Paseo las Damas

Esta imagen nos lleva hasta el Paseo de los Damas. Según la descripción, a la izquierda se ubica el Parque Nacional y a la derecha está hoy la Biblioteca Nacional. Hacia el oeste de la biblioteca se ve un portón negro, esa es la antigua Fábrica Nacional de Licores, convertida hoy en el Centro Nacional de la Cultura (CENAC). La casa a la izquierda pertenecía al Presidente Tomás Guardia y entre 1920 y 1978 fue la Casa Presidencial de Costa Rica. Hoy, en ese lugar, está el Tribunal Supremo de Elecciones.

Paseo de las Damas

Avenida las Damas 1890, foto Fotos antiguas de C.R.
La foto data de 1890, efectivamente cuando vivía en ella doña Emilia, viuda de don Tomás Guardia. El pie de foto dice “Calle de la Estación, ya que va justo a la Estación del Ferrocarril al Atlántico. La cerca a mano izquierda corresponde al Parque Nacional, fundado cinco años después de tomada esta foto, en 1895. (Comentario de Guido Álvarez González). Fotografía publicada en Fotos Antiguas de C.R. Facebook.

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Música Tradicional Costarricense

musica costarricense

La música costarricense, como es el caso de la mayoría de las manifestaciones culturales del país, es una mezcla de ritmos que llegaron de muchas partes. Dentro de los más antiguos, desde luego, están el vals, que adquirió, en la ciudad de Cartago sus propias características, lo mismo que la Mazurca y la Polka, ambos ritmos provenientes de Europa, vía España (Cataluña). Seguir leyendo Música Tradicional Costarricense

Barrio Aranjuez, Distrito El Carmen, San José

El Barrio Aranjuez fue fundado en 1882 por el español Juan Aranjuez.

Su historia se inicia cuando a finales del siglo XIX, el español don Juan Aranjuez se radicó en este lugar, adquirió una finca que años después vendió a don Bernardo Soto quien decidió dividirla en lotes y ponerlos a la venta, en un principio estos fueron adquiridos por nacionales y extranjeros, principalmente de la clase burguesa.

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Barrio Otoya

De origen peruano, Francisco Otoya Seminario llegó a Costa Rica en la década de 1870. Luego de adquirir una finca lindante con el río Torres, al noroeste de San José, decidió establecerse en la ciudad, en lo que por eso empezó a ser conocido como “el potrero de los Otoya”, sitio al que se entraba por la llamada callejuela de Puerto Escondido. Fallecido Otoya, en 1899, fue su hija Amalia quien junto a un par de empresarios vio las posibilidades de urbanización que se abrían para ese terreno, dada la reciente experiencia del emigrante francés Amon Fasileau-Duplantier.

Por eso, ubicado en el distrito Carmen de San José, el barrio Otoya es en gran medida una continuación hacia el este del barrio que Amón desarrollara en la zona, a partir de 1892. Así, desde 1907, se dio continuidad a las avenidas 7 y 9, así como a las calles 9, 11 y 13, confinadas todas por la ribera del río Torres; creando un sereno rincón josefino que, desde el principio, se distinguió por recibir en sus predios a familias provenientes de la burguesía comercial y a algunos adinerados de viejo cuño, pero todos singularizándose allí por la alta calidad de la arquitectura de sus señoriales viviendas. La ladera del río –que se convertiría en el Parque Zoológico Simón Bolívar– le brinda a las calles de este barrio una acogedora sinuosidad que no poseen otros ensanches urbanos.

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Casa Huete Quirós, Barrio Amón.

Fotografía de Maritza Cartín (2017)

Esta casa fue construida  en 1912 por Rafael Huete Quirós y su esposa Amelia Quirós Alvarado. En 1938, el reconocido arquitecto y pintor costarricense Teodorico Quirós Alvarado (hermano de Amelia Quirós Alvarado) erigió un departamento al costado oeste de la edificación, sobre el garaje, y lo integró en su fachada.

Se encuentra ubicada al lado de la Casa de Joaquín Tinoco, con la que conforma una unidad arquitectónica al ser ambas de fuerte influencia victoriana, tener las verjas, el muro de la entrada, y el antejardín a un mismo nivel y poseer el mismo diseño en el muro y la decoración en las verjas de hierro. Ambas viviendas poseen un corredor frontal, y un zaguán de entrada a la vivienda, lo mismo que un patio interior.

Fotografía de La Nación.

Este inmueble conocido como “Casa Huete Quirós”, ubicado en Barrio Amón, el cual por las características del terreno, fue diseñado en un entorno paisajístico, donde se albergó la élite josefina del siglo XIX y principios del XX, fue construido en madera con características Victorianas, y es parte del tejido histórico urbano de ese sector, que es uno de los pocos que aún se conservan en la Ciudad de San José.

Es patrimonio arquitectónico del país desde el 27 de marzo 2012 bajo decreto #36989-C, Gaceta #62.

Una llamada al pasado (inicios de la Telefonía)

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Historia

Una llamada al pasado: aquellos tiempos…

Ahora que se está hablando de un futuro reemplazo de la telefonía tradicional por Internet, Proa recrea la época en que los ticos empezaron a comunicarse por teléfono. ¿Cómo funcionaba ese servicio en los albores del siglo XX?.

Ivannia Varela Q.
ivarela@nacion.com

Si en este momento el tiempo retrocediera hasta principios del siglo pasado, el “sencillo” acto de hacer una llamada telefónica no sería en absoluto “sencillo”.

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Para empezar, poseer un teléfono era un lujo que no muchos costarricenses podían darse. Si bien los números telefónicos eran muy fáciles de memorizar -porque, como máximo, tenían cuatro dígitos- , quienes deseaban utilizar el servicio debían llamar primero a una central telefónica, indicar con quién querían comunicarse (era imprescindible decir el número exacto) y disponerse a la brevedad y a la síntesis, pues su conversación no podía exceder los cinco minutos.

Alrededor de 1918, la empresa Felipe J. Alvarado mandó a imprimir y después distribuyó un pequeño directorio de unas 70 páginas, cuyo texto estaba ordenada alfabéticamente y fue levantado en máquina de escribir.

Sus amarillentas hojas fueron la motivación por la cual decidimos hurgar en el pasado de nuestra telefonía. No solo quisimos recordar cómo funcionaba este servicio en sus comienzos, sino también echar un vistazo a la Costa Rica de antaño y, sobre todo, a su gente.

Entonces, se trataba de un país muy distinto, con poquísimos habitantes y una lista muy selecta de abonados telefónicos que se identificaban solo con su primer apellido. En un lugar tan pequeño, no eran necesarios demasiados detalles para determinar a quién pertenecía tal o cual número.

En aquellos años, la mayoría de la población sabía muy bien quién era el Dr. Hernández (número de teléfono 420), la modista Sofía Jiménez (576) o dónde se ubicaba la jardinería de Octavio Loaiza (233), la pulpería de Emilio Mena (115), la cantina de los hermanos Cubero (714) o la lechería de Alberto González (288).

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Tener un número privado era una posibilidad impensable porque, más bien, poseer teléfono era un símbolo de estatus. En el directorio se encontraba fácilmente el número de la oficina o de la habitación del presidente de turno (Casa Presidencial: 171) o de personalidades como Federico Tinoco (57), Otilio Ulate (417), Rafael Yglesias (225), Alfredo González (11) y otros exmandatarios, además de intelectuales, artistas, científicos y educadores de la época.

Y es que, en realidad, la telefonía era algo muy nuevo para los costarricenses. Su historia se había iniciado solo tres décadas atrás, cuando, en 1886, las primeras personas físicas y jurídicas le solicitaron al Gobierno autorización para desarrollar este servicio en el país, según se describe en el libro Las telecomunicaciones en Costa Rica (1886-2004), del Instituto Costarricense de Electricidad (ICE).

El primero en tramitar una concesión fue Luis Batres García Granados, un hombre visionario que lideró una intensa campaña para convencer a los gobernantes sobre las comodidades que podría ofrecer el teléfono a la ciudadanía. Aunque hoy cueste creerlo, en ese momento hubo muchos que dudaron de sus afirmaciones por considerar que el teléfono era algo superfluo.

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Finalmente, fue Silas W. Hasting quien se benefició del camino andado por Batres y obtuvo la primera concesión en 1887, año en que se instalan en San José los primeros 50 teléfonos de madera y se establece una central telefónica en el casco capitalino.

Después llegaron otros concesionarios y varias empresas que se dieron a la tarea de hacer más accesible el servicio, tanto en San José como en las principales cabeceras de provincia.

Las centrales atendían hasta las 10 de la noche, pero siempre se procuraba dejar a algún empleado de turno, con el propósito de que atendiera eventuales llamadas emergencia.

Operadoras claves. Para 1918, la compañía de Felipe J. Alvarado era la dueña y representante legal de la Compañía de Teléfonos, encargada de dar cobertura a la mayoría de los clientes de ese momento.

Esta empresa poseía varias centrales telefónicas en diversos puntos del país y en cada una se atendía a un máximo de 75 abonados. El grueso de ellos provenían de familias de abolengo: cafetaleros, empresarios, médicos, abogados y políticos.

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A todos se les cobraba una tarifa mensual que oscilaba entre 5 y 10 colones. Para los puntarenenses, el costo era de 15 colones, debido a la lejanía. Limón y Guanacaste debían conformarse con el telégrafo u otras formas de comunicación.

Según Mario Rojas Murillo, encargado del Museo Histórico y Tecnológico del ICE, las operadoras eran personas fundamentales para el funcionamiento de aquella incipiente tecnología. Todas eran mujeres y debían ser muy ágiles para hacer las conexiones manuales y vigilar, contra reloj, el tiempo de las conversaciones. (Ver recuadro: “De primera mano”).

La mayoría de las telefonistas laboraban medios turnos y devengaban un salario de 20 colones por quincena. Además, debían ser muy prudentes, en vista de que podían escuchar lo que hablaban los abonados. Por eso, las más reservadas, trabajaban para las centrales telefónicas del Gobierno con el fin de evitar fuga de información.

Aparte de establecer las comunicaciones entre los usuarios (unían a los interlocutores por medio de cables y pines), las telefonistas tenían a cargo el servicio de las llamadas “Cartas telefónicas”, con el que se atendía a quienes no podían pagar la tarifa mensual del servicio, o a la gente que necesitaba comunicarse con alguien que no tenía teléfono. En tales casos, la persona llamaba a la central, la operadora copiaba el mensaje a mano y lo enviaba, con un mensajero, a la dirección del destinatario. El costo era de 25 centavos por “carta”, con un máximo de 20 palabras.

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Quejas y deficiencias. En 1928, la telefonía nacional estaba más consolidada. Fue en ese año cuando la empresa estadounidense The Electric Bond & Share Company, interesada en invertir en el país, adquirió las principales compañías de teléfono costarricenses y así monopolizó el servicio. Aun así, estas empresas siguieron trabajando por separado hasta 1941, momento en que se fusionan en la Compañía Nacional de Fuerza y Luz (CNFL), que intenta mejorar la cobertura.

La explosión demográfica, sin embargo, se convierte en el peor enemigo del CNFL, que, pese a haber habilitado más líneas telefónicas en el país, no logró aplacar las muchas quejas de los usuarios con respecto al servicio. Basta con decir que, en 1956, la central telefónica de San José atendía nada menos que 100.000 llamadas diarias.

Para atenuar el malestar de los abonados, durante años funcionaron los teléfonos conocidos como “J”, que en realidad eran líneas compartidas. Es decir, si alguien poseía el número 1040, era probable que otro usuario tuviera también el J-1040, lo que generaba otros inconvenientes como la falta de privacidad; era común levantar el teléfono y escuchar a dos desconocidos hablando.

En vista de que estas acciones correctivas no funcionaron, en 1958, durante la administración de José Figueres Ferrer, la telefonía pasó a manos del ICE.

El resto de la historia es bien conocida: la paulatina extinción de los teléfonos de disco, la automatización de los servicios, el cambio de numeración de seis a siete dígitos, la llegada de los teléfonos celulares y, más recientemente, la posible era de la telefonía por Internet.


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Historia

Números con rostro

Tras el nombre de cada abonado, hay una historia sobre la Costa Rica de 1918. Estas son algunas de ellas.

Ivannia Varela Q., La Nación

Auge de negocios

El caso de la ferretería Macaya y los almacenes Steinvorth y Knohr.

El desarrollo urbano y el auge económico que vivía el país gracias a la bonanza del café, a finales del siglo XIX y principios del XX, provocó que gran cantidad de nacionales y extranjeros se vieran tentados a abrir negocios en Costa Rica. Por eso, muchos locales comerciales comenzaron a florecer en el casco capitalino; entre ellos, la ferretería Macaya, cuyo teléfono, en 1918, era el 21.

Este edificio, construido en 1908, pronto se convirtió en punto de referencia para los costarricenses, pues, además de los artículos que allí se ofrecían, el inmueble -hoy conocido como La Casona- hacía gala de una arquitectura propia de la época. Similar es la historia que se teje en torno al almacén Steinvorth (donde por muchos años estuvo la mueblería Urgellés y Penón). Con el teléfono 110, este local era propiedad de don Guillermo Steinvorth, un alemán que abandonó su patria en 1871 y llegó a Costa Rica tras un viaje de cuatro meses en el barco La Venus.Aquí, fue contratado inicialmente por don Juan Knohr, también alemán y dueño de un lujoso almacén (teléfono 217). Allí laboró unos meses, mas no tardó mucho en abrir su propio local y adquirir renombre entre los costarricenses. Don Guillermo fue uno de los fundadores del extinto Banco Anglo Costarricense.

Boticarios

Solo en San José había 13 farmacias a principios del siglo pasado.

Las boticas que se abrieron en aquellos años también son un reflejo de las preocupaciones y necesidades que afectaban a nuestros abuelos, pues ya había varios de estos negocios en San José y en las principales cabeceras de provincia.Entre las 13 que funcionaban en la capital para 1918, la historia de la Botica Francesa (teléfono 101) llama la atención, pues allí trabajó José María Zeledón, el autor de la letra del Himno Nacional. El Benemérito de la Patria atendió dicho negocio hasta 1924, cuando comenzó a desempeñarse en varios cargos públicos. Al parecer, le ayudaba a su primo José Castillo Zeledón, quien, en realidad, era el dueño de esa botica, ubicada en la esquina suroeste del Parque Central.En Cartago, otro prócer de la patria también atendía a los clientes tras el mostrador de la conocida botica La Central (teléfono 32). El doctor Maximiliano Peralta, cuyo nombre lleva el hospital de Cartago, fue uno de los fundadores de este establecimiento, que ya suma 109 años de historia, pues data de 1896.

Los Yamuni:

De una humilde tienda a un gran almacén: la historia de esta familia.

Con el teléfono 544, el señor Bejos Yamuni, tenía registrada su tienda La Pouppé (La muñeca, en francés), en las cercanías del Mercado Central de San José. ¿Quién se habría imaginado entonces que este pequeño local llegaría ser una reconocida tienda de departamentos en el país?Definitivamente, el destino estaba escrito para este libanés, quien había llegado con su madre a Costa Rica en 1901, huyendo de la crisis económica que enfrentaba su nación. La idea de esta familia era permanecer aquí solo unos cuantos meses; sin embargo, terminaron echando raíces al hallar tierra fértil para desarrollarse como empresarios.Fue así como los Yamuni decidieron embarcarse en el negocio de la venta de encajes, plumas y telas importadas de Europa, para más tarde incursionar en la comercialización de licores, cigarrillos y llantas. Con los años, lograron establecer un nuevo local en la avenida 10, el cual se mantiene hasta la fecha, y han abiertro otros más.

Herencia italiana

Inmigrantes italianos abrieron negocios que subsisten en el tiempo.

Otros que se anclaron en Costa Rica y vieron germinar sus finanzas aquí fueron los hermanos Musmanni, italianos que arribaron al país en 1902. Primero pusieron una fábrica de fideos, cuyo número telefónico era el 482.En 1929, cuando ya eran muy conocidos por sus pastas, empezaron con el negocio del pan en un local en la Avenida Central, sin imaginar que, años más tarde, llegarían a ser la principal cadena de panaderías del país.Igual le sucedió a Ugo Scaglietti Venturati y a sus parientes, italianos que llegaron a suelo tico antes de la Primera Guerra Mundial y establecieron, en el centro de San José, una sastrería que se hizo muy popular (su teléfono era el 801) y subsistehasta la fecha como prestigiosa tienda. En Heredia, con el teléfono 10, los hermanos Negrini Protti -igualmente, inmigrantes italianos- habían adquirido fama por la panadería El Comercio, localizada en el corazón de la ciudad y que, según crónicas de 1916, estaba provista con maquinaria de punta. Esta familia también poseía otros negocios, como una farmacia que, al parecer, era de las más surtidas de esa provincia.

Casas de lujo

Una época de viviendas suntuosas con marcada influencia europea.

El acelerado desarrollo urbanístico también hizo que, para principios del siglo XX, muchas familias construyeran lujosas residencias en el centro de San José y en exclusivos barrios como Amón y Otoya. La mansión de Alejo Aguilar Bolandi (teléfono 323) era una de ellas. Para 1920, este cafetalero había ordenado construir una casa de estilo neocolonial en la esquina de la avenida 9 y calle 13. Esta vivienda aún puede apreciarse y es considerada una joya arquitectónica.La casa de Elías Pagés (teléfono 442), también daba mucho de qué hablar en aquellos años. Este comerciante español era dueño de La Alhambra (teléfono 156), uno de los almacenes más exclusivos de San José, y a la vez era el propietario de una casa “contra temblores” que construyó en un lote de 323 metros cuadrados en la avenida 7, calles 3 y 3-bis. Había adquirido este terreno en 1912 por la entonces astronómica suma de ¢5.000.Anastasio Herrero (teléfono 133), fue otro español que asombró a la sociedad de aquellos años al construir el Castillo del Moro, en Barrio Amón. Todos los materiales de esta mansión, de estilo morisco, fueron importados de España e Italia.Pero el lujo no solo se reflejaba en las fachadas de las casas que construía la burguesía costarricense. En su interior, también sobresalían detalles que revelaban un fino estilo de vida, inspirado en modas europeas. Por ejemplo, se sabe que la vivienda de Mariano Álvarez Melgar (teléfono 444), poseía un baño espectacular con todos los elementos de la “modernidad”. Allí, según una tesis de la arquitecta Florencia Quesada Avendaño, había tina con ducha, lavamanos, excusado de tanque alto y varios espejos que le daban un aire muy suntuoso. En otras casas, el lujo estaba se concentraba en la sala, con los muebles de estilo victoriano; o en la habitación usada como oficina, sitio donde se recibía a muchas de las visitas. Tal fue el caso de la oficina de don José Astúa Aguilar (teléfono 308), donde el orden era una regla inquebrantable. Según describió en una oportunidad Lidy Soler, nieta de este abogado, su abuelo llevaba ahí a muchos de sus discípulos y les impartía lecciones de derecho. A su vez, llegaban a comentar asuntos de política todos los vecinos del lugar, entre los que se encontraban personalidades como “el padre Volio” y don Otilio Ulate. “Mientras ellos conversaban mi abuela les hacía un ponche con clara batida”, relató Soler, al describir una estampa muy típica de la Costa Rica de antaño.

Hombres de empuje

Algunos costarricenses que se labraron un nombre en la historia patria.

Entre los primeros abonados telefónicos figuran ciertos personajes que forjaron el destino del país: expresidentes de la República, académicos, científicos, escritores, comerciantes y cafetaleros. Entre ellos, se encuentra Florentino Castro Soto (teléfono 526), quien llegó a ser uno de los hombres más ricos de mediados del siglo pasado y fue un ejemplo de cómo muchos costarricenses lograron hacer fortuna a pesar de sus humildes raíces.Este desamparadeño provenía de una familia acostumbrada a trabajar la tierra. Al morir su padre (don Santos Castro López), Florentino heredó una finca de café con un área de tres manzanas y la sacó adelante. Tanto fue su empeño, que el negocio prosperó con rapidez y, ya para principios del siglo XX, se había convertido en un pujante empresario conocido y respetado en los principales bancos de Londres. Sus terrenos se habían multiplicado (era propietario de la finca La Uruca -teléfono 661- y varios cafetales más), y ofrecía a muchos cafetaleros el servicio de transporte de su producto con carretas y yuntas de bueyes. Inscritas a nombre suyo estaban reconocidas marcas de café como La Pacífica, El Molino, la Verbena y La Margotita. Aunque la primera esposa de don Florentino, doña Natalia Jiménez, falleció muy joven, este hombre tuvo una descendencia muy numerosa. En total engendró , con ella y otras consortes, 25 hijos, a lo largo de sus 80 años de vida.Don Felipe J. Alvarado (teléfono 230) fue otro costarricense que se abrió camino e incursionó en varios ámbitos del país. Casualmente, él fue uno de los pioneros en la creación y mantenimiento de los sistemas telefónicos de Costa Rica y era el dueño de la empresa F.J. Alvarado & Co., encargada de elaborar la guía telefónica citada en este reportaje.Pero él también sobresalió en el campo de las exportaciones e importaciones al establecer la primera agencia aduanal, con oficinas en Limón, Puntarenas y San José. Además, se desempeñó en algunos cargos públicos y destacó por sus obras filantrópicas. Falleció en San José, pero sus restos reposan en el cementerio de Cartago, junto a sus padres.


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El testimonio de una operadora

De primera mano

“Me llamo María Isabel Fonseca Arroyo, nací en San José en junio del año 1907. Apenas y llegué a quinto grado. Como mi mamá estaba muy necesitada económicamente, tuve que trabajar desde muy jovencita. Logré encontrar un medio tiempo en la Compañía Felipe J. Alvarado. Mi plan era asistir a clases en las mañanas y por las tardes trabajar.

“Por desgracia, la ilusión me duró solo dos meses, porque la Compañía Nacional de Fuerza y Luz compró la empresa en 1919, y me pasaron a tiempo completo. Ahí ingresé como telefonista. Recuerdo que éramos como nueve operadoras. En ese momento usábamos el sistema manual de llamadas.

“Cada sede tenía su central y conectábamos al abonado con las centrales de las provincias. A veces comunicar al cliente era difícil, pues de repente se juntaban muchas llamadas y el abonado se desesperaba por la espera, pero cuando era una emergencia, la comunicación era inmediata”.

Reportaje de Proa La Nación, 9 de octubre del 2005

Casa de Alejo Aguilar Bolandi…Barrio Amón

 

El cafetalero Alejo Aguilar Bolandi, construyó una vivienda el estilo neocolonial. La casa se conserva con las características originales desde su construcción, tiene un jardín frontal y corredores con balaustrada, arcos, techo de teja, columnas de madera y una torre. En el contorno de la torre, un balcón con rejas de hierro forjado corona la vivienda. Fue construida hacia 1920, en un terreno de aproximadamente 873 m2 en la avenida nueve y calle tercera.

Casa del Sr. José Joaquín Tinoco Granados

Casa del General José Joaquín Tinoco Granados
Casa estilo Victoriano, Barrio Amón

En esta vivienda habitó José Joaquín Tinoco Granados, Ministro de Guerra del país durante la dictadura de su hermano Federico Tinoco Granados (1917-1919). A José Joaquín se le considera históricamente el verdadero hombre fuerte de ese régimen, que cayó luego de su asesinato a solo una cuadra de esta casa.

Aunque su estilo es victoriano, la casa está construida con bahareque y su interior en madera. Fue edificada en 1910. Se ubica en la avenida nueve y calle tercera y se caracteriza por la profusa decoración de los marcos de las ventanas y de su ornamentación, tanto en madera como en metal (cenefas, pináculo, arcos, columnas, crestería) y especialmente en el frontón del bay window que se yergue en la esquina de la cuadra.

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José Joaquín Tinoco Granados, Ministro de Guerra (1917-1919)

 

Alianza Cultural Franco-Costarricense, San José, 1851-1900.

Sede de la Alianza Francesa en San José. Desde 1965, esta asociación cultural tiene su sede en esta casa centenaria sobre calle 5 y avenida 7, declarada monumento histórico. La Alianza Francesa es una asociación costarricense sin fines de lucro cuyos objetivos son la enseñanza del francés, la difusión de la cultura francesa y el intercambio cultural entre Francia y Costa Rica.

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Barrio Amón

El Barrio Amón es un barrio ubicado en la ciudad de San José, capital de Costa Rica. Es uno de los seis barrios es que se divide el distrito de El Carmen, en el sector noreste del cantón central de San José. Se le considera uno de los barrios históricos del casco urbano josefino, conocido principalmente por su arquitectura de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, que lo convirtió en uno de los primeros barrios elegantes de esta capital. En él pueden encontrarse casas y edificios de los más variados estilos: victoriano, ecléctico, neoclásico, neomudéjar y otros, rompiendo con el esquema colonial de casas de adobe y bahareque que dominaban en esa época el paisaje de San José. En la actualidad, el Barrio Amón continúa siendo un barrio residencial, aunque gran parte de los antiguos edificios y casas se han convertido en oficinas, pequeños hoteles, tiendas de antigüedades, cafés, bares, restaurantes y clubes nocturnos, pero siempre conservando la elegancia original que da fama al sitio.

Límites

El Barrio Amón se encuentra delimitado de la siguiente forma:

  • Norte: Río Torres y avenida 13.
  • Sur: avenida 7.
  • Este: calle 9.
  • Oeste: calle Alfredo Volio Jiménez.

Historia

Retrato por Aquiles Bigot de Amón Fasileau-Duplantier, de quien toma nombre el Barrio Amón.

 
La formación del Barrio Amón fue parte de un proceso de crecimiento mayor de la ciudad de San José durante la última década del siglo XIX, consecuencia de una nueva organización socio-espacial de la capital costarricense, que estuvo aunado a la creación de un gran eje de comunicación interurbano (la Calle de la Estación), así como sitios de recreación y ornato. Este proceso fue consecuencia de la riqueza generada por el comercio internacional del café, gracias al cual San José logró consolidarse como el centro de la política, la cultura, el comercio, los servicios y las comunicaciones del país, un proceso iniciado desde mediados del siglo XIX con la construcción de cañerías, alumbrado eléctrico, líneas de tranvía y telégrafo.

La construcción de la Calle de la Estación fue el resultado de la política liberal que gobernó Costa Rica durante esta época, la cual se proponía promover una nueva concepción de la burguesía nacional y la consolidación del concepto de la nación con la edificación de monumentos nacionales y la creación de símbolos cívicos y patrióticos. La elección de este sitio fue motivado por la existencia en él de la estación del ferrocarril al Atlántico, que marcaba la entrada principal a la ciudad. También se contaba con la intención de crear un paseo urbano que permitiera embellecer la capital, en un sitio que iba desde el Parque Nacional hasta el Parque Morazán, los principales espacios urbanos de la ciudad, convirtiendo a este sitio en eje protagónico de la vida citadina con la construcción de diversos edificios de gran relevancia para la misma, como la Casa Amarilla, el Edificio Metálico, el Templo de la Música del Parque Morazán y el Parque España frente a la Fábrica Nacional de Licores. La Calle de la Estación, adornada por la siembra de árboles de dama y frecuentado también por elegantes señoritas de la alta sociedad que daban paseos en sus alrededores, pasó a ser conocido como Paseo de las Damas. Todo esto motivó la migración de figuras de la política y ciudadanos nacionales y extranjeros con la intención de poblar los terrenos cercanos a este incipiente centro cívico y cultural de la capital costarricense.

El nombre del barrio surge a partir del empresario cafetalero francés Amón Fasileau-Duplantier, conocido como Monsieur Amón, quien inmigró a Costa Rica a finales del siglo XIX. Era cuñado de Hipólito Tournón Captenat y representante legal de su familia, la cual era propietaria de un beneficio de café ubicado en los predios donde se ubica hoy el Barrio Amón. Estos terrenos habían sido adquiridos en 1864 por Tournón para agrandar las propiedades dedicadas a la siembra del café, por aquella época, el principal motor de la economía nacional. En 1892, Amón propuso a la Municipalidad de San José la creación de un barrio en esta zona de la ciudad, dado que aquellos terrenos, por aquel tiempo, eran un foco de suciedad e inundaciones ya que no existían en esa zona cañerías que permitieran la evacuación de las aguas cuando llovía. Amón, natural de Burdeos, se había casado con una costarricense de nombre María Machado, y residía en una elegante vivienda en las cercanías del río Torres, cerca de los límites actuales del Barrio Amón. En 1894, se firmó un contrato en el que se estipulaba que la Municipalidad le pagaría a Amón por la construcción de las calles y las aceras hasta que fueran construidas las viviendas. Es a partir de este momento que la zona pasa a ser conocida como Barrio Amón.

En 1897, el territorio fue dividido en lotes, y comenzó a poblarse en las primeras tres décadas del siglo XX. A partir de allí, el Barrio Amón se convirtió en el asiento de la burguesía capitalina. En él se asentaron personajes de la clase política, extranjeros – principalmente españoles y alemanes,- y costarricenses enriquecidos por el comercio del café, la producción de caña de azúcar, el cultivo del banano y los distintos proyectos ferroviarios y de instalación de corriente eléctrica que caracterizaron la década de 1890. La creación del Barrio Amón significó una rotación en la forma de asentamiento acostumbrada en la capital costarricense, que giró hacia la construcción de barrios exclusivos a lo largo del siglo XIX y principios del siglo XX. El Barrio Amón pasó a ser conocido como el primer barrio residencial de la burguesía cafetalera de San José.

Arquitectura

Las viviendas del Barrio Amón vinieron a romper con la tradicional construcción colonial caracterizada por casas de adobe, bahareque y teja que predominaban en San José a finales del siglo XIX. La diferenciación, sin embargo, se dio solamente en las fachadas, porque los interiores de las viviendas, con contadas excepciones, siguió el mismo ordenamiento que el de las casas coloniales.

No obstante, en el Barrio Amón, la arquitectura vino a ser reflejo de la riqueza y la ostentación de sus habitantes, pertenecientes a la clase burguesa: amplios jardines, una construcción más alejada de las aceras y viviendas protegidas por rejas de hierro para marcar simbólicamente ese alejamiento de la calle. Predominaron cuatro estilos: ecléctico, victoriano, neoclásico y segundo imperio. El estilo mudéjar también se encuentra presente en la vivienda conocida como Castillo del Moro.

Historia de San José, ciudad de 200 años

Imagen relacionada

En 1736 el Cabildo Eclesiástico de León ordenó que se edificara una iglesia en la “abra de la Boca del Monte”. La construcción de la ermita se concluyó un año después. Pintura circa 1800. | COLECCIÓN PRIVADA. Es la imagen más antigua que se conoce de esta ciudad. Pintor desconocido.

 

“Villanueva o San José, la capital de la provincia, está en un extenso valle, o planicie, y su situación es una de las más hermosas del mundo. En todas las direcciones los suburbios de esta ciudad son encantadores y muy particularmente la Sabana (o pastos comunes, donada a los vecinos por don Manuel Chapuí, un clérigo fallecido.”

John Hale, viajero inglés (1825)

La imagen de verdor, que describe Hale, fue el sello distintivo que caracterizó a San José durante el siglo XIX y buena parte del XX. A partir de 1830, con el inicio de la producción cafetalera, esa imagen se reforzó. Los cafetales que rodeaban a San José fueron el sello de la “ciudad”, fue el campo lo que llamó la atención del paisaje al llegar a la capital y no su incipiente casco urbano. Los cafetales que prevalecían en el panorama vallecentralino, y que daban la impresión de estar en un inmenso jardín, también fueron descritos por el viajero y naturalista danés Anders Oersted en 1846: “cuando los cafetos están cargados de flores blancas, y embalsaman el aire con su perfume, dan al país una fisonomía completamente particular”.

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