UNA BARANDA PARA SEBASTIÁN.

A continuación deseo compartir con la comunidad Mi C.R. de Antaño los cuentos del señor Mauricio Perva, un excelente escritor costarricense y quien me ha entretenido en gran manera con su manera tan real de narrar sus bellas historias…

El vapor había llegado al puerto de Limón en aquella cálida y húmeda tarde de mayo, las maletas estaban dispuestas en la entrada de la estación del ferrocarril. Sentados en la larga banca metálica estaba esa familia europea recién llegada. Fue una travesía larga y agotante. Habían salido desde España, huyendo del embate bélico que había iniciado un año atrás en el Imperio Austro-Húngaro. Ahí estaba sentada la madre con sus seis meses de gestación, una española nacida en Alcalá de Henares de bellos cabellos castaños que caían hasta su cintura. Al lado de la mujer que pasaba los treinta años, estaba pensativo y tan serio aquel mozo nacido en Viena, de bigote prominente, de evidente calvicie y de porte impecable desde su fina camisa color blanca, hasta sus botas de cuero con broches metálicos, y al otro extremo de la banca color verde, juguetones e inocentes, estaban tres niños rubios, de ojos celestes y tan parecidos a su padre. Junto a la madre, la única niña de aquel matrimonio -emparentado con la casa real de los Habsburgo de Austria-, tocaba con gran suavidad el fecundo vientre de su madre. Tenía aquella niña algo tan especial, había en su mirada ternura y amor. Era la hija mayor.

El tío de aquellos niños, un hombre delgado y muy alto, nacido en Budapest, llegaba con los boletos en su mano. Todo estaba preparado, partirían en aquella locomotora estacionada frente a ellos al ser las tres de esa tarde caribeña, rumbo a San José donde comprarían una hermosa casa. Un desfile de hermosas y prominentes mujeres negras pasaba frente a aquellos extrañados europeos. “¡Patí, patí, cocadas, cocadas, pan bon, pan bon, bófe, bófe, pescado, pescado… lleve, lleve el patí…!” Era una caliente y húmeda tarde de 1915 en puerto Limón, y los europeos partieron rumbo a San José.

Tres meses después, en aquella hermosa y elegante casa comprada en Barrio Aranjuez, la bella española de Alcalá de Henares, daba a luz a su último retoño, un varón al que bautizaron con el nombre de Sebastián. El niño fue creciendo en aquella preciosa casa de estilo clásico. El piso tenía un detallado mosaico con decoraciones sarracenas. Las paredes eran anchas y altas, las puertas de fina madera labrada con exquisitas incrustaciones ornamentales. Tenía esa casa de Barrio Aranjuez, un bello patio en la parte trasera, en donde relucía una hermosa floresta con colores cautivantes y bellos cantos de pájaros mañaneros. Desde los dormitorios hasta la floresta, un ancho zaguán era el paso obligatorio en donde después de abrir aquel alto portón de dos hojas con bellas figuras de hierro forjado, daba paso al esplendoroso escenario en medio de pequeños arbustos, rosas, claveles, begonias, hortensias, helechos, y hermosas pastoras que enamoraban con su rojo encendido.

Aquel niño menor, poco a poco fue haciendo notoria su condición física. Fue creciendo y también crecía su dificultad para caminar y moverse. Había nacido Sebastián con una extraña condición en sus huesos que no le permitía caminar con normalidad, pero aún así, el niño siempre disfrutaba de aquellas tardes solitarias en su amada floresta. ¡Cuánta indiferencia había en esa familia adinerada, cuánta falta de ternura, de empatía y sobre todo de amor! Sus padres pensaron que aquello había sido un castigo de la divinidad, sus hermanos varones le veían con miradas extrañas y en ocasiones de burla. Su hermana, la única mujer, le veía con ternura, con afecto, con verdadero amor. Ella le tenía paciencia, le ayudaba, era empática; nunca sintió lástima por él, y siempre le colaboraba en mejorar su calidad de vida.

En su tristeza y su soledad, cuando su hermana -a quien bautizaron con el nombre de Sisi (en honor a Isabel de Baviera )- se iba al Colegio Superior de Señoritas, Sebastián solamente buscaba refugio en el patio trasero de aquella enorme casa. Tantas veces caminó a duras penas por aquel ancho zaguán, y tantas veces cayó en el hermoso piso de mosaico. Algunas veces lograba ponerse en pie y llegar hasta el metálico portón, otras, cuando las fuerzas no le respondían, se arrastraba lentamente por aquel frío y reluciente mosaico hasta que al llegar al portón, lograba incorporarse y abrir la tranca. Una vez ahí, se abría el majestuoso escenario de su amada floresta, y evocando una sonrisa maravillosa, se arrastraba por los adoquines del enorme patio hasta llegar a la banqueta de hierro forjado, en donde tenía un hermoso y suave cojín. Ahí pasaba -debajo del enorme alero de madera- sus horas de tardes con sol o lluvia, sintiendo el olor de esas flores y escuchando el trino de bellos pájaros multicolores que llegaban a acompañarle en medio de la hermosa floresta.

Tantas caídas, tantos moretones en sus brazos y rostro. Aquel hermoso zaguán le había visto caer al piso muchas veces. Sisi la hermana mayor, le había pedido tantas veces a su padre que mandara a construir un pasamanos o una baranda en las enormes paredes de aquel zaguán y en el patio hasta llegar a la banqueta de hierro, sin embargo, nunca le interesó a aquel padre cumplir con la petición de su hija,

Una fría tarde de diciembre, llegó el tío Maximiliano, aquel húngaro nacido en Budapest. Al entrar en la hermosa vivienda, encontró a los tres muchachitos en sus dormitorios, y más al fondo en el ancho zaguán, tirado en el suelo arrastrándose, vio a su sobrino Sebastián haciendo un enorme esfuerzo por llegar hasta la floresta. Su tío le levantó y le llevó hasta la banqueta. Luego tomando un trapo empapado, le limpió aquella pequeña herida que al caer se había hecho en su ceja derecha. El tío Maximiliano recorrió aquella enorme casa, no encontró ninguna baranda o pasamanos que ayudara a su sobrino a caminar con seguridad. Se despidió esa tarde de sus sobrinos, y tomando su carruaje regresó a su bella finca en Escazú.

Sebastián, el niño menor de aquella familia europea, seguía cayendo y arrastrándose sobre aquel piso de mosaico, ante tantas miradas indiferentes.

Cuatro meses después, una mañana sabatina esplendorosa, llegó en una carreta un hermoso juego de piezas en madera de cedro. Atrás venía el tío Maximiliano, diligente y dispuesto a colaborar con aquel ebanista. La instalación llevó casi cuatro horas, se afinaron algunos detalles para entonar con la belleza escénica de la vivienda. Esa mañana, Sebastián el niño de once años, no estaba en su casa pues fue llevado a una inspección médica de rutina.

Al ser la una de la tarde, de aquel sábado esplendoroso, Sebastián al entrar en su casa, observó con asombro y felicidad lo que era algo nuevo en aquel ancho zaguán. Una bella y lujosa baranda en cada pared, corría hasta llegar al metálico portón, afuera continuando el recorrido, la misma baranda llegaba hasta la banqueta que tenía aquel cojín color azul. Al abrir la enorme puerta de madera en su dormitorio, pudo ver la misma baranda que se tendía tranquila -como esperándole- en aquellas blancas paredes. Entonces el niño, pidió ser llevado por su tío a su bella cama. Ahí inició el recorrido, paso a paso, sus manos acariciaban lentamente la preciosa baranda de cedro, se detenía, miraba el jaspe de la madera, seguía caminando. En el zaguán, tomando con sus dos manos la nueva baranda se iba riendo, miraba hacia el techo de la alta vivienda -como desafiando a su lento caminar-. Seguía paso a paso, en sus manos sentía el bello acabado de charol que aquel cedro amargo tenía, el olor le fascinaba le llegaba hasta el alma. Ahí iba caminando lento pero seguro, y al ver el precioso mosaico, una risa burlesca salía de él, como evocando un desafío notorio hacia su duro rival. Abrió el negro portón de dos hojas con tanta facilidad, y continuó su recorrido tomando con fuerzas la bella baranda hasta llegar a su banqueta preferida. Justo antes de sentarse sobre el bello cojín azul, Sebastián volvió a mirar hacia atrás. Ahí estaba su amoroso tío Maximiliano, al lado del húngaro viendo aquella escena, también estaba el ebanista con sus manos manchadas del rojizo cedro, y más al fondo llegando al zaguán, la hermana mayor Sisi de quince años, le miraba con ojos vidriosos y llenos de ternura, con una sonrisa que formaba una tierna parábola en su rostro. Justo antes de sentarse a mirar su bella floresta, Sebastián explotó en llanto. Aquel niño flaco, pecoso, de cabello rubio y bellos ojos celestes no pudo contener el raudal en sus ojos, entonces se sentó y pudo contemplar que desde arriba en el cielo, una leve llovizna comenzaba a caer mojando a su amada floresta. En ese instante, el cielo también quiso llorar con Sebastián, y las fuentes celestiales fueron abiertas en aquella hora.
Ese sábado, Sebastián quedó sentado debajo de aquel alero, contemplando su floresta en medio del aguacero… había regocijo en su alma.

Afuera, el tío Maximiliano -también lejano pariente de la casa de los Habsburgo- salió para emprender el viaje de regreso hacia Escazú. En ese preciso momento, cruzó miradas con su hermano mayor -el padre del niño de once años- y dirigiéndose al elegante austríaco le dijo: “ahí le dejé puesta… ¡una baranda para Sebastián!”

Y tomando aquella carreta y su bello carruaje, Maximiliano y el ebanista se alejaron de aquel precioso Barrio Aranjuez… ¡con una sonrisa a flor de piel!

Escrito por el prof. Mauricio Perva
Bagaces, marzo 2022.

Referencias:

Christian Mauricio Pérez Vargas
Pseudonimo Mauricio Perva.
Profesor de Estudios Sociales en Colegio de Bagaces Educación para Adultos por 20 años y profesor de Historia del Bachillerato Internacional. Bagaces, Marzo 2022.

Sara Facio, Fotografías.


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