Un caballero pirata

En la época de su grandeza no tuvo España enemigo tan encarnizado como Sir Francis Drake, el intrépido corsario que llegó a ser uno de los más famosos almirantes de la reina Isabel. Nacido en el mar y discípulo de su deudo Sir John Hawkins, corsario no menos audaz, Drake fue uno de los fundadores del poderío naval de Inglaterra y el primer marino de su nación que dio la vuelta al mundo, proeza realizada cincuenta y ocho años antes por Magallanes y Sebastián de Elcano. Su odio contra los españoles era tan grande que solía decir: “Haya paz o haya guerra entre España e Inglaterra, siempre habrá guerra entre Drake y los secuaces de la Inquisición”. Pudiera creerse por estas palabras que el fanatismo religioso era la sola causa de su inquina; pero había otra. Drake nunca perdonó el descalabro que siendo muy joven y capitán de la Judith había sufrido en San Juan de Ulúa a manos de los españoles en 1568, con pérdida de todos sus ahorros. Su venganza fue terrible y no es mucho decir que consagró el resto de su vida a satisfacerla. Habiendo vuelto pocos años después a las costas de América, saqueó la ciudad de Nombre de Dios, e internándose luego en el istmo de Panamá pudo divisar desde una altura el Océano Pacífico; a partir de ese instante tomó la resolución de “timonear un barco inglés en aquellos mares”. Aprobado su proyecto por la reina Isabel, ésta le facilitó los medios de llevarlo a cabo y en abril de 1578 llegaba Drake a las costas del Brasil con cinco navíos. Después de haber entrado en el Río de la Plata se fue a la bahía de San Julián, donde hizo cortar la cabeza de unos de sus capitanes, Thornas Daughty, por un intento de rebeldía contra su autoridad; separándose allí de dos de los barcos que le acompañaban, se dirigió al estrecho de Magallanes guiado por Ñuño de Silva, hábil piloto portugués a quien había hecho prisionero en las islas de Cabo Verde; pero sólo el navio que él mandaba, el Golden Hind, pudo pasar el estrecho; los otros dos regresaron a Inglaterra. Una vez en el Pacífico, Drake apresó un rico cargamento de oro y piedras preciosas en Valparaíso, fue rechazado en Coquimbo, se apoderó en Arica de tres mil barras de plata, saqueó todos los navios que estaban en el Callao, y dando caza al San Juan de Antón que se dirigía a Panamá, lo despojó de su cargamento que valía centenares de miles de libras esterlinas. Catorce meses después de haber perdido de vista las costas de Inglaterra, el afortunado corsario llegaba a las de la provincia de Costa Rica, a la sazón gobernada por el capitán Juan Solano, en ausencia de Diego de Artieda Chirino. Se detuvo en la llamada hoy bahía de Drake, frente a la isla del Caño, y desde allí divisó, el 20 de marzo de 1579, un pequeño navio procedente del puerto de San Pedro del Palmar, en la boca del río de la Barranca, de donde había salido tres días antes con un cargamento de maíz, zarzaparrilla, botijas de manteca, miel y madera, destinado a Panamá. Rodrigo Tello era el maestre de esta nave que llevaba catorce pasajeros, entre los cuales iban Alonso Sánchez Colchero y Martín de Aguirre, Pilotos que el virrey de la Nueva España enviaba a Panamá, para que llevasen al general D. Gonzalo Ronquillo a las islas Filipinas. Salió al encuentro del barco una lancha tripulada por treinta hombres que le intimaron rendición con toques de trompeta y algunos arcabuzazos tirados al aire; pero como vieran los ingleses que los españoles se apercibían a la defensa, los acometieron de verdad, hirieron a dos y les obligaron a rendirse. La presa fue llevada al lugar en que estaban dando carena al Golden Hind. Drake trató bien a los prisioneros y a falta de barras de plata y reales de a ocho, de que venía provisto en abundancia, encontró en el navio de Rodrigo Tello, bastimentos y algo más que le fue particularmente grato: dos cartas de marear y los derroteros para el viaje de las Filipinas de que eran portadores los pilotos enviados por el virrey de Méjico. Terminada la carena se hizo Drake a la vela con rumbo a la península de Nicoya. A la vista del cabo Blanco el 27 de marzo, puso en libertad a los prisioneros dándoles una lancha para que se fuesen a tierra, pero se quedó con el navío y su cargamento, no sin excusarse repetidas veces y en términos muy corteses de la necesidad en que estaba de hacerlo. Dejóse también al piloto Sánchez Colchero, a quien ofreció pagar mil ducados con tal que lo llevase a la China y le dio cincuenta para que los enviara a su mujer, permitiéndose escribir cartas a sus  deudos, al virrey y al oidor García de Palacio que estaba en Nicaragua. Los prisioneros llegaron el 29 de marzo a la ciudad del Espíritu Santo de Esparza, donde casualmente se encontraba el capitán Juan Solano, y éste se apresuró a escribir tan malas nuevas como traían al licenciado Valverde, presidente de la Audiencia de Guatemala. Siguió navegando Drake a lo largo de las costas de Nicaragua y en la noche del 4 de abril, cerca de Acajutla en las de San Salvador, sorprendió un navio que venía de Acapulco. Ningún daño hicieron los ingleses, a los pasajeros; tan sólo les quitaron las espadas y las llaves de sus cofres. Al saber que a bordo se encontraba D. Francisco de Zarate, distinguido caballero de Méjico que se dirigía al Perú, lo llevaron a presencia de su jefe que se paseaba tranquilamente sobre la cubierta del Golden Hind. Drake lo recibió con afabilidad, lo hizo entrar en su cámara y brindándole un asiento le dijo:
—Yo soy muy amigo de que me digan la verdad, porque de lo contrario me enfado. Así es que me la vais a decir, que éste es el camino que más puede valer conmigo. ¿Qué plata u oro trae estenavio?
—Ninguno.
Drake repitió su pregunta clavando los ojos en los del caballero español.
—Ninguno -volvió a decir D. Francisco-, salvo unos platillos y unas copas de que yo me sirvo.
El corsario guardó silencio y luego, mudando de conversación, hizo otra pregunta:
—¿Conocéis a D. Martín Enríquez, virrey de la Nueva España?
—Si le conozco.
—¿Viene aquí algún pariente suyo o cosa que le toque? —No, señor.
—Pues harto más holgara de topar con él que con todo el oro de las Indias, para ver cómo se han de cumplir las palabras de los caballeros. D. Martín Enríquez de Almansa había inaugurado su gobierno con el descalabro de Hawkins y Drake en 1568 y bien se ve que éste no lo echaba en olvido. Se puso luego de pie, invitando a D. Francisco para que le siguiese, y lo llevó a la bodega de popa donde estaba aherrojado un hombre viejo. Allí le dijo:
—Sentaos que aquí habéis de estar.
El caballero español hizo además de obedecer, pero, deteniéndole con un gesto, Drake prosiguió:
—No quiero que por ahora probéis esta prisión, sino tan sólo que me digáis quién es ese hombre que está en ella. —No le conozco.
-Pues sabed que es un piloto que el virrey D. Martín Enríquez enviaba a Panamá para que llevase a D. Gonzalo Ronquillo a la China. Se llama Colchero.
En seguida mandó quitar las prisiones al piloto y se fue sobre cubierta en compañía de los dos españoles, con quienes estuvo conversando muy largamente hasta la hora de comer. Invitó a D. Francisco de Zarate a que tomase asiento a su lado, regalándole con los mejores platos, y para desvanecer la tristeza que observó en el semblante de su huésped le dijo:
-No tengáis pena. Vuestra vida y hacienda están seguras. A continuación le preguntó dónde podría encontrar agua, pues era lo único que le faltaba, añadiendo que tan pronto como la hallase le daría licencia para seguir su viaje.
El siguiente día era un domingo. Drake se vistió lujosamente, mandó empavesar el Golden Hind, y después de haber ordenado el trasbordo de todos los que venían en el navio de Acapulco al que tomó a Rodrigo Tello, dijo a Zarate:
—Véngase un paje vuestro conmigo para mostrarme vuestra ropa. Y desde las nueve de la mañana hasta cerca del anochecer estuvo visitando con mucha minuciosidad el cargamento del navío de Acapulco. El caballero español salió bien librado. De su equipaje sólo le tomó algunos objetos menudos, diciendo que eran para su mujer, y le obsequió en cambio un alfanje y un braserito de plata. A la mañana siguiente, después de haber devuelto sus cajas a varios de los pasajeros, llevó a don Francisco en su propia lancha a bordo del navío en que había sido apresado, reunió a los marineros y otros españoles que por su traza denotaban pobreza, dando a cada uno un puñado de tostones, y puso en libertad a Colchero. Al despedirse del hidalgo español, Drake le pidió encarecidamente que diese noticias suyas a varios ingleses residentes en Lima, prueba de que tenía inteligencias en el Perú. Según la relación escrita por D. Francisco de Zarate sobre su encuentro fortuito con Drake, éste era rubio, pequeño de cuerpo y podía tener entonces unos treinta y cinco años. Venían con él nueve o diez segundones de casas principales de Inglaterra, a quienes sentaba a su mesa, lo mismo que al piloto Ñuño de Silva, el cual no hablaba nunca, limitándose a sonreír maliciosamente cuando los prisioneros le dirigían la palabra. Una música de piolines amenizaba la comida y la cena, servidas en abundante vajilla de plata marcada con escudos de armas del corsario. En su aposento tenía éste todo género de comodidades, aguas de olor y objetos de lujo, muchos de ellos regalados por la reina Isabel. Sin compañeros le adoraban y él era con todos muy bondadoso, pero a la vez de una gran severidad en materia de disciplini. Zarate dice de Drake que era “uno de los mayores marineros que hay en el mar, ansí de altura como de saber mandar”, y Ñuño de Silva lo califica de “hombre muy sabio en el arte de la mar, tanto que ninguno se sabe que lo sea más”. FJ Golden Hind era un excelente navío de unas doscientas toneladas, con treinta piezas de artillería, gran cantidad de pertrechos y armas de todas clases. Lo tripulaban ochenta y seis hombres escogidos y muy diestros, entre los cuales había carpinteros, calafates y hasta pintores para tomar vistas de las costas. Prosiguiendo su viaje triunfal, Drake saqueó de paso el puerto de Guatulco en Méjico, donde puso en libertad a Ñuño de Silva; y después de haber llegado hasta el paralelo 43 de latitud norte en busca de un paso para el Océano Atlántico, se fue a las islas Molucas en 1579, arribó en noviembre a Ternate, a Java en marzo de 1580, dobló el cabo de Buena Esperanza en junio y, después de tocar en la costa de Guinea y las islas Terceras, ancló en Plymouth el 26 de septiembre. La aparición de Drake en el Pacífico sembró el pánico desde Chile hasta Méjico; porque si bien los piratas habían cometido ya sus terribles depredaciones en las costas americanas del Atlántico, excepción hecha de Oxenham, que atravesó el istmo del Darién desde Acia hasta el golfo de San Miguel en 1577, ninguno había conseguido penetrar en el mar del Sur, que se consideraba inviolable; pero una vez revelado el secreto del paso por el estrecho de Magallanes, las riquezas del Perú quedaban a merced de sus incursiones y ningún barco podría volver a navegar seguro en los mares que desde los tiempos de Vasco Núñez de Balboa sólo habían sido surcados por naves españolas. Así, era menester exterminar a todo trance al corsario audaz que acababa de apoderarse de secreto tan peligroso y de robar millones. El virrey de Méjico y el presidente de la Audiencia de Guatemala se pusieron inmediatamente en armas para darle caza; y no obstante que Drake no había hecho misterio de su propósito de volver a Europa por el quimérico estrecho de los Bacalaos o por vía de la China, los dos sesudos funcionarios no lo creyeron, sosteniendo D. Martín Enríquez que se había quedado escondido eñ las costas del reino de Guatemala, y el licenciado Valverde, con mejor acierto, que estaba en California. La tarea del licenciado Valverde era mucho más ardua que la de D. Martín Enríquez, por carecer totalmente el reino de Guatemala de elementos de guerra, que fue necesario improvisar a toda prisa. Con el cobre de las hachas de que se servían los indios se fundieron en la capital buenos cañones para armar dos navios y una galeaza; se trajo pólvora desde Méjico, se allegaron mosquetes, esmeriles y bastimentos, se alistaron doscientos hombres a las órdenes de D. Diego de Herrera, entre los cuales figuraba el Adelantado de Costa Rica D. Gonzalo Vázquez de Coronado, y cuando todo estuvo a punto, se remitió al puerto de Zonzonate, donde aguardaban los barcos, las tropas de las ciudades de San Salvador y San Miguel mandadas por D. Diego de Guzmán, y el gobernador de Nicaragua y Costa Rica, Diego de Artieda, que debía servir de almirante. Poco después llegaron también otros dos navios y 300 hombres enviados por el virrey de la Nueva España. A últimos de jubo de 1579, terminados los preparativos, se dispuso que la flota fuese al puerto de Iztapa, donde el presidente de la Audiencia debía pasarle revista, antes de que saliera en busca de Drake al mando de un cuarto Diego, que éste era también el nombre de pila del oidor García de Palacio, el cual, después de haber fortificado El Realejo, al tener noticia de la presencia del corsario en las vecindades del puerto, se había ido a Zonzonate para organizar la empresa. El licenciado Palacio, autor de una muy interesante descripción de la provincia de Guatemala dirigida a Felipe II en 1576, tenía fama de ser hombre activo y tan ducho en asuntos de leyes y gobierno como en achaques de milicia, opinión que justifican varios de sus escritos y dos libros que publicó en Méjico algunos años más tarde sobre el arte de la guerra por mar y tierra. Pero, como es a menudo el caso, los hechos del licenciado Palacio no siempre estaban de acuerdo con la excelencia de las teorías que profesaba. FJ 2 de agosto, víspera del día señalado para darse la armada a la vela, se declaró enfermo de gravedad, diciendo que tenía una pierna y un brazo tullidos. Fuera o no cierto, motivos hubo para ponerlo en duda, a juzgar por lo que el licenciado Valverde escribió al rey sobre el asunto: “Me dijeron muchos que el licenciado Palacio no había tenido mal ninguno … Doy cuenta de esto a V.M., porque el licenciado Palacio ha escrito un libro de militar y me dicen que lo ha enviado a V.M. y profesa este camino de cosas de guerra de mar y de tierra; y en el servir a V.M. y el decir y hacer, en todo no es una misma cosa”. Después de este paso de saínete, la flota estuvo en Iztapa y de allí salió al mando de D. Diego de Herrera el 27 de agosto en persecución de Drake, quien hacía un mes navegaba hacia los mares de la China.

Durante quince años más, Drake debía seguir asestando los más rudos golpes al poderío español en Europa y América. Con actividad y saña infatigables saquea la ciudad de Vigo, ataca la de Cartagena de Indias, se apodera de la isla de Santo Domingo, devasta las costas de la Florida, quema cien barcos en la bahía de Cádiz, contribuye como el que más a la destrucción de la Armada Invencible, ataca la Coruña, desembarca en Lisboa, apresa en todas partes navios cargados de riquezas. Su nombre execrado repercute hasta en los últimos rincones de la España de Felipe II, como un doble de campanas que anunciara el ocaso de la formidable grandeza creada por los Reyes Católicos y el emperador Carlos Quinto. Vuelve una vez más a las Indias Occidentales, teatro de sus primeras hazañas, pero ya no le sonríe la fortuna veleidosa. En Canarias sufre un rechazo, otro en Puerto Rico, donde fallece su maestro y compañero Hawkins; se desquita incendiando a Río Hacha, Santa Marta y Nombre de Dios. Sus gentes desembarcan para atacar a Panamá por tierra, salen completamente derrotadas y entonces se dirige a Portobelo. A la vista de este puerto una disentería pone término a su vida y a su venganza, a las cuatro de la mañana del 28 de enero de 1595. Drakemurió en el mar como había nacido y sus restos mortales yacen, encerrados en una caja de plomo, en el centro de la bahía de Portobelo, debajo de las aguas que mecieron las carabelas de Cristóbal Colón en 1502. Como Morgan, Davis, Sharp y tantos otros, Drake hizo la guerra a los españoles en plena paz y fue por consiguiente un filibustero; sin embargo, no puede equipararse a semejantes desalmados. Por su conducta generosa y cortés en muchas ocasiones, fue el caballero andante de la piratería, a la vez que un marino eminente y un grande hombre de guerra. Sus mismos enemigos, a quienes tantos males hizo, lo juzgaron así. Nada menos que Lope de Vega cantó las hazañas del terrible inglés en su poema La Dragontea, homenaje de la hidalguía española y que sólo se concibe en aquellos tiempos heroicos y caballerescos; pues ¿qué diríamos hoy de un poeta alemán que celebrase las victorias de sir David Beatty?

 

Referencias:

  • Ricardo Fernández Guardia, Crónicas Coloniales. EDEL
    EDITORIAL ELECTRÓNICA

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