Un Santo Milagroso

En poco tiempo había cundido por una parte de la provincia de Alajuela, la fama de una imagen milagrosa de San Jerónimo, de la que se contaban cosas extraordinarias, por no decir milagros. Los vecinos de San Pedro de la Calabaza (Hoy San Pedro de Poás, cabecera del cantón de Poás, provincia de Alajuela) y de La Sabanilla (Distrito del cantón de Alajuela. Hoy Sabanilla) se mostraban particularmente entusiastas, y la reputación del santo llegaba ya hasta la propia capital de la provincia, donde, para decir verdad, tropezaba con bastante escepticismo; pero no se debe olvidar que los alajueleños (Nota 3: El autor usa el gentilicio alajueleño, pero el uso que ha prevalecido es el alajuelense para referirse a lo perteneciente o al natural de Alajuela. Fin de la nota 3) son incrédulos empedernidos. Tuvieran o no razón los conciudadanos de Juan Santamaría (Nota 4: El tambor alajuelense, héroe de la guerra de 1856 contra los filibusteros norteamericanos. Fin de la nota 4) en mostrar desconfianza respecto de San Jerónimo, es lo cierto, que ya no había rosario, vela de angelito (Nota 5: Como en Colombia, angelito se llama al niño muerto, siempre que tenga muy poca edad. Fin de la nota 5) ni otra fiesta alguna en que no hallara santo de imagen presente. Todos se disputaban la honra insigne de hospedarlo, aunque fuese más que algunas horas, y sus frecuentes viajes eran triunfales, en medio de lucido acompañamiento que no le escatimaba la música, ni los cohetes, ni las bombas.

A primera vista la imagen no presentaba ninguna particularidad saliente. Era una escultura tosca de madera coloreada, de poco más de un metro de altura.
El santo, vestido con hábito de raso galoneado de plata, estaba lejos de tener el aspecto de un asceta; antes parecía uno de esos frailes barrigudos e incontinentes que han popularizado las cromolitografías catalanas. Pero este detalle en que sólo habían reparado algunos criticones y mal intencionados de la ciudad de Alajuela, no afectaba en nada la devoción de sus adoradores, que no se hartaban de festejarlo ni de besarle los pies.

Las peregrinaciones constantes de San Jerónimo acabaron por llamar la atención de las autoridades y aun por alarmarlas; y no por causa de las manifestaciones de fanatismo grosero que provocaba la imagen en las gentes de campos, que en esto siempre es mucha la tolerancia. Lo que preocupaba a las autoridades provinciales era algo más grave, era el número creciente de escándalos y pendejadas que surgían al paso del santo, el cual iba dejando tras de sí una huella de sangre.
Festejo donde él estuviera concluía mal de seguro; a machetazos y puñaladas casi siempre. En el juzgado del crimen se tramitaban varias causas por homicidio; los heridos eran muchos, los contusos una legión. El gobernador resolvió entonces cortar por lo sano, ordenando a los jefes políticos y demás subalternos que aprehendiesen a San Jerónimo a todo trance y sin pérdida de tiempo; pero todas las diligencia que se practicaron fueron vanas. El Santo se hacía humo después de cada una de sus travesuras, para reaparecer al cabo de algunos días, ya en un punto, ya en otro, cuando menos se le esperaba. Y seguían los escándalos, las borracheras y los machetazos.

Enojado por todo esto, el gobernador no cesaba de telegrafiar a las autoridades subalternas para estimular su celo, y éstas ya no tenían reposo buscando a San Jerónimo. Tal era la situación cuando Pedro Villalta, cabo del resguardo de Hacienda, dijo una tarde al gobernador, en momentos en que se preparaba a salir a campaña con sus guardas:

–No tenga usted cuidado, señor; yo me encargo de traerle el santito (Nota 6: El autor pone en labios del cabo la forma de diminutivo culta. Era de esperar en él la que nos caracteriza a los costarricenses: santico. A esto se debe nuestro mote, ya convertido en gentilicio, de ticos. Fin de la nota 6) ese.

Al oír esto, el atribulado funcionario vio los cielos abiertos y poco faltó para que diese un abrazo a Pedro Villalta; y como el cabo era viejo y muy matrero, aquella misma noche anunció el gobernador en la tertulia que frecuentaba que la captura del santo era inminente, afirmación que fue recibida con mucha
incredibilidad, provocando gran número de bromas y chascarrillos.

–El tal San Jerónimo no existe –afirmaba el doctor Pradera-. Es una invención de los sampedreños (Nota 7: Gentilicio que se aplica a lo perteneciente o al natural de cualquier lugar que se llame Pedro. Fin de la nota 7) para ponerlo a usted a correr.

El gobernador amoscado contestó:

–Ustedes se reirán y dirán lo que quieran; pero desde luego les convido para que le hagan una visita al santo en el cuartes de policía.

–Pues yo apuesto una cena en contrario –exclamó alegremente el comandante de la plaza.

–Aceptado –dijo el gobernador.


Mientras la primera autoridad de la provincia daba pruebas inequívocas de la confianza que en su habilidad tenía, Pedro Villalta y sus compañeros cabalgaban silenciosos por la carretera de Puntarenas. (Nota 8: Se refiere a la antigua carretera que comunicaba el interior del país con aquel puerto, partiendo de Cartago. Fin de la nota 8) Ostensiblemente habían tomado esta (Nota 9: De la ciudad de Alajuela hacia el oeste. Fin de la nota 9) dirección al salir de Alajuela al anochecer; pero cuando llegaron a medio camino del barrio San José, (Nota 10: Distrito y caserío del cantón de Alajuela, al oeste de la ciudad, lugar en que se bifurca el camino: una rama contínua hacia Puntarenas (viaje Carretera Nacional), y otra sigue al norte, hacia Grecia, Naranjo, etcétera. Fin de la nota 10) el cabo detuvo su caballo y dio la orden de volver atrás. Los guardas, acostumbrados a esos manejos, obedecieron sin chistar.
De regreso evitaron la ciudad, siguiendo las rondas completamente desiertas, y dando un rodeo fueron a parar al río Maravilla. (Nota 11: El río Alajuela toma el nombre de Maravilla en las inmediaciones de Alajuela, hacia el norte, y el caserío que se halla junto al puente, se llama también La Maravilla.
Fin de la nota 11) Una vez del otro lado del puente, el cabo dijo:

–Ahora, a La Sabanilla.

Después de un rato de camino, Juan Rodríguez, especie de Hércules, bonachón y muy candoroso, hizo una pregunta:

–Cabo, si vamos a La Sabanilla, ¿por qué hemos dado esta gran vuelta?

Sonaron risas; pero Villalta, que quería a Juan Rodríguez por bueno y valiente, le explicó con benevolencia que ese rodeo tenía por objetico evitar que los contrabandistas pudieran ser avisados de la llegada del resguardo. Juan, que era nuevo (Nota 12: El autor había escrito nuevo y lo cambió por que era nuevo. Fin de la nota 12) en el cuerpo, se sintió lleno de admiración por la astucia de su jefe.

–Esas gentes tienen espías y amigos en todas partes –prosiguió Villalta-, pero conmigo se friegan (Nota 13: Fregar tiene en América el sentido figurado de molestar, jorobar, fastidiar. Es eufemismo de su sinónimo joder, que aquí no tiene el sentido vitando de España. Fin de la nota 13) porque conozco todas sus cábulas. (Nota 14: Cábala, artimañas (nota del autor). Fin de la nota 14) Esta vez pienso traerme la saca (Nota 15: Fábrica clandestina de aguardiente
(nota del autor). Fin de la nota 15) de los Arias.

Al oír este nombre los guardas aguzaron las orejas. Los Arias eran los contrabandistas más temibles de todo el país. De los tres hermanos, José, Ramón y Antonio, no se sabía cual era el peor. Todos ellos se habían hecho famosos cometiendo fechorías inauditas y dando pruebas de un valor temerario en sus encuentros con el resguardo y en el sinnúmero de pendencias que suscitaban por donde iban; y había quien dijera que más de una docena de hombres, entre guardas fiscales y otros, dormían el sueño eterno por obra suya. A pesar de tantas atrocidades, nadie pudo nunca echarles garra y los tres hermanos continuaban ejercicio tranquilamente su productiva industria, porque no sólo destilaban aguardiente en una barranca inaccesible de La Sabanilla, sino que también metían de contrabando gran cantidad de coñac, armas y municiones, pasando los bultos por las mismísimas barbas del reguardo del río San Carlos. (Nota 16: Cantón de la provincia de Alajuela y el importante río que atraviesa las llanuras de San Carlos, el cual desemboca en el Río San Juan (límite, aquí, entre Costa
Rica y Nicaragua). Fin de la nota 16)

–¿Quiénes son esos Arias? –volvió a interrogar Juan Rodríguez.

–Los Arias son los peores bandidos que hay en Costa Rica. No permita Dios que te encuentres nunca con ellos –le respondió uno de los guardas.

–Yo no tengo miedo a nadie, replicó con sencillez el Hércules bonachón.

–Eso me gusta, Juan –dijo el cabo que conocía la bravura de su subalterno-. Pero con los Arias no basta tener mucho valor y muchas fuerzas; también hay que andarse muy listo, porque son más malos que el Pisuicas. (Nota 17: El diablo (nota del autor). Fin de la nota 17)

Entretenidos en estas pláticas llegaron a Itiquís (Nota 18: Itiquís es el nombre de un río y de un barrio de Alajuela, que se halla como a tres kilómetros al norte de la ciudad, pasado por la Maravilla. Fin de la nota 18) a eso de las nueve de la noche. El cabo, que iba de los últimos (Nota 19: La forma costarricense de último, o de primero, etc., por el último (“llegó de último”) llevó a escribir al autor “que iba de los últimos” en vez de (entre los últimos”. Fin de la nota 19) con Juan Rodríguez, sintió los pasos de un caballo que venía dando alcance y pronto se les puso a la par. Villalta interpeló al jinete cuya presencia se adivinaba, porque no era posible distinguirlo, tal era la oscuridad de la noche.

–¿Hacia dónde camina, amigo?

–Voy a Sabanilla, ¿y ustedes?

–Nosotros vamos aquí cerca.

–¡Qué lástima! Hubiéramos podido hacer el viaje juntos hasta la vela de ñor Juan Carvajal.

–Conque ñor Juan tiene vela esta noche.

–Sí, y dicen que va a estar muy bonita… Buenas noches, señores –añadió el jinete adelantándose.

–Dios lo lleve con bien amigo –le contestó Villalta.

Y cuando se hubo alejado, agregó entre dientes: “Esta noche pescamos algo. Ese viejo zamarro de ñor Juan Carvajal no es la primera zorra que se pela”. (Nota 20: Desuella (nota del autor). Palarse (una zorra) es un modismo que significa “cometer un delito, una fechoría”. Fin de la nota 20)


Muy lucida estaba la vela de ñor Juan Carvajal, como todas las fiestas que se celebraban en su casa, porque a más de rico, era rumboso; pero aquella noche había querido echarla por la ventana en honor a San Jerónimo, que resplandecía sobre un altar improvisado, lleno de cirios y flores artificiales. Al anochecer había principiado el reventar de las bombas en el corredor de la casa y desde fuera subían los cohetes con fuerte resoplido, trazando en el cielo un largo surco de oro candente. Luego traqueaban arriba con estallido seco que repercutía por valles y montes, proclamando a varias leguas en contorno la gloria de San Jerónimo y la generosidad de su anfitrión.

Pasados los rezos, que fueron largos, comenzó el baile con una mazurca que tocaba una música cimarrona compuesta de pistón, clarinete y sacabuche haciendo uno de estos ruidos que no se te olvidan nunca cuando se han oído una vez. No bailaban menos de veinte parejas en la sala, muy adornada con ramas de uruca y tallos de plátano en las puertas y ventanas. En la pieza vecina, sobre una mesa cubierta de un mantel inmaculado, había gran cantidad de galletas, rosquetes, quesadillas y pan dulce, sin contar dos grandes azafates llenos de bizcochos y empanadas. (Nota 21: Los rosquetes son panecillos de harina (de maíz o trigo), tostados, y se desmoronan fácilmente. El bizcocho nuestro de maíz, en forma de rosquillas o “empanadas”. Las empanadas nuestras han de tener la forma de media luna. Fin de la nota 21) Mientras bailaban los jóvenes, las personas mayores que habían rezado a conciencia, iban echando alguna cosilla al estómago, con acompañamiento de café o chocolate. Muchos de los convidados habían hecho una larga jornada para venir desde su casa a la de ñor Juan, situada en pleno
campo y a buena distancia de todo lugar poblado, las mujeres en carreta, los hombres a caballo o a pie.

Concluida la mazurca, ña Dominga, mujer de ñor Juan, circuló con una bandeja llena de cigarrillos de papel blanco, poniéndose a fumar todos los concurrentes.
Enseguida empezó una extraña ceremonia. “Señores –dijo el dueño de la casa- adoremos al santo”. Uniendo el gesto a la palabra, se acercó a la imagen, y, postrado ante ella, le besó largamente un pie. (Nota 22: Corrigió el autor los pies escribiendo un pie. Fin de la nota 22) Todos los hombres, uno tras otro, hicieron lo mismo. Las mujeres se mostraron mucho menos entusiastas y sólo hubo cuatro o cinco que besaban el pie del bienaventurado. A la mazurca sucedió un vals y a éste otra mazurca, alternando las piezas de música con otras tantas adoraciones del santo; y ¡cosa inaudita! Los hombres se iban achispando sin beber, porque en toda la casa apenas habían tres botellas de guaro mixturado para las mujeres.

Entre las presentes estaban más de cuatro con muy buen palmito, pero ninguna podía rivalizar con María Carvajal, sobrina de ñor Juan. Muchacha más hermosa no se hubiera podido hallar en La Sabanilla ni en San Pedro; y así vestida (Nota 23: Vestida por vestidita (corrección del autor). Fin de la nota 23) con su camisa escotada llena de lentejuelas y su saya de lana azul con volantes, era una fruta agreste y apetitosa. Todos los galanes presentes zumbaban en torno de aquel plato de miel pero casi ninguno conseguía acercársele, porque allí estaba el novio de la muchacha, hombre celoso y de pocas pulgas, que sólo le permitía bailar con amigos de su confianza, guardándola para sí casi siempre. Por la cuarta vez bailaba con ella al compás de una horrible cacofonía, en medio de la cual se adivinaban a ratos frases de un vals de Strauss, cuando de golpe cesó la música con un pitazo lamentable del clarinete.

–¡Alto el baile! –gritó un individuo plantado con aire insolente en un extremo de la sala. La mano derecha empuñada el clarinete que acababa de arrebatar al músico estupefacto.

El recién llegado, que parecía tener unos veintisiete años, era un mocetón alto y robusto, de cara que habría podido ser hermosa, a no estar desfigurada por la honda cicatriz de un tremendo machetazo. Los ojos de color indefinido miraban con inquietante insolencia. Vestía chaqueta y llevaba un pañuelo de seda rojo anudado al cuello. Alguien pronunció su nombre: “José Arias”, en tanto él, muy tranquilo, examinaba cuidadosamente a todas las mujeres. De pronto tomó una decisión, devolvió el clarinete al músico aterrado, se fue derecho a María Carvajal, y, sin preámbulo alguno, apartando al aturdido novio, enlazó a la muchacha con sus brazos nervudos y gritó:

–¡Ahora sí, música, maestro!

Los músicos no esperaron segunda orden y se pusieron a tocar desafortunadamente, a la vez que el terrible contrabandista y María Carvajal giraban en medio de la sala, que se quedó desierta en un decir amén. Las mujeres se santiguaban invocando los santos de su devoción. Los hombres, ardiendo en ira, se fueron
en busca de sus cuchillos.

La presencia de José Arias en la vela era del todo casual; ningún habitante de aquellos contornos hubiera deseado tener en su casa semejante huésped por muchas razones: una de ellas, porque cuando a José Arias se le ponía entre ceja y ceja llevarse una muchacha a la grupa de su caballo, se la llevaba que no había remedio. Aquella noche iba pasando por allí con un compañero de aventuras, cuando oyó la música y vio las luces de la vela. Su primera idea fue meterse en la casa a caballo, según lo acostumbraba en estos casos; pero como no tenía prisa, pensó luego que era mejor ir por las buenas, limitándose a bailar con la muchacha más guapa y seguir luego su camino. Tomada esta resolución pacífica, dijo a su compañero que lo esperase un momento, echó a pie a tierra, se quitó las espuelas, y como no meditaba ninguna pendencia, las colgó en el pomo de la silla junto con el largo cuchillo de cruceta que se desprendió
de la cintura.

Ya se ha visto de qué manera entendía José Arias lo de ir por las buenas. Su natural fiero y semisalvaje no admitía ningunas formas y solo sabía obrar a impulso (Nota 24: Impulso por impulsos (corrección del autor). Fin de la nota 24) de sus deseos y caprichos. De aquí que no comprendiese bien el alcance de su acto agresivo y se sorprendiera al ver entrar varios hombres con los cuchillos desenvainados.

–¡Ah, coyotes! –gritó soltando a la muchacha que temblaba de miedo-. Ahora van a ver quién es José Arias.

Con rápida resolución de hombre que no se acobarda, echó una mirada en torno buscando un arma con qué defenderse. No viendo cosa mejor, se abalanzó hacia el altar y arrancó una imagen de un tirón. San Jerónimo pesaba horriblemente, pero el contrabandista, dotado de un vigor excepcional, lo levantó con ambas manos y sin esperar a sus adversarios arremetió contra ellos. Éstos ya no osaban atacarlo. Sólo el novio de María Carvajal le descargó una cuchillada que
cayó como un hachazo sobre la cabeza del santo.

–¡Los guardas! ¡Los guardas! –gritaron varias voces desde afuera.

Como por encanto se escabulleron los agresores del contrabandista. En aquel momento penetró Juan Rodríguez, revólver en mano; mas apenas tuvo tiempo de decir: “Dése preso”, cuando el pobre cayó descalabrado por un formidable santazo. Con la agilidad de un gamo pasó José Arias por entre los guardas sobrecogidos.

Un minuto después galopaba saludado por los tiros que le disparaban Villalta y su gente; como algunos querían perseguirlo para vengar a Juan Rodríguez, el cabo, que sabía la clase de caballos que montaba el bandido, les dijo sentencioso:

–Es inútil por hoy, muchachos. Quedémonos aquí, porque vale más (Nota 25: Vale más por más vale (cambio del autor). Fin de la nota 25) pájaro en mano que ciento volando. (Nota 26: En general, en Costa Rica se usa cien y no ciento)

¡Y qué pájaro tan gordo había atrapado los guardas? Nada menos que el inhaliable san Jerónimo que yacía a la vera del pobre Juan Rodríguez, al cual sus compañeros ayudaban a levantarse. El cabo se quedó absorto examinando el santo. De pronto dio un grito de alegría.

–¡Ya pareció el peine! ¡Ya apreció el peine! –exclamaba a la vez que hacía mover un ingenioso mecanismo, disimulado en un dedo del pie izquierdo de la imagen y por el cual salía un chorrito de aguardiente clandestino. ¡San Jerónimo sangraba guaro!

Y Pedro Villalta, más contento que si hubiese descubierto las Américas, alzó la imagen y volviéndola a poner sobre el altar, dijo a sus compañeros maravillados:

–Muchachos, adoremos al santo –y para dar ejemplo besó con devoción el pie del bienaventurado.

A la noche siguiente, gimiendo san Jerónimo con la cabeza rota en dura prisión, el gobernador de Alajuela y sus amigos cenaban alegremente, invitados por el comandante de la plaza que había perdido la apuesta.

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Ricardo Fernández Guardia, Cuentos Ticos.

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