La Llorona, Leyenda costarricense.

Origen de la leyenda:

La Llorona es el alma en pena de una mujer que ahogó su hijo y, arrepentida hasta la desesperación, vaga buscándolo por la vera de los ríos, lamentándose y llorando desconsoladamente, espantando a todos los que la oyen o la ven. Se aparece a deshoras en las orillas de los ríos como una mujer vestida de blanco, pálida y con los ojos hinchados de llorar, con cabellos negros, largos y en desorden, lanzando ayes lastimeros por el hijo que perdió.

La leyenda costarricense que explica el origen de la Llorona tiene algunas variantes: la mujer puede ser una princesa indígena,​ una campesina mestiza, o una ibérica, ​ generalmente joven y muy hermosa, la mayoría de las veces soltera, aunque también puede estar casada o prometida a otro; por diversas circunstancias, la mujer se enamora, dependiendo de la época en que se narre la historia, de un conquistador español,​ de un hombre rico de alcurnia,​ o simplemente de un hombre apuesto y galante que la corteja.​ Queda embarazada, ya sea por voluntad o por la fuerza. Una vez ha dado a luz, es rechazada por parte de su amante,​ su familia, la sociedad o su propio pueblo.​ Cuando es rechazada por su amante, este la abandona,se va con otra o es asesinado por ella, lo que contribuye a su desdicha. Puede que el amante no la rechace, pero entonces él muere de forma trágica. La mujer pierde el juicio y asesina al recién nacido ahogándolo en un río, aunque también ocurre que la criatura es lanzada al río por el padre o el marido burlado, en venganza por la afrenta, o ella es obligada a ahogarlo en el río,​ de cualquier forma esto hace enloquecer a la mujer.​ Finalmente, la mujer se suicida lanzándose al agua intentando rescatarlo,​ luego es maldecida, ya sea por Dios, por las fuerzas del Universo,​ o por su propio padre,​ y es condenada a vagar como alma en pena buscando al hijo perdido para nunca encontrarlo, o ve la sombra del niño en el agua, pero cuando lo va a coger, se le escapa de las manos.

En las leyendas costarricenses, hay varias versiones de lo que ocurre a la víctima de la aparición: lo más frecuente es que la escuche llorando a lo lejos dando aterradores gritos, pero sin verla. Frecuentemente, la víctima es un hombre solo o varios hombres jóvenes, más raramente niños y mujeres. Cuando es avistada, la víctima entra en pánico y huye, pero generalmente, no sufre daño, por lo que se considera que la Llorona no es un espanto agresivo, pero verla causa terror.​ En otras versiones, sobre todo en aquellas donde la mujer ha sido burlada por el amante, la Llorona ataca a la víctima y la ahoga en el río, confundiéndola con su burlador, y en el caso de los niños, con su propio hijo.​ También se menciona que la Llorona ignora que está muerta.​ Además de ser una advertencia para las jóvenes contra el embarazo no deseado y el aborto, y para los hombres, contra la juerga y el trasnochar, otra de las funciones de la leyenda era disuadir a los niños de acercarse a los cuerpos de agua y evitar que se ahogaran de forma accidental.​

La leyenda de la Llorona tiene raíces prehispánicas y cuenta con diversas versiones en cada país hispanoamericano, pues mezcla elementos de mitos precolombinos con tradiciones españolas. En México, fray Bernardino de Sahagún recogió la leyenda en su obra monumental Historia general de las cosas de Nueva España (1540-1585) e identificó a este personaje con la diosa Cihuacóatl.​ En la mitología talamanqueña de los pueblos bribris y cabécares de Costa Rica, existen leyendas previas a la llegada de los españoles donde se habla de espíritus que habitan en los ríos y cascadas, que emiten grandes lamentos cuando un niño va a morir o que pierden a los niños, y que reciben el nombre de itsas, palabra que en el idioma bribri significa tanto llorona como tulevieja,​ por lo que en las leyendas costarricenses, la historia de estos dos personajes es similar. Un ejemplo de estas leyendas es la historia de Sakabiali, llamada también la Señora Llorona del Monte.

La leyenda:

En las altas horas de la noche, cuando todo parece dormido y sólo se escuchan los gritos rudos con que los boyeros avivan la marcha lenta de sus animales, dicen los campesinos que allá, por el río, alejándose y acercándose con intervalos, deteniéndose en los frescos remansos que sirven de aguada a los bueyes y caballos de las cercanías, una voz lastimera llama la atención de los viajeros.

Es una voz de mujer que solloza, que vaga por las márgenes del río buscando algo, algo que ha perdido y que no hallará jamás. Atemoriza a los chicuelos que han oído, contada por los labios marchitos de la abuela, la historia enternecedora de aquella mujer que vive en los potreros, interrumpiendo el silencio de la noche con su gemido eterno.

Era una pobre campesina cuya adolescencia se había deslizado en medio de la tranquilidad escuchando con agrado los pajarillos que se columpiaban alegres en las ramas de los higuerones. Abandonaba su lecho cuando el canto del gallo anunciaba la aurora, y se dirigía hacia el río a traer agua con sus tinajas de barro, despertando, al pasar, a las vacas que descansaban en el camino.

Era feliz amando la naturaleza; pero una vez que llegó a la hacienda de la familia del patrón en la época de verano, la hermosa campesina pudo observar el lujo y la coquetería de las señoritas que venían de San José. Hizo la comparación entre los encantos de aquellas mujeres y los suyos; vio que su cuerpo era tan cimbreante como el de ellas, que poseían una bonita cara, una sonrisa trastornadora, y se dedicó a imitarías.

Como era hacendosa, la patrona la tomó a su servicio y la trajo a la capital donde, al poco tiempo, fue corrompida por sus compañeras y los grandes vicios que se tienen en las capitales, y el grado de libertinaje en el que son absorbidas por las metrópolis. Fue seducida por un jovencito de esos que en los salones se dan tono con su cultura y que, con frecuencia, amanecen completamente ebrios en las casas de tolerancia. Cuando sintió que iba a ser madre, se retiró de la capital y volvió a la casa paterna. A escondidas de su familia dio a luz a una preciosa niñita que arrojó enseguida al sitio en donde el río era mas profundo, en un momento de incapacidad y temor a enfrentar a un padre o una sociedad que actuó de esa forma. Después se volvió loca y, según los campesinos, el arrepentimiento la hace vagar ahora por las orillas de los riachuelos buscando siempre el cadáver de su hija que no volverá a encontrar.

De entonces acá, oye el viajero a la orilla de los ríos, cuando en callada noche atraviesa el bosque, aves quejumbrosos, desgarradores y terribles que paralizan la sangre. Es la Llorona que busca a su hija…

Referencias:

-Zeledón Cartín, Elías (2000). Leyendas costarricenses (4ª edición). Heredia, Costa Rica: Editorial de la Universidad Nacional. pp. 286 páginas.

-Alcalá, Alejandro (2013). «La Llorona (folclor de Costa Rica)». Mitos, cuentos y leyendas de América Latina. Verbum. p. 59.

-Sahagún, Fray Bernardino de (2001). Juan Carlos Temprano, ed. Historia general de las cosas de Nueva España (Crónicas de América tomos 1 y 2 edición). Madrid: Dastin Historia. p. 1236.

-Jara Murillo, 2003, p. 82

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