Archivo de la categoría: CULTURA COSTARRICENSE

Pilar Jiménez Solís, Músico y Educador, 1835-1922.

Pilar Jiménez Solís

Vida Personal:

Pilar Jiménez Solís, benemérito artista costarricense. nació en el pueblo, hoy ciudad de Guadalupe, el 27 de Marzo de 1835. Fueron sus padres Gregorio Jiménez Guillén y Florencia Solís Lobo. Desde los tres o cuatro años demostró su afición a la música y su mayor gusto era fabricar violines con hebras de caña brava, en los que tocaba melodías populares.

Seguir leyendo Pilar Jiménez Solís, Músico y Educador, 1835-1922.

¿Quién mató al peletero Cristóbal Viales?

En una cureña jalada por bueyes, esa noche llegó el cadáver de Cristóbal Viales a su pueblo natal, allá, en algún lugar de la bajura santacruceña. El hombre era el peletero de esa localidad, nadie sabía trabajar el cuero de los animales mejor que él.

En el mismo galerón en donde el hombre de treinta años trabajaba la piel del ganado, le dispusieron para que llegasen a verle. El ataúd recién fabricado, olía a cedro fresco, a víscera y a misterio criminal. Poco a poco fueron llegando los vecinos de ese pequeño pueblo, entre sabaneros y cocineras de la hacienda ganadera. Unas banquetas de madera de pochote sirvieron para alojar a propios y extraños alrededor del ataúd. Al lado del galerón, en el humilde rancho, una madre desconsolada lloraba a su hijo.

¿Qué había sucedido?
Dos noches atrás, Cristóbal Viales salió de cacería como era su costumbre, lo hizo en solitario. Siempre tomaba el trillo hacia el río y desde ahí bajaba hasta las caletas en donde encontraba a los venados bebiendo agua fresca. Esa noche hizo el mismo recorrido. Salió de su rancho por el solar, tomó el trillo hacia el río, la florecilla amarilla lo ocultó en la lejanía hasta llegar a la poza llamada Los Nancites. Precisamente ahí -en esa poza- se encontró la carbura que llevaba el hombre, guindada en una horqueta de un aceituno. Luego siguió su camino por la orilla del río, el hombre cruzó a la otra orilla -por donde llamaban Guapotalillo-, ahí, encontraron su viejo rifle guindando en una horqueta de un árbol de esparvel. Cristóbal Viales siguió su camino hacia las caletas, bajó agarrándose de algunas ramas y bejucos -así lo mostraban las pesquisas- hasta que llegó al sitio en donde tomaba agua el venado. En ese lugar, se encontró su afilado machete guindando en una horqueta de un madroño, machete limpio, sin un rastro de sangre. Toda la escena se iba gestando a la orilla del río. Al llegar a las caletas, donde tomaba agua el venado, comenzaba la escena del crimen que causaba náuseas y estupor.

En ese sitio, en donde tantas veces cazó a los venados de un certero tiro, al hombre peletero lo destazaron como ganado bajureño. Lo encontraron en esa mañana de octubre de 1925, tirado boca abajo en el suelo, metido hasta las rodillas en el río, con sus manos atadas hacia atrás con una coyunda de su mismo cuero. El suelo estaba aún húmedo por la mezcla de sangre y lluvia. A un lado del cadáver, en una pequeña caleta oscura, el olor de las vísceras esparcidas y a materia fecal era insoportable. Sus entrañas fueron tiradas en esa caleta como alimento para los coyotes.

Dos sabaneros lo encontraron en esa mañana cuando iban para la hacienda, apenas el alba le daba el saludo de despedida a la noche. Al darle vuelta al cuerpo, sus rostros se pusieron pálidos, amarillos como aquella florecilla bajureña; no lo podían creer, era el mismo peletero del pueblo, Cristóbal Viales. Hacia abajo de su pecho, un enorme agujero había dejado salir todas las vísceras, sus mismas entrañas. Su miembro y sus testículos colgaban de una horqueta de un árbol de quebracho a orilla del río, como evocando un trofeo mortuorio. El resto de su cuerpo estaba intacto, sin rastro de forcejeo. A un lado del cadáver, había una fina piedra cuadrada, con rastros de haber pasado por ahí el filo de un cuchillo, como alistando el arma para destazar a su presa. El sigilo con que se hizo aquella barbarie, no tenía parangón.

¿Quién pudo haber cometido tan horrible crimen?, ¿por qué la carbura, el viejo rifle y el machete envainado fueron encontrados tan bien puestos en las horquetas?, ¿quién odiaba tanto al peletero para darle tal tipo de muerte?

Fueron tantas las preguntas que se hicieron en esa mañana los miembros del resguardo y los mirones que llegaron a la dantesca escena. La noticia corrió por aquellos sitios como corre el ganado cimarrón por la bajura… ¡velozmente!

Cuando Cristóbal Viales llegó a la poza llamada los Nancites, desde ahí comenzó a sentir que lo seguían, pudo captar una extraña presencia en el llano, como un viento sigiloso que había llegado del llano. La escena era un completo misterio.

Regresando al viejo galerón donde velaban los restos del peletero, una anciana hacía una plegaria en forma de rezo con un enorme crucifijo de madera de cocobolo en sus manos. Al fondo, afuera del galerón, en la oscuridad donde Cristóbal Viales cortaba y curaba el cuero, estaba de pie la enigmática Salvadora Duarte, una mujer de setenta años, curandera y supersticiosa del pueblo -decían que era media bruja-, solamente miraba desde ahí la escena, precisamente sus ojos estaban fijos en cuatro personas que podrían haberle dado muerte a Cristóbal Viales. Quizás los augurios se lo habían mostrado. Desde esa oscuridad, analizaba quién lo habría matado.

¿Quién pudo haber cometido aquel crimen?, ¿acaso el peletero tenía problemas con alguien del pueblo?

Cuatro personas llegaron esa noche al velorio, cuatro extraños en ese pueblo, llegaron vestidos de negro luto, nadie los conocía y era precisamente a ellos a quienes tenía en la mira, en esa noche, la supersticiosa mujer de Salvadora Duarte.

Veamos quiénes eran, las cuatro personas extrañas en el velorio del peletero.

Ángel Carrillo, era un hombre cincuentón, bien entero y macizo. Era herrero en una hacienda ganadera en La Cruz y un católico ferviente. Tenía una hija encantadora de dieciséis años y unos meses atrás la encontró en los brazos de Cristóbal Viales debajo de un matapalo, en acto consumado. La deshonra se dio a conocer en su pueblo y el padre -enfurecido- le dejó ir un machetazo que aquel lo capeó hábilmente. Había dicho a Cristóbal Viales que se vengaría de aquella afrenta a su familia. Era muy explosivo y no controlaba su carácter.

Vicente Briceño, un terrateniente nicaragüense de sesenta años. Era aún un hábil cazador, delgado, bajo de estatura, callado y muy sigiloso. Tenía en la casona de su hacienda una colección de rifles y cruces en maderas finas. De joven, fue el capador de ganado en una enorme hacienda nicaragüense en Rivas. Un año atrás, llegó un rumor a su hacienda en Nicoya. Decían que un peletero santacruceño llamado Cristóbal Viales, andaba enamorando a su esposa, a la bella liberiana de cuarenta años. El hombre nicaragüense notaba algo extraño en la mujer y las pesquisas le iban dando la razón al rumor que se paseaba por esa hacienda. Vicente Briceño pensó en tomar venganza, pero seguía callado, sigiloso y analizaba cómo consumarla. Él, le juró a su conciencia tomar venganza. El sigilo era su arte.

Edelmira Recio, una mujer morena de esbelto cuerpo de cincuenta años, comadrona de un pueblo que distaba a tres horas a caballo de donde velaban al peletero. Tenía una hija de veinte años a la cual Cristóbal Viales enamoró y dejó en la puerta de la ermita vestida de novia. Nunca llegó el hombre, se escabulló como un venado entre la caleta. La mujer gritó enfurecida, -en esa misma puerta de la ermita- tomar venganza para el peletero por no casarse con su hija. Era mujer caprichosa, valiente y vengativa.

Francisca Quirós, bella mujer, morena, cargaba ya su treintena de años. Estaba enamorada perdidamente del peletero Cristóbal Viales. Era hija de un rico hacendado ganadero por la región de Filadelfia, sabía como ninguna otra mujer el arte ganadero y equino. Ella sintió la indiferencia y el dolor en el juego amoroso al cual le hizo caer Cristóbal Viales. El peletero le hirió su corazón, lo había lazado y vaqueteado como joven novillo inocente. Por eso mismo, ella gritó a los cuatro vientos vengarse algún día. Disponía del dinero y el valor para hacerlo. Los celos la cegaban.

Sabía muy bien Salvadora Duarte -esa noche del velorio-, quiénes pudieron haberle dado muerte al peletero. Desde afuera, miraba a las las personas que pudieron haber cometido tan espeluznante crimen. Para el resto de los pueblerinos, aquellas cuatro visitas eran unos extraños más. Eran cuatro asistentes en aquella triste jornada mortuoria, cuatro individuos que tomaban café, que se santiguaban e incluso que rezaban con el resto de los presentes. Hasta osaron llorar con el gentío.

Salvadora Duarte veía muy bien los gestos de tres -de aquellos extraños-; risas sarcásticas entre dientes, miradas burlescas, temblor en sus manos y unas pequeñas gotas de sudor bajando de sus frentes. Solo una persona ,de aquellas cuatro, se mantenía infranqueable frente al cadáver del peletero.

Las cuatro personas distantes unas de otras, como queriendo pasar desapercibidas. Eran cuatro potenciales victimarios en aquella dantesca noche del crimen, parecía como si disfrutaran de ver al peletero en ese ataúd.

Al ser las diez de la mañana del día siguiente, el cortejo fúnebre se enrumbó al pequeño panteón por el mismo camino que minutos atrás había pisado el ganado. Un desfile de sabaneros iniciaron el recorrido, iban sentados en las mismas monturas y albardas que el ahora muerto había fabricado. Dos mujeres llevaban cada una, una cruz de púrpura resplandeciente de madera de nazareno.

El sol guanacasteco de esa mañana, hacía insoportable el olor cadavérico, los pañuelos fueron necesarios para despistar el hedor putrefacto. Al pasar frente al rastro (lugar del destace de ganado para la carne del pueblo), un corpulento hombre llamado Ubaldo Sandoval, afilaba un enorme cuchillo en un molejón a la orilla del camino. A su lado, varios perros disputaban las tripas de un torete recién sacrificado. El miembro y los testículos del torete, guindaban en la horqueta de un horcón de níspero, a vista de todo el cortejo fúnebre.

El hombre destazador, Ubaldo Sandoval, no se inmutó ante el paso del féretro y siguió afilando su cuchillo en el molejón… ¡al fin y al cabo nunca le simpatizó aquel peletero jactancioso de Cristóbal Viales!

En aquel cotejo fúnebre, tres de los cuatro extraños caminantes en algún momento cruzaron miradas con Ubaldo Sandoval, el hombre del rastro que afilaba su cuchillo en el molejón. Solo uno de ellos se mantuvo infranqueable.

Mientras el cortejo fúnebre seguía su camino, todos se preguntaban… ¿quién mató al peletero Cristóbal Viales?
Alguien lo sabía
.

Referencias:

Christian Mauricio Pérez Vargas
Pseudonimo Mauricio Perva.
Profesor de Estudios Sociales en Colegio de Bagaces Educación para Adultos por 20 años y profesor de Historia del Bachillerato Internacional.

Montado en la Carreta!

Cuando Costa Rica organizó el transporte de café de San José a Puntarenas, principalmente a finales del siglo XIX y principios del XX, eran no cientos, sino miles, las carretas que llevaban el café hasta el puerto.

Miles de boyeros. Por ejemplo, en determinado momento, Costa Rica llegó a exportar hasta 440.000 quintales anuales de café por la vía a Puntarenas. Cada carreta transportaba 10 quintales, lo que significa que se necesitaban más de 40.000 viajes de carreta hacia Puntarenas en cada cosecha. Una carreta necesitaba 8 días para ir y 8 para regresar y se exportaba el café durante enero, febrero, marzo y abril. En cuatro meses, había que transportar esa cantidad de café. Un carretero, entonces, haría unos 4 ó 5 viajes por temporada, por lo que estamos hablando de entre 8.000 y 10.000 carretas las que participaban en la exportación de café.

Se comprenderá entonces que eran interminables las filas de carretas que iban hasta Puntarenas a dejar el café o que volvían hacia San José. Y este tránsito tenía que ser muy ordenado, si se considera lo angosto de la carretera, los daños que estas sufrían y la topografía.

Aunque en la actualidad aquello podría parecernos algo muy sencillo, tenía sus complicaciones. Por lo tanto, el Gobierno estableció un reglamento sobre cómo debían ser conducidas las carretas y sobre el comportamiento de los boyeros. Para el cumplimiento de dicho reglamento, el Gobierno estableció una policía de carreteras, a caballo, la que constantemente patrullaba en uno u otro sentido para vigilar el cumplimiento cabal de las normas establecidas en el reglamento.

Una de las normas indicadas era la prohibición absoluta de conducir la carreta montado en ella. Esto es, como si fuera un coche de caballos. El reglamento estipulaba que el boyero debía ir al frente de su yunta de bueyes, y no, como sucedía con frecuencia, que, al cansarse el boyero, se sentaba en la compuerta delantera de la carreta y dirigía los bueyes con los pies apoyados sobre el timón. Esa prohibición tenía su lógica pues, si los bueyes no sentían la presencia de su amo, podían espantarse y causar un accidente en aquellas interminables filas de carretas, una muy cerca de la otra.

Múltiples excusas. Ahora bien, era práctica habitual de los boyeros tomar mucho licor durante el viaje. Ya fuera por el frío en las largas noches, por el calor en el día, por cualquier celebración, por cualquier pena que sobrellevar, por lo que fuera, pero tomaban mucho guaro. Cuando estaban tan ebrios que no podían sostenerse en pie, no les quedaba más remedio que montarse en la carreta y dirigir desde allí a los bueyes.

Cuando la Policía los sorprendía en esa situación, de inmediato les ponía una infracción que implicaba una multa, la cual debía ser publicada en el diario oficial. Es así como, en La Gaceta Oficial de la época (1870-1890), se pueden encontrar largas listas con ese tipo de infracciones, que dicen más o menos así:

“Fulano de tal: Un peso de multa por ir montado en la carreta”.

Esto significaba que se había sobrepasado en la ingesta de licor, lo que lo obligaba a abandonar su puesto al frente de sus bueyes. De esta manera se fue asimilando la expresión “estar montado en la carreta” con el estar ebrio, ya que la frase por sí sola no tienen ninguna relación con esa condición.

Era prohibido ir montado en la carreta.

Así trascendió hasta nuestros días. Y los que alguna vez nos “montamos en la carreta” ni idea teníamos de que estábamos emulando la acción de aquellos pioneros que, con sus viajes al puerto, ayudaron a crear la Costa Rica de hoy.

Referencias:

Imágenes ilustrativas, fotografías de Internet.

Costarriqueñismos de Costa Rica.

Mi C.R. de Antaño, Maritza Cartín E.

José Fidel Tristán Fernández, Naturalista y Profesor, 1874-1932.

José Fidel Tristán Fernández.

Nació en la ciudad de San José el 6 de setiembre de 1874. Fueron sus padres don Fidel Tristán Céspedes y doña Práxedes Fernández Acuña.

Fidel Tristán Céspedes, padre de José Fidel.

Principió sus estudios primarios en 1880 con el maestro don Jorge Sequeira. Dos años después frecuentó la escuela privada del Presbítero don Bruno Sequeira y luego estudió con don Francisco Picado y con don José Dolores Morales, hasta ingresar, en 1886 en la Escuela Normal y Modelo. Ya por este tiempo montó en su casa de habitación un observatorio meteorológico, cuyas anotaciones vieron la luz en 1888, siendo el primer trabajo suyo que se dio al público.

Seguir leyendo José Fidel Tristán Fernández, Naturalista y Profesor, 1874-1932.

Los gritos de la ira! (cuento)

La repela en el cafetal fue terminada en esa tarde. Los jornaleros recibieron el pago, fueron recibiendo los reales en sus manos manchadas del café, las carretas rebozaban del fruto maduro y hacia el oeste el sol dibujaba moribundos destellos de un rojizo encantador.

Por el camino pedregoso y oscurecido, iba caminando Bernardo Acosta de regreso a su rancho. Llegando al bajo por donde se unían las dos quebradas del cafetal, dos siluetas apenas se dejaron distinguir entre la penumbra de esa tarde veraniega. En ese instante a Bernardo Acosta se le clavó una estaca en su corazón. Nunca regresaba por ese camino hacia su rancho, sin embargo esa tarde quiso refrescarse en las aguas de las quebradas

Seguir leyendo Los gritos de la ira! (cuento)

San José de 1881!!!

Crónica de Francisco María Núñez

Hoy tenemos gracias al periodista-historiador don “Paquito” Núñez, un trocito de nuestra historia urbana, quien rescató a través de sus publicaciones desde 1922, elementos característicos de nuestra ciudad, con una rica descripción urbana, calles, edificios, situación política así también con las bellas costumbres de nuestra COSTA RICA ANTIGUA Y SU HISTORIA

Seguir leyendo San José de 1881!!!

Anécdota del Escritor Aquileo J. Echeverría.

EN la primera administración del Licenciado don Cleto Gon­zález Víquez, el poeta y escritor Aquileo J. Echeverría fue llamado a desempeñar una posición oficial.

A la Casa Presidencial llegaban constantemente chismes rela­cionados con las llegadas tardías del poeta a su oficina y la mala voluntad que le tenía al trabajo.

Una mañana se presentó don Cleto, sin previo aviso, a la ofi­cina en que trabajaba Aquileo, y faltando quince minutos para la hora de entrada. Pasó y se sentó en el escritorio de Echeverría. Trans­currieron dos horas y el empleado no aparecía. De repente se pre­senta jadeante, despeinado y sudoroso ante la figura venerable de don Cleto, y sin permitirle que gesticulara palabra, le dijo:

—”Don Cleto, vengo de la Casa Presidencial y de todas par­tes buscándolo a usted para pedirle un favor de mucha urgencia”.

El Licenciado González Víquez, aquel hombre a quien el pue­blo de Costa Rica honró con el título de “Padre de la Democracia Costarricense”, le contestó al poeta:

—”¿De qué se trata, Aquileo?”.

—”Nada, don Cleto. Sencillamente que necesito de usted diez colones”…

Don Cleto, sonriente, le dijo:

—”Aquí los tiene poeta; ESO ME PASA POR ZACALAS”.

Referencias:

Anecdotario Nacional.

La Gastronomía Costarricense

La gastronomía de Costa Rica reúne las costumbres y usos culinarios de los habitantes de dicho país, y es parte de su identidad nacional.

A nivel sociocultural, se trata de una cocina con un intenso mestizaje, fuertemente condicionado por su entorno tropical, y muy próximo a la dieta mediterránea a causa de una mezcla basal entre grupos sudeuropeos, levantinos y sefardíes. Existen también notables aportes de origen africano, indígena, afroantillano, oriental, latinoamericano y de otras partes de Europa.1​2​3​

Seguir leyendo La Gastronomía Costarricense

El Duelo, Cartago, 1870.

Ciudad de Cartago, Costa Rica , 1870.
Sobre las calles adoquinadas, la sombra de un carruaje se proyectó sobre la bruma que poco a poco se fue disipando para dar paso a una llovizna apenas ligera. Los caballos dirigían el coche a todo galope a la plaza principal. En su interior un elegante hombre de avanzada edad observaba detrás de la ventanilla, la hermosa iglesia de San Nicolás en cuya fachada resaltaba un bello vitral , que había sido traído en barco desde España. Al paso del carruaje el frío viento congelaba su mirada inquisidora que en conjunto con su fruncido seño le daban aspecto de un furioso dios mitológico. Era necesario, según él acabar con aquella aventura desbocada, restaurar el orden natural, limpiar el honor mancillado. Se batiría en duelo con el amante de su mujer.

Ella al lado suyo lloraba desconsoladamente, deteniendo las lágrimas que rodaban en su mejilla con un pañuelo de seda bordado con finos encajes y pedrería. Pertenecían ambos a familias del más alto abolengo de la ciudad. Por muchos años fueron felices uno al lado del otro, hasta que por órdenes del gobernador de Cartago, el marido fue enviado en misiones diplomáticas a Chile relacionadas con el comercio del café e intercambio de bienes suntuarios con aquel lejano país. Ella pasaba meses enteros sumida en soledad en su elegante mansión cercana a la plaza mayor de la ciudad, hasta que un día un amor secreto entró como viento tempestuoso en su corazón, aquel que le daría un nuevo motivo para alegrar sus mañanas y provocarle hermosos sueños al anochecer. Pero aquella felicidad prohibida acabaría pronto al ser sorprendidos besándose en el solar de la residencia por su propio marido que acababa de llegar de uno de los viajes por el cono sur.

Iglesia de San Nicolas, Cartago.

Al terminar la calle, un candil a medio iluminar sirvió de punto de referencia final para anunciar a los viajantes de que el destino había llegado. La plaza de artillería sería el escenario del duelo. Luego todo serían trajes empapados, lanzamiento de improperios, lluvia sobre los rostros, sombreros al aire, sangre en el suelo, pechos abiertos y llanto en el único rostro que se vio llorar por esos solitarios lugares, el de aquella mujer que vió morir a dos hombres. Uno que le dio prestigio y al menos una felicidad construida según las normas de una sociedad basada en el honor, el recato y las buenas costumbres y el otro al que no importó romper esas absurdas reglas para estar con él porque para el verdadero amor, según ella, las reglas no existían.

Al final de esa tarde en la llamada «Ciudad de las Brumas», mientras la neblina comenzaba a disiparse y convertirse en una lluvia ligera y las campanas de la Iglesia de San Nicolás daban las cinco en punto, dos gatillos habían sido accionados, dos balas salieron del cañón y dos pechos al mismo tiempo fueron perforados. Ambos murieron en el acto.

De la Pluma de Nadeo.

Mauro Fernández Acuña, Biografía, 1846-1905.

Mauro Fernández Acuña (San José, 19 de diciembre de 1843-16 de julio de 1905) fue un abogado, maestro y político costarricense. Fueron sus padres Aureliano Fernández Ramírez y Mercedes Acuña Díaz Dobles. Huérfano de padre desde temprana edad, fue su madre -que era maestra, así como lo fueron sus hermanas – quien se ocupó de su educación.

Seguir leyendo Mauro Fernández Acuña, Biografía, 1846-1905.

La Novia del Presidente!


Que a cualquier persona le roben la novia o el novio, eso es un asunto mundano de todos los días. Pero que al hombre que fue tres veces Presidente de Costa Rica, Presidente del Congreso y Presidente de la Corte, le “den vuelta”, eso es un caso muy diferente e interesante, y máxime cuando el nuevo dichoso novio fue también otro mandatario.

Seguir leyendo La Novia del Presidente!

Archivos Nacionales, Zapote, San José, 1881.

El Archivo Nacional de Costa Rica es una institución desconcentrada del Ministerio de Cultura y Juventud. Es la entidad rectora del Sistema Nacional de Archivos la cual administra el patrimonio documental costarricense y colabora con el control del ejercicio notarial del país. Sus fines son preservar y difundir el acervo documental, garantizar el acceso a la información, favorecer la transparencia en la gestión administrativa y sustentar la toma de decisiones. El trabajo con el patrimonio documental es una parte de su quehacer, pero no la única. Igual importancia tienen la rectoría del Sistema Nacional de Archivos y la custodia y facilitación de los documentos notariales.

Seguir leyendo Archivos Nacionales, Zapote, San José, 1881.

José Joaquín Mora Porrás, 1818-1860, biografía.

José Joaquín Mora Porras - Wikipedia, la enciclopedia libre

José Joaquín Mora Porras (San José, Provincia de Costa Rica, 21 de febrero de 1818 – San Salvador, El Salvador, 17 de diciembre de 1860) fue un político y militar costarricense, hermano de los presidentes de ese país Juan Rafael Mora Porras y Miguel Mora Porras.

Seguir leyendo José Joaquín Mora Porrás, 1818-1860, biografía.

UNA BARANDA PARA SEBASTIÁN.

A continuación deseo compartir con la comunidad Mi C.R. de Antaño los cuentos del señor Mauricio Perva, un excelente escritor costarricense y quien me ha entretenido en gran manera con su manera tan real de narrar sus bellas historias…

El vapor había llegado al puerto de Limón en aquella cálida y húmeda tarde de mayo, las maletas estaban dispuestas en la entrada de la estación del ferrocarril. Sentados en la larga banca metálica estaba esa familia europea recién llegada. Fue una travesía larga y agotante. Habían salido desde España, huyendo del embate bélico que había iniciado un año atrás en el Imperio Austro-Húngaro. Ahí estaba sentada la madre con sus seis meses de gestación, una española nacida en Alcalá de Henares de bellos cabellos castaños que caían hasta su cintura. Al lado de la mujer que pasaba los treinta años, estaba pensativo y tan serio aquel mozo nacido en Viena, de bigote prominente, de evidente calvicie y de porte impecable desde su fina camisa color blanca, hasta sus botas de cuero con broches metálicos, y al otro extremo de la banca color verde, juguetones e inocentes, estaban tres niños rubios, de ojos celestes y tan parecidos a su padre. Junto a la madre, la única niña de aquel matrimonio -emparentado con la casa real de los Habsburgo de Austria-, tocaba con gran suavidad el fecundo vientre de su madre. Tenía aquella niña algo tan especial, había en su mirada ternura y amor. Era la hija mayor.

Seguir leyendo UNA BARANDA PARA SEBASTIÁN.

El Cine en Costa Rica.

Fondo de cine | Instagram story template, Icon, Marketing concept

El cine de Costa Rica es la producción cinematográfica realizada en este país o fuera de él por profesionales costarricenses o con financiamiento principal de costarricenses. En la actualidad, la producción de cine en Costa Rica es modesta, predominando la producción de documentales, cortometrajes y la industria publicitaria. La creación de largometrajes ha sido más bien escasa, aunque a partir de la segunda década del siglo XXI ha ido incrementándose la producción de nuevos filmes de ficción, principalmente producción independiente.

Seguir leyendo El Cine en Costa Rica.