, del Centro de Investigación y Conservación del Patrimonio Cultural, Certamen de Tradiciones Costarricenses, 2008

Libro, Un viaje a Costa Rica de 1879 a 1881

A mis manos llegó este pequeño pero cautivador libro que nos lleva a un recorrido de un colombiano que estuvo con sus hijos por dos años en nuestra bella tierra de antaño.  Cien por ciento recomendado para todos los costarricenses y para los que quieren saber más de nuestras raíces.

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Un viaje a Costa Rica de 1879 a 1881 es el cuarto libro de esta colección. Con el trabajo compilatorio de Elías Zeledón Cartín, quien redescubre esta pequeña obra del viajero colombiano Manuel Sinisterra, La EUNED presenta un texto que describe la Costa Rica de inicios del gobierno de Tomás Guardia Gutiérrez, aspectos de la vida cotidiana de la San José de ese período, así como anécdotas en el Seminario Mayor de San José y algunos datos sobre la historia del “Himno Nacional de Costa Rica”. Sin lugar a dudas, un interesante texto para quienes disfrutan de la literatura de viajes.

 

 

Ahora corra don Cleto!

Una anécdota vivida por don Cleto González Víquez, herediano y presidente de Costa Rica en dos ocasiones, la cual nos la comparte Andanzas por la historia Patria de tomado del Anecdotario Nacional de Carlos Fernández Mora.

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¡Ahora Corra don Cleto!

“Venía el Licenciado don Cleto González Víquez, Benemérito de la Patria, dos veces Presidente de la República, abogado e historiador, para su casa de habitación, bastante fatigado después de un intenso trabajo en su oficina, y al pasar por la residencia de una familia muy conocida y muy estimable, se encontró con un chiquillo que lo paró, y le dijo:

– “Por favor, señor, toque el timbre de esta casa”.

Y el Licenciado González Víquez, aquel gran patricio y demócrata, por hacerle el favor al muchacho, alargó su mano y apretó el botón del timbre. Pero al soltarlo, oyó don Cleto al chiquillo que le decía a grandes voces:

– “AHORA CORRAMOS, DON CLETO”.

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La Carreta sin bueyes

 

«Por el camino sonaron chirrido de rueda y eje, tumbos de llantas sonoros flotados en desniveles. “¡Alguien, si no el boyero que por el camino viene!” Los ojos y los oídos eran clavos resistentes. En vilo por el asombro, ya que nada la sostiene, en la noche desolada, ¡vio la Carreta sin Bueyes!»
Carlos Luis Sáenz.
«La Carreta sin Bueyes».

la carreta sin bueyes

Se trata del fantasma de una carreta que deambula por las noches las callejuelas de alguna ciudad, especialmente aquellas dónde viven jóvenes libertinos o matrimonios que pelean constantemente. También se comenta que aparece cerca de la casa de alguna persona que se ha vuelto muy codiciosa o un avaro que acaba de morir. En ambos casos, la presencia del espectro es una advertencia a los pobladores que corrijan su forma de vivir y busquen el buen sendero. Seguir leyendo “La Carreta sin bueyes”

PERIÓDICO 7 DE NOVIEMBRE

periodico 7 de nov.

Periódico político social, que se promovía como “publicación de la quincenal de la sociedad de los independientes” y editado por León Moya. Después se publicaba semanalmente y se anunciaba como “periódico democrático, político social del partido de los independientes”, con la dirección de Andrés Céspedes. Su primera publicación fue el 7 de noviembre de 1890 y tenía un costo de 10 céntimos.

Presione el siguiente enlace para poder ver el periódico.

Periodico 7 de noviembre