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El Duelo, Cartago, 1870.

Ciudad de Cartago, Costa Rica , 1870.
Sobre las calles adoquinadas, la sombra de un carruaje se proyectó sobre la bruma que poco a poco se fue disipando para dar paso a una llovizna apenas ligera. Los caballos dirigían el coche a todo galope a la plaza principal. En su interior un elegante hombre de avanzada edad observaba detrás de la ventanilla, la hermosa iglesia de San Nicolás en cuya fachada resaltaba un bello vitral , que había sido traído en barco desde España. Al paso del carruaje el frío viento congelaba su mirada inquisidora que en conjunto con su fruncido seño le daban aspecto de un furioso dios mitológico. Era necesario, según él acabar con aquella aventura desbocada, restaurar el orden natural, limpiar el honor mancillado. Se batiría en duelo con el amante de su mujer.

Ella al lado suyo lloraba desconsoladamente, deteniendo las lágrimas que rodaban en su mejilla con un pañuelo de seda bordado con finos encajes y pedrería. Pertenecían ambos a familias del más alto abolengo de la ciudad. Por muchos años fueron felices uno al lado del otro, hasta que por órdenes del gobernador de Cartago, el marido fue enviado en misiones diplomáticas a Chile relacionadas con el comercio del café e intercambio de bienes suntuarios con aquel lejano país. Ella pasaba meses enteros sumida en soledad en su elegante mansión cercana a la plaza mayor de la ciudad, hasta que un día un amor secreto entró como viento tempestuoso en su corazón, aquel que le daría un nuevo motivo para alegrar sus mañanas y provocarle hermosos sueños al anochecer. Pero aquella felicidad prohibida acabaría pronto al ser sorprendidos besándose en el solar de la residencia por su propio marido que acababa de llegar de uno de los viajes por el cono sur.

Iglesia de San Nicolas, Cartago.

Al terminar la calle, un candil a medio iluminar sirvió de punto de referencia final para anunciar a los viajantes de que el destino había llegado. La plaza de artillería sería el escenario del duelo. Luego todo serían trajes empapados, lanzamiento de improperios, lluvia sobre los rostros, sombreros al aire, sangre en el suelo, pechos abiertos y llanto en el único rostro que se vio llorar por esos solitarios lugares, el de aquella mujer que vió morir a dos hombres. Uno que le dio prestigio y al menos una felicidad construida según las normas de una sociedad basada en el honor, el recato y las buenas costumbres y el otro al que no importó romper esas absurdas reglas para estar con él porque para el verdadero amor, según ella, las reglas no existían.

Al final de esa tarde en la llamada «Ciudad de las Brumas», mientras la neblina comenzaba a disiparse y convertirse en una lluvia ligera y las campanas de la Iglesia de San Nicolás daban las cinco en punto, dos gatillos habían sido accionados, dos balas salieron del cañón y dos pechos al mismo tiempo fueron perforados. Ambos murieron en el acto.

De la Pluma de Nadeo.

UNA BARANDA PARA SEBASTIÁN.

A continuación deseo compartir con la comunidad Mi C.R. de Antaño los cuentos del señor Mauricio Perva, un excelente escritor costarricense y quien me ha entretenido en gran manera con su manera tan real de narrar sus bellas historias…

El vapor había llegado al puerto de Limón en aquella cálida y húmeda tarde de mayo, las maletas estaban dispuestas en la entrada de la estación del ferrocarril. Sentados en la larga banca metálica estaba esa familia europea recién llegada. Fue una travesía larga y agotante. Habían salido desde España, huyendo del embate bélico que había iniciado un año atrás en el Imperio Austro-Húngaro. Ahí estaba sentada la madre con sus seis meses de gestación, una española nacida en Alcalá de Henares de bellos cabellos castaños que caían hasta su cintura. Al lado de la mujer que pasaba los treinta años, estaba pensativo y tan serio aquel mozo nacido en Viena, de bigote prominente, de evidente calvicie y de porte impecable desde su fina camisa color blanca, hasta sus botas de cuero con broches metálicos, y al otro extremo de la banca color verde, juguetones e inocentes, estaban tres niños rubios, de ojos celestes y tan parecidos a su padre. Junto a la madre, la única niña de aquel matrimonio -emparentado con la casa real de los Habsburgo de Austria-, tocaba con gran suavidad el fecundo vientre de su madre. Tenía aquella niña algo tan especial, había en su mirada ternura y amor. Era la hija mayor.

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