Provincia de Guanacaste, “Tierra de la Marimba”, “La Pampa.”

Lema:  “De la Patria por nuestra voluntad.”

 

Guanacaste es la provincia número 5 de Costa Rica, localizada en el extremo noroeste del país. Limita al norte con la República de Nicaragua, al este con Alajuela, al sur con Puntarenas y al oeste con el océano Pacífico. Posee una superficie de 10 140 km². Por su extensión es la segunda provincia más grande del país, pero también la más despoblada, en la cual habitan 326 953 personas.2​ Está dividida en 11 cantones y 47 distritos. Su cabecera es Liberia, ubicada a 210 kilómetros de San José. Otras ciudades importantes son Nicoya y Santa Cruz.

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Guanacaste en el mapa de C.R.

El territorio de Guanacaste comprende la mayor parte del antiguo Partido de Nicoya, el cual se anexó al país el 25 de julio de 1824. Su relieve combina las cimas volcánicas de la cordillera de Guanacaste con amplias llanuras que se abren hacia el Pacífico. Los principales accidentes geográficos son la península de Santa Elena al noroeste, la península de Nicoya al sureste, que es la más grande del país y engloba al golfo de Nicoya. Al centro se encuentra la depresión tectónica del valle del Tempisque. Posee grandes extensiones de llanura, lo que la convierte en tierra propicia para la cría de ganado y cultivo de granos, es especial las formadas por el valle del río Tempisque, razón por la cual la provincia recibe el sobrenombre de “la pampa” y también “la bajura”. Guanacaste es famosa por sus paisajes, sus playas que bordean el litoral del océano Pacífico, y un clima mucho más soleado y seco que en el resto del país, lo que la convierte en uno de los polos turísticos principales de Costa Rica.

En la provincia se encuentra el Área de Conservación Guanacaste (ACG), la cual es sitio Patrimonio de la Humanidad declarado por la Unesco en el año 1999. Comprende, entre otros, el Parque nacional Santa Rosa, el Parque nacional Guanacaste y el Parque nacional Rincón de la Vieja, abarcando 1470 km² de zonas protegidas. En Guanacaste también se encuentran los parques nacionales Palo Verde y Barra Honda. Posee una de las pocas zonas azules del mundo, en la península de Nicoya.

Los datos de poblamiento de la región de Guanacaste se remontan a 12 000 años, uno de los más antiguos del país. Durante la época precolombina, estuvo habitada primeramente por los corobicíes, de cultura del Área Intermedia, y luego por grupos chorotegas y nahuas, de cultura mesoamericana. Algunas de las expresiones culturales de estos grupos, como la cerámica nicoyana, han subsistido hasta la actualidad y son patrimonio nacional de Costa Rica. En la península de Nicoya se encuentra la Reserva Indígena Matambú.

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Arbol de Guanacaste

Guanacaste es cuna de muchos aspectos del folclor de Costa Rica, tales como la música, instrumentos como la marimba y el quijongo, danzas tradicionales como el punto guanacasteco, la gastronomía derivada del maíz y del ganado, y la cultura propia de la vida de la hacienda y el campo

Historia

El territorio de Guanacaste, provincia de Costa Rica ubicada en el extremo noroeste del país, posee una rica historia que se remonta por lo menos a 12.000 años a.C, con el ocupamiento de la región por los primeros grupos nómadas provenientes del norte del continente. A partir de 500 a.C a 300 a.C, se formaron los primeros cacicazgos, hasta que en el año 800 d.C, el territorio fue ocupado por grupos de inmigrantes chorotegas provenientes del Valle de México, que establecieron en la región la influencia cultural de Mesoamérica.

Tras la conquista española en 1540, la región pasó a formar parte del Reino de Guatemala bajo la figura administrativa de un corregimiento con capital en la ciudad de Nicoya, el cual posteriormente se transformó en Alcaldía Mayor, la cual estuvo durante algunos periodos bajo el control de las provincias de Nicaragua, Costa Rica o de forma independiente.1​ Para 1821, fecha de la independencia centroamericana, la mayor parte del territorio formaba parte del Partido de Nicoya, que tres años después, luego de una votación popular, se anexó a Costa Rica, decisión que quedó confirmada en 1826 por una ley del Congreso Federal de Centroamérica. Diez años después, en 1836, se erigió el Departamento de Guanacaste, que luego se transformó en provincia en 1838, luego cambió su nombre a Moracia en 1854, y nuevamente a Guanacaste en 1860.

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Hacienda Sta. Rosa

La provincia de Guanacaste ha sido escenario de importantes eventos históricos de la historia nacional, cuna de tradiciones y costumbres que actualmente son seña de identidad cultural de Costa Rica, y fuente de riqueza económica para el país en las más diversas actividades.

Época prehispánica

Véanse también: Gran Nicoya, Reino de Nicoya y Cronología precolombina de Guanacaste.

El Reino de Nicoya en el siglo XVI.

A principios del siglo XVI, los grupos indígenas que habitaban el actual territorio de Guanacaste pertenecían al área cultural de Mesoamérica, que se prolongaba por la vertiente del Pacífico hasta las regiones de Orotina y Chorotega. En el territorio guanacasteco había solamente unas pequeñas comunidades culturalmente pertenecientes al Área Intermedia, como la de los corobicíes. Sin embargo, cabe señalar que entre las áreas mesoamericana e intermedia no hubo una frontera estrictamente delimitada y debieron ser frecuentes los contactos y la transculturación entre ellas, sobre todo en las zonas de confluencia

Casi todos los pueblos que habitaban en Guanacaste hablaban la lengua chorotega (hoy extinta), por lo que a veces se les designa genéricamente con ese nombre. Además, en las vecindades de la actual Bagaces había un enclave de un grupo con raíces culturales mexicanas, cuyo idioma era el náhuatl.

Iglesia_Nicoya
Iglesia de Nicoya

Los chorotegas empezaron a llegar a la península de Nicoya aproximadamente a principios del siglo IX y subordinaron o desplazaron de allí a las poblaciones locales o se mezclaron con ellas. Los nuevos señores introdujeron cambios en la religión, los enterramientos, el arte y otros aspectos, y animales domésticos como el chompipe. Su sociedad era de corte marcadamente androcrático o dominador, ya que existían múltiples relaciones de dominación de unas personas sobre otras -hombres sobre mujeres, ciertos pueblos sobre otros, y ciertos varones sobre las demás personas- y complejas jerarquías, en las que figuraban nobles, guerreros, sacerdotes y ancianos de prestigio llamados huehues.

A la llegada de los castellanos, la población de Nicoya, situada a corta distancia de la actual ciudad de Nicoya, era el centro político, religioso y económico de un reino del que dependían varias provincias en ambas márgenes del golfo y numerosos pueblos tributarios. En ella residía un rey vitalicio, que desempeñaba funciones políticas, religiosas y ceremoniales. En la monarquía nicoyana parece haber prevalecido un sistema dinástico-electivo, es decir, que la sucesión no se practicaba automáticamente en línea directa, sino que al morir un rey se efectuaba una elección entre los diversos miembros de su familia para designar al sucesor.

Los castellanos dieron al rey de Nicoya y a otros monarcas indígenas de Costa Rica el apelativo de cacique, voz antillana con la que designaron prácticamente a todos los reyes, caudillos y señores que encontraron en el continente americano, y cuyo uso en cierta medida terminó por dar a entender que eran de menor relieve que los monarcas europeos.

Centro del Barrio de Corralillo, Nicoya
Centro de Población de Carrillo

El rey de Nicoya, según consignó el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés, que visitó sus dominios en el decenio de 1520, tenía otros vasallos principales y caballeros llamados galpones, que lo acompañaban y resguardaban y eran sus cortesanos y capitanes. Es posible que estos señores, a los que el cronista describe como arrogantes y crueles, representasen a los diversos clanes y comunidades tributarias de Nicoya, ya que la voz galpón parece derivar de calpulli, palabra que entre los aztecas identificaba a un grupo cuyos miembros tenían antepasados comunes y compartían un territorio dividido en parcelas. En todo caso, la autoridad del rey no era absoluta, ya que se compartía con el monéxico, junta o consejo de huehues elegido cada mes por votación y en el que posiblemente estaban representados los diversos clanes o comunidades. Quizá los miembros del monéxico eran los mismos individuos llamados galpones, ya que así se denominaban también los edificios donde se reunía el consejo.

En las reuniones del monéxico se discutían asuntos de variada naturaleza, entre ellos los militares y administrativos. En algunas comunidades chorotegas, como la de Nagrando, en la actual Nicaragua, el monéxico tenía la potestad de elegir al rey y hasta de darle muerte si lo creía conveniente. En todo caso, en Nicoya el gobernante tenía una autoridad limitada y debía tomar en cuenta las tradiciones y la opinión de la comunidad.

Al monéxico le correspondía también elegir a ciertos ancianos de prestigio como consejeros de la comunidad. Estos ancianos, que debían permanecer solteros y cuya actividad compararon los castellanos con la del sacramento cristiano de la confesión, atendían consultas confidencialmente, formulaban recomendaciones a la persona que buscaba su ayuda y asignaban penitencias tales como barrer las plazas u obtener leña para los templos. Se castigaba con mucha severidad a los consejeros que divulgasen el contenido de las consultas y a los terceros que las escuchasen subrepticiamente.

No está claro si el monexico tenía también funciones judiciales. En su obra Costa Rica, la frontera sur de Mesoamérica, el arqueólogo Ricardo Quesada López-Callejaindica que el monarca nombraba como jueces a ancianos experimentados y capaces, cuyos fallos eran inapelables, y que en el caso de bigamia la sentencia la dictaba el consejo.

Los datos disponibles sobre los ordenamientos normativos de los pueblos chorotegas indican que desde un punto de vista jurídico occidental eran sistemas de escasa complejidad, con pocas infracciones y pocas sanciones, y de naturaleza predominantemente consuetudinaria. Sin embargo, es muy posible que también hayan tenido normas escritas. El cronista Antonio de Herrera consignó que los pueblos chorotegas de Nicaragua tenían voluminosos libros de papel y pergamino, donde consignaban hechos memorables y tenían pintadas sus leyes y ritos, y Fernández de Oviedo indicó que poseían libros de cuero de venado, donde con tinta roja y negra consignaban sus términos y heredamientos, para que cuando hubiese contiendas o pleitos determinarlos allí con la opinión de los ancianos. A principios del siglo XX se halló en la isla de Chira un libro cuadrado con jeroglíficos, que fue llamado “el misal chorotega”; pero se ignora el destino que haya corrido.

En la sociedad chorotega tenían mucha importancia los vínculos familiares. Aunque la organización social era androcrática y patriarcal, la organización familiar era fundamentalmente cognática o matrilineal; además, según Fernández de Oviedo, los chorotegas eran “muy mandados y sujetos a la voluntad de sus mujeres”, y Francisco López de Gómara dijo que eran “valerosos, aunque crueles y muy sujetos a sus mujeres”. Estaba prohibido el matrimonio entre ascendientes, descendientes y hermanos consanguíneos, aunque el incesto era prácticamente desconocido.

El matrimonio era monogámico y al parecer indisoluble, salvo en caso de adulterio o bigamia. Algunos reyes y personajes de alto rango tenían concubinas, pero nunca se les consideraba como esposas legítimas. Habitualmente, el matrimonio requería una serie de ceremonias. Se iniciaba con la petición de mano de la mujer, que efectuaba el padre del pretendiente mediante una visita formal a los padres de aquélla. Si la solicitud era aceptada, se fijaba fecha para la celebración de la boda. El compromiso matrimonial se celebraba con grandes fiestas, a las que acudían las familias de los novios y sus amigos y vecinos. Antes de la boda, ambos contrayentes recibían de sus respectivos padres una dote, que podía incluir tierra cultivable, una vivienda y diversos bienes muebles. Las tierras y las alhajas de valor eran heredadas por los hijos de la pareja; pero si moría uno de los cónyuges sin que el matrimonio hubiese tenido descendencia, esos bienes volvían a poder de sus padres. El padre tenía la potestad de vender a los hijos para sacrificios.

En Nicoya y otro reino cercano, Orotina, los monarcas ejercían el derecho de pernada (ius primae noctis) a pedido de la familia de la mujer, pues así a ésta le era más fácil encontrar marido. Según López de Gómara algunos indígenas chorotegas de Nicaragua cedían voluntariamente la virginidad de sus novias a los reyes.

La ceremonia matrimonial se efectuaba en presencia del rey y de las familias de los novios. El monarca, con su mano derecha, tomaba a los contrayentes por los dedos corazón y meñique de sus manos izquierdas, los conducía hasta una pequeña casa destinada a efectuar ritos matrimoniales y allí les decía: “Mirad que seáis buenos esposos y que miréis por vuestra hacienda, y que siempre la aumentéis y no la dejéis perder.” Después la pareja guardaba silencio mientras miraba arder una astilla de ocote. Cuando ésta se consumía, se consideraba concluida la ceremonia y los nuevos esposos se retiraban a una habitación de la casa para consumar el matrimonio. Las fiestas de la boda se iniciaban al día siguiente, cuando la pareja salía de la casa y el marido manifestaba ante sus amigos y parientes que había encontrado virgen a la mujer. Esta declaración originaba un regocijo general. En caso de que anunciase que la mujer no era virgen y le había sido entregada como tal, la novia era devuelta a casa de sus padres y la boda se tenía por no celebrada. Empero, si desde antes de la boda el novio había sabido que la mujer no era virgen, el matrimonio se consideraba válido.

Muchos varones preferían tomar como cónyuges a mujeres que ya no eran vírgenes e incluso a las que ya tenían gran experiencia sexual. Hay referencias sobre una práctica matrimonial de los nicaraos, que pudo haber existido también entre los chorotegas: una mujer se prostituía para reunir una dote, congregar después a sus clientes, pedirles que en cierto plazo le construyesen entre todos una casa y decirles lo que cada uno debía aportar. Terminado el trabajo, la mujer elegía marido entre los clientes, se celebraba una fiesta y a partir de entonces era considerada una “buena mujer”. Además, aun sin fines matrimoniales, se permitía la prostitución, y Fernández de Oviedo consignó que el precio habitual por los servicios sexuales de una mujer era de diez almendras de cacao. López de Gómara dice que las mujeres “antes de casarse son por lo general malas, y casadas buenas.”

El adulterio de la mujer chorotega era sancionado con una amonestación, un fuerte castigo corporal y la expulsión del hogar. Sus familiares la insultaban y la desconocían, y la comunidad la consideraba como una mujer impura, desleal y desvergonzada. Sin embargo, cuando la comunidad celebraba ritos de catarsis colectiva, a veces acompañados de sacrificios humanos y antropofagia ritual, una mujer casada, incluso de alto rango, podía tener relaciones sexuales con quien quisiese o le pagase, sin que después se presentasen escenas de celos ni castigos.

La bigamia del varón era castigada con la pérdida de bienes y el destierro, y su esposa legítima podía contraer nuevas nupcias, si no tenía hijos con el bígamo. En caso de haberlos, no podía casarse de nuevo, pero si ella se encargaba del cuidado de los hijos, disfrutaba de los bienes del bígamo. La mujer que a sabiendas contraía matrimonio con un hombre casado perdía todos sus bienes a favor de la esposa legítima.

Había otros delitos graves relacionados con la actividad sexual. Si un sirviente tenía relaciones sexuales con la hija de su amo, ambos eran enterrados vivos. También se castigaban con pena de muerte, mediante apedreamiento, las relaciones sexuales entre varones. Quien violase a una mujer era atado en la casa de la ofendida y sus propios parientes debían mantenerlo hasta que compensase el delito con cierta cantidad de bienes; de no hacerlo se convertía en esclavo de la familia de aquélla.

La principal actividad económica de los pueblos chorotegas era la agricultura, que complementaban con otras, como la caza y la pesca. Cultivaban maíz, algodón, frijoles, hortalizas y frutas, y tenían el monopolio de los árboles de nance, mientras que los nicaraos monopolizaban el cultivo del cacao. Como en otras comunidades de Mesoamérica, las relaciones económicas y laborales imperantes entre los chorotegas posiblemente se desarrollaban como redes de reciprocidad en el intercambio de bienes y servicios. La propiedad de la tierra cultivable y el trabajo agrícola entre los chorotegas debieron ser fundamentalmente de índole colectiva. Quesada López-Calleja, en su ya mencionada obra, señala que la propiedad de la tierra no se podía vender y los padres la transmitían a sus hijos o a otros parientes por falta de descendencia, cuando sentían que había llegado su última hora. La referencia a la existencia de los libros de cuero de venado insinúa que existía algún tipo de catastro o registro de planos, aunque es posible que los litigios sobre terrenos no fuesen entre individuos sino entre grupos.

La propiedad privada individual debió existir principalmente con respecto a los bienes muebles. El ladrón era condenado a devolver lo robado y a servir a su víctima para resarcirla del perjuicio, y permanecía atado en casa del ofendido hasta que éste quedase satisfecho; si no se recibía la compensación, podía caer en esclavitud. Algo similar ocurría cuando se cometía un homicidio, ya que el autor debía compensar el hecho con bienes a satisfacción de los familiares de la víctima, y en caso contrario se convertía en su esclavo.

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La Marimba, instrumento principal de Guanacaste

Los tiánguez o mercados desempeñaban un papel central en la vida económica de los pueblos chorotegas, por lo que debieron existir normas de cierta complejidad sobre comercio y contratación. Estos mercados eran atendidos por mujeres, y a ellos no podían ingresar varones de la misma población, salvo jóvenes que nunca hubiesen tenido relaciones sexuales. Los hombres que violasen tales prohibiciones podían ser apedreados o vendidos como esclavos o para ser comidos.

Al frente de los mercados había una especie de jueces-administradores elegidos cada cuatrimestre por el monéxico, para no permitir abusos en las transacciones. Estos jueces castigaban sin remisión alguna a los transgresores de las ordenanzas y costumbres, y hacían que se tratase con mucha cortesía a los forasteros, para que regresasen. Aunque el trueque y la reciprocidad desempeñaran un papel importante en los intercambios, las semillas de cacao servían como moneda, y se presentaban casos de falsificación, mediante la artimaña de extraer el cacao de las semillas y llenar éstas con tierra.

El ordenamiento de los pueblos chorotegas desapareció gradualmente como consecuencia de la conquista. Sin embargo, diversas fuentes de la época de la dominación española elogian las leyes de los nicoyanos y su actitud ante el Derecho. Por ejemplo, en la segunda mitad del siglo XVI el cosmógrafo Don Juan López de Velasco indicó que los indígenas de Nicoya eran “leales y obedientes a las justicias”, y a principios del siglo XVIII todavía se recordaba que se habían regido por leyes sabias y que entre ellos no existían penas para el parricidio y el regicidio, porque consideraban que ninguna persona era capaz de cometer tales delitos.

Es muy poco lo que se conoce sobre las creencias religiosas específicas de los chorotegas, aunque evidentemente eran bastantes afines a las de otros pueblos mesomaericanos, puesto que incluían antropofagia ritual. Los sacerdotes tenían una posición social prominente. En sus poblaciones existían edificios destinados a servir como templos, donde se daba culto a diversos dioses simbolizados en estatuas. Según relató el conquistador Gil González Dávila, en 1523, el recién bautizado rey de Nicoya le dio seis figuras de oro de un palmo de altura, “pues ya él no había de hablar con sus ídolos que me los llevase”.

Los pueblos chorotegas cultivaron diversas formas de artes, pero sus trabajos más notables parecen haberse desarrollado en el campo de la alfarería y el decorado de vasijas y otros recipientes; el cronista Fernández de Oviedo alabó con entusiasmo la loza negra que se fabricaba en la isla de Chira. Al contrario de otros pueblos mesoamericanos, no parecen haber dedicado esfuerzos a la arquitectura monumental, y en el territorio de Guanacaste no se han encontrado vestigios de pirámides.

Primeras exploraciones españolas

La primera exploración española del golfo de Nicoya se remonta a 1519, cuando llegó a sus aguas una expedición marítima encabezada por Juan de Castañeda y Hernán Ponce de León, que había ya recorrido gran parte del litoral pacífico de la actual Costa Rica. Los españoles tuvieron un enfrentamiento con los indígenas que habitaban en la margen oriental del golfo, posiblemente los de Orotina, y se retiraron.

Posteriormente, en 1522-1523, Gil González Dávila efectuó por tierra un recorrido por las costas costarricenses, en dirección hacia el noroeste, y al llegar al reino de Chorotega, el tesorero de la expedición Andrés de Cereceda consignó que era caribe (antropófago) y que de allí en adelante los demás pueblos también lo eran. Al noroeste del reino de Chorotega, la expedición visitó los dominios diversos monarcas indígenas, recogiendo oro y efectuando bautizos, cuyas cifras permiten dar cierta idea de las dimensiones e importancia de las comunidades visitadas, según la relación de Cereceda:

  • Chorotega, en el golfo de San Vicente, 487 bautizos, 708 pesos de oro.
  • Chira, 468 pesos de oro.
  • Gurutina, 5 leguas adelante de Chorotega, 713 bautizos, 6053 pesos.
  • Chomi (Chomes), 6 leguas tierra adentro, 683 pesos de oro.
  • Pocosí, 4 leguas de Gurutina, 133 pesos de oro.
  • Paro, 2 leguas adentro, 1016 bautizos, 657 pesos de oro.
  • Canjén (Cangel), 3 leguas adelante de Paro, 1118 bautizos, 3257 pesos de oro.
  • Nicoya, 5 leguas adelante de Canjén, tierra adentro, 6063 bautizos, 13441 pesos de oro.
  • Sabandi (Zapandí), 5 leguas adelante de Nicoya, no hubo bautizos ni se recogió oro.
  • Corevisi (Corobicí), 4 leguas adelante de Sabandi, 210 bautizos, 840 pesos de oro.
  • Diriá, a 8 leguas de Corovisi, 150 bautizos, 133 pesos de oro.
  • Namiapí, 5 leguas adelante de Diriá, en la costa del mar, 6 bautizos, 172 pesos de oro y 22 de perlas.
  • Orosí, 5 leguas tierra adentro, 134 bautizos, 198 pesos de oro.
  • Papagayo, 10 leguas adelante, 137 bautizos, 259 pesos de oro.
  • Avancari, en la costa del golfo
  • Cotori, en la costa del golfo.

Conquista española

La región del golfo de Nicoya despertó cierto interés en los españoles, ante la posibilidad de que existiese comunicación entre el río Tempisque y el lago de Nicaragua, lo cual permitiría el paso interocéanico. Por esta circunstancia el golfo fue llamado “el Estrecho Dudoso”. En las cercanías de su costa oriental se fundó en 1524 la villa de Bruselas, y los indígenas de la región fueron dados en encomienda a sus vecinos. Sin embargo, pronto se hizo evidente que la mencionada comunicación interocéanica no existía. Además, Bruselas se vio envuelta en las rivalidades entre diversos conquistadores y fue definitivamente abandonada en 1527.

En los años siguientes, las sociedades indígenas de Guanacaste fueron víctima de una brutal explotación por parte de los conquistadores, especialmente los gobernadores de Nicaragua Pedrarias Dávila y Rodrigo de Contreras, quienes fueron titulares de las encomiendas más importantes. Miles de personas fueron exportadas como esclavas a Panamá y al Perú, al extremo de que la península de Nicoya y las regiones aledañas al golfo quedaron casi despobladas.

El dominio castellano produjo grandes y muy negativos cambios en la vida de las sociedades indígenas del territorio, cuyas formas culturales propias empezaron gradualmente a desaparecer. Los patrones de asentamiento indígenas fueron desarticulados casi por completo, ya que se obligó a las poblaciones a congregarse en pueblos llamados reducciones, trazados según los modelos españoles, y esto produjo la pérdida de costumbres y tradiciones en todos los órdenes. Aunque en las reducciones solo podían residir indígenas, la aculturación de las comunidades autóctonas, agravada por el descenso demográfico, fue quizá más rápida y profunda que en otros territorios mesoamericanos. Persistieron elementos de resistencia durante largo tiempo, pero el idioma, la religión, la vestimenta, los patrones de familia y parentesco y otros muchos elementos culturales de los castellanos pronto fueron desplazando a los locales. El idioma chorotega desapareció por completo, al extremo que de él solo se conocen hoy unas pocas palabras.

La Provincia de Guanacaste

La Constitución de 22 de noviembre de 1848 sustituyó los departamentos por provincias, entre ellas la de Guanacaste, que por ley de 7 de diciembre de ese año quedó dividido en los cantones de Bagaces y Cañas, Guanacaste, Nicoya y Santa Cruz, subdivididos en distritos. En la ciudad de Guanacaste residiría el Gobernador provincial, nombrado por el Presidente de la República, y en cada cantón habría un Jefe Político y una municipalidad.

En 1854, a solicitud de sus habitantes, el Congreso cambió la denominación de provincia de Guanacaste por la de provincia de Moracia, en homenaje al Presidente Juan Rafael Mora Porras, y la de ciudad de Guanacaste por la de ciudad de Liberia. En 1860, sin embargo, se volvió a designar a la provincia con el nombre de Guanacaste.

La Anexión de Nicoya a Costa Rica fue finalmente aceptada por Nicaragua en el tratado Cañas-Jerez de 1858, confirmado por el Laudo Cleveland de 1888.

En 1877 el gobierno del Presidente don Vicente Herrera Zeledón creó el cantón de Carrillo, con los pueblos de Siete Cueros, Boquerones (rebautizado como Palmira), Sardinal y Belén. Como cabecera fue designada Siete Cueros, a la cual se le dio el nombre de Filadelfia, en homenaje al militar Filadelfo Soto. En 1878 el Presidente Tomás Guardia Gutiérrez creó el cantón de Cañas, separando su territorio del cantón de Bagaces. En el siglo XX se crearon nuevos cantones: Abangares (1915), Tilarán (1923), La Cruz, Nandayure y Hojancha (1971).

El polémico decreto de 1915

A pesar de la división provincial establecida por ley en 1848, en 1915 un decreto del Presidente Alfredo González Flores segregó de Guanacaste el territorio sur de la península de Nicoya (los pueblos de Cóbano, Jicaral, Lepanto y Paquera) y lo agregó a la provincia de Puntarenas, con cuya cabecera había mayor facilidad de comunicación en esa época. Este decreto ha sido reiteradamente objetado por los guanacastecos, quienes han pedido insistentemente que se devuelvan esos territorios a su provincia; sin embargo, permanecen todavía hoy como parte de Puntarenas. También pertenecen a Puntarenas las islas de Chira, San Lucas y las demás del golfo de Nicoya, que tradicionalmente habían estado vinculadas con el Corregimiento y después con el Partido de Nicoya, no con al provincia de Costa Rica. Ha habido algunas iniciativas en la Asamblea Legislativa de Costa Rica para restablecer la situación anterior al decreto, pero ninguna se ha materializado.

Referencias

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