Las Mascaradas en Costa Rica

Cuántos de niños no fuimos perseguidos por uno de estos personajes típicos enmascarados, el diablo, la calavera, la giganta….y quizás hasta nos dieron con el famoso chilillo que llevaban. Parece que fue ayer donde por la ventana de mi casa yo veía cómo perseguían a mis hermanos mayores y mi corazón palpitaba con emoción y susto.  Gratos y emocionantes recuerdos. Es por eso que aquí les dejo la historia de las famosas mascaradas de la Costa Rica de antaño.

La mascarada popular de tradición colonial tuvo un resurgimiento en el país, en La Puebla de los Pardos de Cartago, en la misma época en la que se construyó el Teatro Nacional de Costa Rica y en la que se fundó la Escuela Nacional de Bellas Artes, a finales del siglo XIX. El contraste de esta manifestación cultural festiva, carnavalesca y satírica callejera con la opulencia del nuevo teatro josefino, símbolo de modernidad, progreso y europeización, es una de las numerosas muestras de la rica diversidad y complejidad de la historia de la cultura y del arte costarricense.

 

Las primeras mascaradas latinoamericanas coloniales fueron traídas de España, donde se conocen como “Gigantes y cabezudos”, que tienen su origen en la vida popular de la Europa medieval.

 

Al llegar a América, la tradición fue ramificándose, poco a poco, en distintas variantes regionales, gracias al sincretismo o mestizaje cultural, ya que el uso de máscaras en festejos y rituales también fue un rasgo propio de muchas culturas prehispánicas.

Trazo veloz. Los Payasos Santa Cruz , de José Pablo Ureña.
Trazo veloz. Los Payasos Santa Cruz , de José Pablo Ureña.

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Moda y Sociedad en Cartago en los siglos XIX e inicios del XX.

 Les comparto este interesante artículo que me encontré sobre la moda y sociedad en Cartago. Este artículo nos ilustra como era ese tiempo en la sociedad cartaginesa, su moda y sus actividades sociales. Disfrutenlo.

En el proceso de modernización, tanto de carácter infraestructural como cultural que experimentó la ciudad de Cartago a mediados del siglo XIX y los albores del siglo XX, la ropa se convirtió en un símbolo de distinción y de estatus. Para las élites, no sólo importaba decorar con lujo el hogar o comportarse de una manera determinada, sino también vestirse apropiadamente para cada ocasión.

La manera de exhibir los diseños de moda, ajuares, pañolones o chales bordados, de parte de la elite cartaginesa, era asistiendo a eventos o actividades de tipo religioso (Semana Santa, Año Nuevo, Pascua de Reyes o fiestas patronales), rezos, bautizos, casamientos, bailes (de familia o en los salones del Palacio Municipal), picnics (en la hacienda El Molino), conciertos y veladas artísticas o posando ante la lente del fotógrafo. Las fotografías de los miembros de la élite, por ejemplo las de la familia Pirie, resaltan visualmente la idea de poderío económico y social, evidente, entre otros aspectos, por la ropa que usaban.

Imagen relacionada
Familia Pirie, Cartago

Crónicas literarias y relatos de viajeros hicieron mucho énfasis en la calidad de los trajes que las damas y los caballeros lucían para dichos eventos sociales. Seguir leyendo “Moda y Sociedad en Cartago en los siglos XIX e inicios del XX.”

La vela de un angelito.

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Estaré compartiendo con ustedes estas bellas Concherías de nuestra tierra, la Costa Rica de Antaño. Espero que les guste.

Trata del velorio de un niño pequeño, comparado con un ángel. Todos los invitados celebran, bailan, comen y beben por montones; celebrando a la propia vida.

Apenas el rezador
pone fin a lo que reza,
cuando sale a relucir
la hidrópica botijuela.
¡Qué besos tan cariñosos!
¡Qué caricias tan extremas!
Unos la apuntan al muro,
los más hacia las soleras.
Libre la sala de estorbos,
puesta en un rincón la mesa,
donde en caja destapada
duerme el “Angel” que se vela,
se adelanta el maestro Goyo,
que es el director de orquesta,
con el “chonete canchao”;
bajo el brazo la vihuela, ‘
en la boca el “cabo” hediondo
que ha llevado tras la oreja,
“cabo” que ha de ser al cabo
soberanísima “cuecha”.
Da principio el zapateado.
Cómo saltan y dan vueltas,
se detienen o adelantan,
se separan o se estrechan.
Ellas con la falda asida
y la mano en la cadera.
Ellos con pañuelo al cuello
o en la mano, según quieran.
Ahora dando pataditas,
ya girando con presteza,
van de la una a la otra banda,
van de la una a la otra puerta.
Envuélvelos una nube
que forma la polvareda
que por los pies arrancada
surge del piso de tierra,
nube contra la que luchan
en vano doce candelas
colocadas en “pantallas”
que de las paredes cuelgan,
o adheridas al horcón
de recia y tosca madera,
donde dejan al morir
sebo, hollín, pabilo y yesca.
Alguien grita: ¡bomba!, ¡bomba!
Párase al punto la orquesta
y un mozo de buena estampa
así dice a su mozuela:
“Como mi almuhada es de paja
y mi novia no está vieja,
toda la noche la paso
con la paja tras la oreja.”
– ¡Bravo!
– ¡Bien!
– ¡Viva Domingo!
– ¡Vivan ñor José y Grabiela!
– ¡Vivan los dueños de casa!
– ¡Otro trago “pa l’orquesta”!
– ¡Música “mestro, y arréle”
que ya encontré compañera!
– ¡Oh “viejito tan asiao”!
– ¡Que viva yó y mi pareja!
– ¡Que viva!
– ¡Bomba!
– ¡Otra bomba!
Párase al punto la orquesta,
y la niña puesta en jarras,
responde así zalamera:
“Quisiera ser ‘cojollita’
o flor de la yerbabuena,
para perfumarle el alma
al negro que me quisiera.-
– ¡Bueno! –
¡Muy bueno, caramba!
– “Alcáncensen” la limeta,
que la “casusa” hace falta
y es “casusa” de cabeza.
– Dame un trago, Valentín.
– Zampále, que no hay tranquera.
Los mozos de la familia
a las jóvenes obsequian,
repartiendo en azafates
sendas copas de mistela,
que toman en compañía
de empanadas de conserva,
polvorones, pan de rosa
o enlustrados con canela,
mientras las damas mayores;
con la escudilla en las piernas
se “atipan” de miel de ayote,
usando para comerla
de sus no pulidos dedos
las sus no muy limpias yemas.
Fortalecidas las panzas
sigue de nuevo la juerga,
y entre risas y palmadas
se inician juegos de prendas;
“San Miguel dame tus almas”;
luego “La gallina ciega”,
luego “El estira y encoge”,
“El muerto” y “La mula tuerta”.
En tanto allá en la cocina
la madre suda y se empeña,
ya batiendo chocolates,
ya saqueando su alacena
donde el bizcocho dorado
duerme en amplias cazuelejas,
o ya sacando empanadas
de papa y carne rellenas,
ruborizadas de achiote
y trasudando manteca.
El padre con una “soca”
de más allá de la cuenta,
suelta un rosario de verbos
y “rajonadas” tremendas,
diciendo que ahí no hay hombres
que se “paren”; que son hembras,
y que el que quiera probarlo
que se salga a la tranquera,
“pa arriarle” cuatro “planazos”
y hacerle ver las estrellas…
La gentil aurora pone
fin, con su luz, a la fiesta:
y al niño, en la caja blanca,
se llevan para la aldea,
donde le aguarda el regazo
cariñoso de la tierra.

Concherías, Aquileo J. Echeverría.

Y aquello era una fiesta!

Cualquiera que haya hecho ese viaje a bordo del tren al Atlántico, más conocido bajo el seudónimo de “El Pachuco” (para los ferrocarrileros el Nº 101), concordarán en que hablo de una experiencia inolvidable, llena de colorido y folclor.

Por que no solo un medio tranquilo y oportuno de transporte, no, con él llegaba la vida a los pueblos.

La gente usaba su mejor traje (el de “dominguera” que llamaban) para viajar e incluso salir a verlo pasar. Desde muy temprano se levantaba a los chiquillos, se les daba el desayuno, que por lo general era “burrita” con huevo frito, tal vez plátano o banano, la cosa era que quedara lleno, para que no quedara pidiendo “cochinadas de camino”, después se le vestía y peinaba con bastante “glostora” para controlarle el pelo rebelde, no sin antes sermonearlo o advertirle, so pena de un cosco, que cuidara de no ensuciarse, ni andarse “encaramando” en todo lado, ni andar pidiendo porque “no se anda plata” y mucho menos ponerse a jugar en el coche, en síntesis: “Va a andar sosega’o”. Una vez amonestado, se sacaba al “querubín” a mirar aquel pueblo ambulante entre los coches azules.

Ya desde que los vecinos lo veían a uno “catrineado” le soltaban la pregunta “Aja vecina ¿vade paseo? Y casi siempre la respuesta era menos emotiva: “No que va, mandaditos”.

En cada estación era lo mismo, ir y venir de gentes (y “gentecillas”) apuradas para tomar el tren o para recibir algo o alguien. No faltaban las tristes despedidas también, tal vez del hijo que dejaba el terruño para estudiar o trabajar allá en “la capital”, o enamorados que por una u otra razón se alejaban con un beso en la grada del balcón y una lágrima. Los solitarios, aburridos miraban, quizá con nostalgia, por las grandes ventanas todo aquel movimiento.

Una de las estaciones más bellas y dinámicas, era la de Siquirres, “la ventana del Caribe”, para los capitalinos.

Allí siempre estaban sus negros hablando a voz fuerte en inglés, mientras cargaban cacao en los vagones, siempre audibles entre el ruidoso gentío, los grotescos escapes del tren al detenerse y la campanilla de patio que encendía la locomotora.

Otros, que sabían hacerse oír, eran sus comerciantes de alimentos tradicionales, quienes con ingeniosos estribillos publicitarios captaban la atención. ¿Quién no recuerda a una señora bajita y gorda, con un delantal blanco y limpio que se paseaba con una enorme palangana de aluminio gritando: “pescado, bofe chicharrones”? ¿O aquel negro corpulento de caminar ligero que vendía  (y aún vende) “pati” cerrando sus frases con un silbido fuerte y rítmico? Si, ese que decía “llévelo, rico, caliente el pati de Lay”. Silbaba y volvía con: “pruébelo, delicioso con chile, pati de Lay”.

Igual podríamos memorar a la negra que con una tina grande sobre la cabeza a la usanza africana, ofrecía “pan_bon y cocadas”, al negro flaco que traía cajetas de coco sobre las hojas de naranjo y melcochitas blancas con franjas rojas, al popular “Boli” (diminutivo de Bolívar) quien se ganaba la vida con sus deliciosos copos y granizados, entre otros que aprovechaban los minutos que permanecía el tren para no solo hacer  sus “centavitos”, sino también culturizar con sus platillos a los viajeros, que ya esperaban esa cálida bienvenida de aquel pueblo alegre, que con cariño nombraban “La Siquiera”.

Muy lamentablemente “El Pachuco” ya no recorre las venas de hierro de la provincia. Su pito lejano que encendía la algarabía se ahogó entre excusas burocráticas y provecho de algunos pocos, para “consuelo de tontos”.

Más su inmenso legado y bellos recuerdos, esos no nos abandonarán nunca.

 Referencias:

  • Cuentos y leyendas, anécdotas e historias de Vida. Provincia de Limón, editado por Yanory Álvarez Masís, del Centro de Investigación y Conservación del Patrimonio Cultural, Certamen de Tradiciones Costarricenses, 2008

Fiestas Navideñas a la Tica…su historia

Las fiestas josefinas son parte integral del fin año en Costa Rica. Este tiempo sin tope, fiestas, tamales y muchas actividades más propias de la época es como que si se le quitara “sal y pimienta” a los festejos o se dejara a los costarricenses sin algo en sus costumbres.

Pero ¿se ha cuestionado por qué se dan? ¿De dónde viene la costumbre? ¿Hay algo dentro de todo esto que sea puramente nacional?

Según el historiador Vladimir de la Cruz, la herencia cultural es la que marca la procedencia de estas costumbres, como el portal, los toros, el tope, los “mantudos” (aquellas figuras altas y cabezonas que muchos llamaron payasos en los festejos) y hasta el “juego de gallos”.

Todo esto entre Navidad y el fin de año, esa época en que solo se piensa en celebrar, pues (para la tradición cristiana) se celebra el nacimiento de Jesucristo y, por supuesto, porque se debe despedir el año viejo y dar la bienvenida al año nuevo.

 LOS ORÍGENES

 “Desde que los colonizadores llegaron a América, sus tradiciones y sus costumbres poco a poco se fueron incorporando al quehacer de estas tierra y una de las épocas más esperadas era la Navidad…”, escribe la página de Facebook de “Costa Rica y su Historia”, como el detonante de todo lo que hoy se conoce como los Festejos Populares de San José.

Entonces, el grueso de las celebraciones se centraba en la Navidad y, poco a poco, se fue introduciendo a esas fiestas una prolongación que llegaría hasta el fin y principio de año. Esto le dio al nacional algo más que celebrar, algo más en qué distraerse, para olvidar lo dura que era la vida en la Costa Rica poscolonial, pues, contrario al nombre del país, era una tierra pobre. Así, para encontrar la riqueza, se debía trabajar prácticamente de sol a sol, para lograr el “cinco” que permitiría los pequeñísimos lujos que se quisieran dar.

Estas celebraciones, según el historiador Vladimir de la Cruz, se establecieron como herencia de los colonizadores españoles.

“Son tradiciones culturales que se han fomentado en Costa Rica desde hace muchos años, hay fotografías que muestran actividades festivas alrededor del parque Morazán fundamentalmente, ahí se concentraban estas. La población del país era pequeña y en ese sentido se debe entender que tampoco eran actividades masivas como lo son hoy”, dice.

Esas fotografías que datan del amanecer del siglo XX, dan pistas de desde hace cuanto tiempo se practican estas costumbres.

Esas fiestas en el Morazán, las cuales contaban con “corridas a la tica”, comidas, chinamos de distintas índoles, luego pasaron a Plaza González Víquez y terminaron donde hoy se encuentran: en la explanada de Zapote.

“En el Morazán, había corridas, otras prácticas de juegos, chinamos, comidas, etcétera. Después, se hizo una plaza de toros por el actual Hospital de Niños, que se llamó la Plaza Solera; esta era casi permanente. Luego se pasó a Plaza Víquez y después a Zapote”, comenta De la Cruz.

Esas fiestas, además, tienen su origen en los turnos de los pueblos.

“Los turnos fueron primero, porque eran más de la localidad, las Fiestas Populares fueron apareciendo conforme fue creciendo la población. Los turnos eran más propios de las comunidades pequeñas y siguen siéndolo”, añadió el historiador.

Esos turnos llegan a aparecer por influencia de las iglesias, pues los utilizaban para las celebraciones de santos y patronos de cada una de las localidades donde se efectuaban.

El nombre “Turno” proviene de la decisión que se tomó para regularizar ese festejo y que no se dieran dos o más a la vez, pues cada parroquia tenía su turno para realizarlo.

 TOPES, COMIDAS Y GALLOS

 “Las actividades de toros y topes vienen por tradición española. Los topes eran normal que se hicieran, pues la sociedad era agrícola-ganadera fundamentalmente, hasta 1960 predominaba esta actividad en todo el país”, manifiesta Vladimir de la Cruz.

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El historiador comenta el porqué de este tipo de actividades, además de celebrar la época y tener un día especial para la sociedad costarricense: “Entonces era costumbre hacer una serie de actividades que estaban muy vinculadas al caballaje, la ganadería. Los topes se daban por motivo de encuentro, de ir a encontrar cosas, de encontrarse a la gente exhibiendo sus caballos, mientras se aprovechaba para hacer algunas actividades de tipo popular objetivas, alrededor de esa movilización que terminaba en ‘Turnos’, con comidas típicas y juegos.

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Mucho de esto no solo se hacía para la Navidad y Año Nuevo, sino para las festividades de los santos de las comunidades, o las fiestas populares propiamente dichas”, señala.

 EL CARNAVAL

 El Carnaval, que este año fue suspendido porque el Ministerio de Seguridad Pública no pudo garantizar la seguridad de los asistentes, es la única festividad que no es herencia colonial o española, pues, según Vladimir de la Cruz, este es una aproximación a los carnavales en otros países, en los cuales se celebraban las cosechas.

“El carnaval para nosotros es algo más moderno, pues en algunos países tiene una tradición histórica, porque es también un período de fiestas que se hace generalmente para la celebración de las cosechas y ese tipo de cosas”, comenta.

Según el historiador, en Costa Rica la tradición carnavalesca no proviene de las cosechas, sino que se incorporó como uso cultural.

“Era cuando la gente se desbordaba en lo que se llama carnaval. En Costa Rica, no viene por la tradición de las cosechas, sino como prácticas de uso cultural, casi impuestas, porque se celebra en otros países. Muchos de estos carnavales tienen asociación con la producción, por eso, se llevan a cabo, en su mayoría, a finales de febrero en otras naciones”.

Estas son las tradiciones que dejan los Festejos Populares de San José, los cuales, como se señaló, arrancan con la celebración de la Navidad y concluyen con el advenimiento del Nuevo Año. Además, no restan importancia a la máxima fiesta del cristianismo: el nacimiento de Jesucristo.

 EL PASITO

 Por eso, la tradición del portal, pasito, pesebre o nacimiento no puede quedar por fuera, pues, como dice Vladimir de la Cruz, en su época “hasta concursos del pasito más bello se hacían”.

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Así, el historiador (q.d.D.g) Luis Ferrero, en su libro, “La Navidad en Costa Rica” (EUNED, 2003), dice: “La preparación del pasito costarricense ha sido una actividad familiar, donde cada pieza es ordenada para la contemplación. El portal debe cargarse de aromas y colores, los frutos y las flores son colocados frecuentemente al pie del nacimiento. También, se acostumbraba sembrar en latas o frascos de vidrio granos de maíz, linaza, alpiste, frijoles y otras semillas que simbolizaban las fuerzas genésicas de la naturaleza” (pág. 16). Así, los pasitos de los costarricenses en nada se asemejan a los paisajes de las tierras áridas donde nació Jesucristo.

Valga acá hacer mención del que se construía todos los años en Calles 12 y 14, hoy el Paso de la Vaca. Comenta Vladimir de la Cruz que ahí se hacia uno portal de figuras grandes, entre las cuales se colocaba una vaca, de ahí el nombre con que se conoce ese sitio.

Después, vino la contradicción navideña. Esta se evidencia con la copia del árbol, la adopción de Santa Claus y el paso a segundo plano de El Niño Dios. Además, se da la aparición de “simil-nieve” en las casas, cuando todos saben cómo eran los parajes en Jerusalén, si relación alguna con esas costumbres.

Referencias:

La Prensa Libre, Jorge Sancho, Diciembre 2017.

Corridas de toros en Costa Rica…sus orígenes

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Siempre buscando aprender algo nuevo y por estas épocas de Navidad y fin de año, pensamos cómo se originó este asunto de los toros a la tica, las corridas de toros en diferentes provincias, etc. Es por eso que me encontré este artículo que nos lleva a las corridas de toros de antaño…

ORÍGENES

Es innegable el legado cultural dejado por la Corona Española en muchas costumbres y tradiciones de la Costa Rica actual. Tal es el caso de las corridas de toros que se realizaron en la provincia de Costa Rica, a partir del siglo XVII, y en conmemoración con el advenimiento de un nuevo Rey y/o el nacimiento de Infantes nobles.

Cuando el Rey Luis I –Príncipe de Austria– asumió el trono de la Corona Española, por la renuncia de Felipe V, al efecto se emitió una Real Cédula para todas las Provincias del Reino dirigida al Gobernador y Capitán General de cada Provincia y éste la expandía hacia el Sargento Mayor, Tenientes de Gobernador, Jueces de Campo, Cabildos y Escribanos. Seguir leyendo “Corridas de toros en Costa Rica…sus orígenes”

Plaza de la Cultura

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Fotografía aérea de la Plaza de la Cultura (Fotografía sitio web del Salvador)

 

Historia del Edificio Plaza de la Cultura

En la tercera parte del siglo XX, la ciudad de San José tuvo un crecimiento arquitectónico y demográfico tan importante que el espacio para sus habitantes fue ocupado por edificios, autobuses y automóviles. A raíz de esto, diversos personajes de la esfera cultural empezaron a evidenciar la necesidad de darle a la ciudad espacios públicos que mejoraran la calidad de vida de los visitantes de la capital.

Dentro de este contexto nace, en 1973, el proyecto Plaza de la Cultura, luego de ser declarado Monumento Nacional el edificio del Teatro y declarada de interés público la zona aledaña. En 1975 el Banco Central de Costa Rica se hizo cargo del financiamiento y la ejecución del proyecto para así contar con un espacio donde exponer sus colecciones de oro precolombino, numismática y arte. Los arquitectos Jorge Bertheau, Jorge Borbón y Edgar Vargas fueron los diseñadores elegidos.

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Plaza de la Cultura (vista suroeste)

El proyecto arquitectónico original abarcaba dos grandes áreas: la manzana norte y la manzana sur del Teatro Nacional. En la manzana norte se ubicaría el Museo del Banco Central de Costa Rica y en la manzana sur un anexo del Teatro Nacional para 255 personas, un taller de pintura, una escuela de ballet y un amplio salón para ensayos de la Orquesta Sinfónica Nacional. Finalmente solo se llegó a construir el proyecto planteado para la manzana norte.

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Plaza de la Cultura, vista sureste.

El diseño inicial fue un edificio de por lo menos dos plantas subterráneas y tres niveles de superficie, un edificio “parcialmente visible” de arquitectura contemporánea que no compitiera con el Teatro Nacional. Tras las demoliciones edificios como El Hotel Panamerican, la Botica Mariano Jiménez, Laboratorios Eos, Antiguo Bazar la Casa, Librería López, Óptica Rivera y el Casino Español, se evidenció el valor de mantener descubierta la fachada norte del Teatro Nacional que hasta ese momento era desconocida por todos. Por esta razón, se decidió cambiar el proyecto y hacerlo completamente subterráneo.

La edificación, hito de la arquitectura costarricense, es la única construcción subterránea del país, la cual fue diseñada específicamente para albergar un museo. Su forma es la de una pirámide invertida y cuenta con tres niveles arquitectónicos que suman 12 metros de profundidad desde el nivel de la calle pública.

La Plaza es un área abierta de 45 x 80 metros que cuenta con una fuente, zonas verdes y varios niveles. En la Plaza de la Cultura la persona es la protagonista, porque es la que le da sentido al espacio cuando lo aprovecha y lo comparte. Este espacio se ha convertido en lugar vital, con valores simbólicos poderosos, los cuales le han dado el carácter de corazón de la ciudad.

Los materiales de la construcción de este edificio son el concreto para las paredes, los pisos de mármol nacional y los pasamanos que son cortes de cenízaro, madera preciosa de Costa Rica que actualmente está en peligro de extinción. Asimismo, los pisos de las salas de exhibición están hechos de pequeños trozos de Surá, otra madera semipreciosa de Costa Rica.

Entre los años 2012 y 2013 se reconoce al edificio de la Plaza de la Cultura como uno de los mejores en el Atlas Mundial de la Arquitectura del Siglo XX de la Editorial Phaidon Press de Inglaterra.

Los Museos del Banco Central se encuentran en los bajos de la Plaza de la Cultura. Abren sus puertas al público todos los días de 9:15 am a 5:00 pm. 

Referencias:

  • museosdelbancocentral.org
  • Fotos de Internet