Por Dr. Carlos Meléndez Ch.
Es una realidad demasiado evidente, la de que dentro del ámbito centroamericano y aun latinoamericano, Costa Rica presenta numerosos rasgos diferenciadores, que en modo alguno pueden ser el resultado del azar.
Por Dr. Carlos Meléndez Ch.
Es una realidad demasiado evidente, la de que dentro del ámbito centroamericano y aun latinoamericano, Costa Rica presenta numerosos rasgos diferenciadores, que en modo alguno pueden ser el resultado del azar.
Eduardo J. Hoey, norteamericano que llega a Costa Rica en 1866 donde se involucra de lleno en la fotografía hasta 1878.
Seguir leyendo Eduardo J. Hoey, Fotógrafo, 1866-1878Fotografías tomadas por el alemán Otto Siemon entre 1873 y 1874. La descripción de las fotos fue realizada por el historiador Carlos Meléndez. Este material pertenece a la familia Meléndez que las facilitó para su digitalización.
Seguir leyendo Otto Siemon, Fotógrafo Alemán, 1873-1875Lorenzo Fortino vino de Italia aproximadamente en 1850 a pintar los telones del Teatro Mora y se queda en Costa Rica durante diez años enseñando sobre fotografía, dibujo y construcción. Cuando se fue, dejó su taller a Eduardo J. Hoey, quien trabajó aquí desde 1866 hasta 1878. 1
Seguir leyendo Lorenzo Fortino, Fotógrafo italiano, 1850.Felipe de Fienne arribó a Costa Rica de Francia finalizando el siglo XIX.
Trabajó como fotógrafo desde su propia Galería en San José, la cual estuvo ubicada en Avenida Central, oeste, frente a la Relojería de Luis Siebe.
Seguir leyendo Felipe de Fienne, fotógrafo francés.Llega a Costa Rica como emigrante de Ellis Island, New York City, New York, Estados Unidos, nace aproximadamente en 1847 y con el tiempo se asocia con Harrison N. Rudd, de 1875 a 1883.
Al finalizar el siglo XIX, los fotógrafos más importantes instalados en San José, fueron los norteamericanos Harrison Nathaniel Rudd Woodard (1840-1917), Thomas H. Penny y Henry G. Morgan, el inglés William Paynter McBird, el colombiano Francisco Valiente Tinoco, el costarricense Fernando Zamora y el francés Felipe de Fienne.»
Seguir leyendo Thomas H. Penny Pearsall, Fotógrafo, 1875-1883.En el siglo XIX, Doña Josefa Ureña de Prado, devota a San Ramón Nonato, convocaba a las personas de la comunidad de Sabanilla a orar en torno a la imagen del santo; de este modo, surgió la tradición de las velas, lo cual extendió la religiosidad popular.
En el año 1850, se creó la Diócesis de San José y como primer obispo, Monseñor Anselmo Llorente y la Fuente. Además, se erigió la Iglesia de San Pedro del Mojón en el año de 1861, y se denominó Cofradía de San Ramón a los fieles de Sabanilla, quienes recibían los sacramentos y las celebraciones litúrgicas en el Mojón.
Seguir leyendo Parroquia San Ramón Nonato, Sabanilla de Montes de Oca, San José.Retreta:
Palabra españolizada de origen francés la retraite, Cuando los músicos que servían a los reyes europeos se retiraban por la noche de la corte, podían llevar la música al pueblo en horas de la noche.
Seguir leyendo La retreta en Mi C.R. de AntañoA Principios del siglo XX debido al crecimiento demográfico del barrio, surgió la necesidad de contar con un centro de enseñanza primaria propio. Pero no fue sino hasta la llegada de la administración de Alfredo González Flores (1914-1917) cuando esto se logró llevar a cabo.
Seguir leyendo Antigua Escuela Porfirio Brenes, Barrio La Dolorosa, San José, 1914-1915.PRIMER HOSPITAL EN COSTA RICA
SAN JUAN DE DIOS – CARTAGO –
1742 REFERENCIAS Y ORÍGENES DEL
SISTEMA HOSPITALARIO
PRIMEROS MÉDICOS EN COSTA RICA
En tiempos coloniales, la llegada de los primeros médicos a nuestras tierras está más relacionada con la conquista de los españoles, que con el deseo colonizador y de establecerse en estas latitudes.
Al respecto, Barrionuevo indica:
«Cabe señalar que los primeros galenos que arribaron a Costa Rica, Don Cipión Armérico y el Lic. Antonio de Oliveira, que en 1562 llegaron con las tropas del magnánimo y generoso gobernador de Costa Rica don Gonzalo Vázquez de Coronado y Anaya en calidad de cirujanos militares.» (Barrionuevo, 1982 Pág.31)
El primer dato consignado sobre la creación del periodismo en Costa Rica lo proporciona la Colección de Leyes del año 1824, que en el Decreto No. 23 del 25 de noviembre, hace una invitación a los ciudadanos para establecer periódicos manuscritos, en donde se publicarán los artículos que se remitan, con reserva de la firma cuando así lo exigieren sus autores.

Se le considera a don Joaquín Bernardo Calvo el fundador del periodismo en 1833.
El verdadero periodismo comenzó en el año 1833 con el “Noticioso Universal “.
Noticioso Universal de Costa Rica 1833.
El prospecto que anunció la salida de este periódico semanario circuló el 24 de diciembre de 1832 y el viernes 4 de enero de 1833 apareció el primer número llevando en su portada este lema: “Non nobis mati sumus, nan partem vindicat patria” “No hemos nacido los hombres para nosotros mismos sino para ser útiles a nuestros semejantes” Colaboraron en esta publicación los señores Joaquín Bernardo Calvo, Joaquín de Iglesias, el presbítero José Francisco de Peralta, etc.
Seguir leyendo Historia del Periodismo en Costa Rica.


La vieja campana de bronce daba su talán en esa escuela, los niños alborotados por el sofocante calor, salían apresurados hacia el camino que los llevaría hacia la poza cristalina de aquel río. Los más pequeños no tendrían tal dicha, de la mano de sus madres o sus abuelas, se irían hacia sus casas, en su mayoría de adobe y bahareque. El callejón -en medio del cafetal- se contentaba cuando sentía las pisadas y las carcajadas de aquellos niños, que iban a refrescarse en la más famosa poza de ese pueblo josefino.
Allá se veía al maestro Casimiro, iba detrás de sus estudiantes, siempre los cuidaba con tal de evitar que alguno de ellos se subiera en una rama muy alta o más arriba en la piedra que estaba justo en frente de la refrescante poza. El río también se sentía feliz, sus aguas complacían a esos infantes que olvidaban la escuela, las cogidas de café y los trabajos que muchos de ellos hacían con sus padres en el cafetal. De regreso al pueblo, con los pies descalzos y sus ropas empapadas, sentían esos niños un extraño escalofrío cuando pasaban en frente de aquella casa de bahareque, completamente cubierta de una especie de enredadera que, apenas dejaba notar la vieja puerta de madera. Ninguno de esos estudiantes había entrado jamás en esa extraña vivienda, decían que, era habitada por una mujer que practicaba la brujería y que tan sólo salía en la noche. Nadie le había visto por el pueblo durante el día. Iban caminando en medio del cafetal.
-¿Es cierto que ahí vive una bruja?
-Mi abuela dice que sí, que es media curandera, que hace extraños menjurjes y hasta maleficios.
-Es raro, yo nunca la he visto por el pueblo, dicen que no sale durante el día.
-Abuela sí la ha visto, dice que sale en las noches a llenar un cántaro con agua del río, pero nunca ha visto su rostro.
En ese callejón de vuelta al pueblo, iban conversando aquellos dos amigos y compañeros de la escuela, Maximiliano y Atanacio. La intriga y el deseo de saber más de esa mujer, invadía las mentes infantiles de esos niños ávidos e inquietos, querían saber si realmente en esa misteriosa vivienda vivía una bruja.
Metida en el cafetal, la casa de bahareque estaba completamente llena de una enredadera en las paredes y el entejado, sólo se dejaba ver la maltrecha puerta de madera. Había una especie de corredor completamente lleno de arbustos en una especie de macetera de madera. El solar de la vivienda no se veía desde el callejón, pues una cerca natural se levantaba casi a dos metros dando la vuelta completa a la propiedad de esa misteriosa mujer. Aquello parecía una especie de bosque oculto, oscuro, enigmático, silencioso y hasta tenebroso. Era como una porción de la montaña en ese pueblo josefino.
Había llegado esa mujer al pueblo, cuarenta años atrás, dicen que llegó desde las montañas allá por Talamanca. Ella era alta, delgada, de piel trigueña, su cabello largo se entrelazaba en dos trenzas, sus ojos eran dos perlas negras. No acostumbraba a salir durante el día, lo hacía sólo de noche, iba al río a llenar su cántaro y al comisariato del pueblo a dejar los extraños menjurjes que le compraban por encargo. Muy pocas personas en ese pueblo le habían tratado, ella era un completo misterio, por eso aquel pueblo -sin conocerle- le llamaba la bruja del cafetal.
Un enorme árbol de poró, había dispuesto un manto de florecilla anaranjada en la entrada de la misteriosa vivienda, mientras al caer la tarde se escuchaban crujir las oxidadas bisagras de la puerta, cuando se asomaba desde la oscuridad interior la silueta de esa extraña mujer de largas trenzas y con el cántaro en sus brazos. Se perdía por el callejón rumbo al río, solitaria, enigmática y con paso lento. Dos gatos le seguían el paso a la misteriosa mujer.
Una de esas tardes veraniegas, entre el jolgorio de los estudiantes que se bañaban en la refrescante poza, aquellos dos amigos, Maximiliano y Atanacio, se apartaron río abajo en busca de anonas maduras. Ahí estaban esas frutas deliciosas, con aquel color que llamaba a los niños a disfrutar de ese sabor sin igual. Uno de ellos se subió al árbol, mientras el otro abajo, recibía entre sus manos las anonas maduras con tal de no hacerlas caer al suelo. Había también más hacia el sur, unos árboles de níspero que invitó a los niños a disfrutar de los frutos maduros. La tarde se hacía vieja y la oscuridad rondaba sigilosa.
Los niños se durmieron de tanto ajetreo de esa tarde, cansados, entre los juegos en la poza del río y el manjar de anonas y nísperos, quedaron debajo de un árbol profundamente dormidos. La oscuridad llegó e inició su reinado por aquel cafetal, mientras en el pueblo comenzaron a preguntar por los dos niños que no llegaron por el callejón. De repente, un extraño sonido despertó a los niños, en medio de la oscuridad y desorientados, lanzaron gritos que alborotó aún más el jicote que estaba debajo de sus cabezas. La desesperación por aquellas picaduras de los insectos fue tal, que corrieron dando gritos y lamentos como gemidos espectrales. Alguien que estaba por el río escuchó los gritos y fue a ver qué sucedía.
Aquellos niños se revolcaban en la orilla del río, el dolor era insoportable. De repente, como lluvia fresca en la noche, brotó el agua a raudales en aquellos infantes traviesos. Desde un cántaro, el agua brotó para aliviar la sensación de quemadura que provocaban esas picaduras de abeja, los niños sintieron frescura y alivio, sin embargo, no habían notado la presencia en frente de ellos de la misteriosa mujer de trenzas largas. Ella tomó a los dos infantes y rápidamente los llevó a la extraña vivienda de bahareque, con tal de aplicarles un pastoso menjurje color café que haría bajar la hinchazón por las picaduras. Los niños sin darse cuenta, entraron en la misteriosa morada de la mujer.
Afuera en el cafetal, a lo lejos se escuchaba la voz del maestro y de algunos lugareños que buscaban a los niños. La noche se estaba haciendo vieja.
Ya más tranquilos, Maximiliano y Atanacio se vieron sentados en un galerón abierto atrás de la misteriosa vivienda, tenuemente alumbrada por varios candelabros. En medio del galerón, había muchas plantas que emitían los olores más exquisitos, como fragancias de la propia montaña. Ahí, había ruda, albahaca, romero, hierba buena, zacate limón, jengibre, borraja, canela, cúrcuma, diente de león y especies extrañas de hierbas milagrosas. Más afuera en el solar, había árboles de limón, naranja, guayaba, mandarina y otras especies frutales que soltaban un olor inigualable. En frente de los dos niños, la extraña mujer revolvía con una especie de cuchara de madera, un brebaje para bajar la fiebre en la piel de los asustados compañeros.
Rompiendo el silencio y tomando valor, preguntó Atanacio a la mujer:
-¿Es cierto que usted es bruja?
-¡Así es mi muchachito!, soy la bruja de la hierbas, de las plantas y de las flores. Y curo con mis menjurjes, es mi medicina natural.
-¿Y por qué sólo sale en las noches?
-Porque tengo una extraña enfermedad en mi piel, por eso evito la luz del sol, porque me causa una alergia en todo mi cuerpo.
Mientras el diálogo se hacía una confianzuda conversación, los niños tomaron esa bebida que haría bajar la fiebre en sus cuerpos. Con algo de misterio, observaron el rostro de la mujer, les pareció de dulce y bella mirada, de trenzas hermosas, en realidad -pensaron- no tenía esa mujer el aspecto de la bruja como se decía en el pueblo. Entonces, ellos le sonreían a la mujer que ya llegaba a los sesenta años.
¡Atanacio, Maximiliano!, ¡Maximiliano, Atanacio!, se escuchaba fuertemente afuera en el cafetal.
La mujer abrió la maltrecha puerta de su vivienda, con una carbura en su mano alumbró el callejón hasta que observó venir al maestro Casimiro, quien traía otra carbura alumbrando el camino.
-¡Aquí, aquí están los niños!, soy yo maestro Casimiro, la bruja del cafetal, ¡aquí están los niños!
Mientras la mujer gritaba esas palabras, en la puerta de la vivienda los dos niños se reían a carcajadas, sabían que esa mujer no era bruja, sino un alma bondadosa, solitaria y quizás algo triste.
De tarde en tarde, se veía a Maximiliano y Atanacio ir hacia el río con el mismo cántaro que vertiera el líquido refrescante y salvador la tarde de las picaduras de las abejas. La mujer recibía el cántaro lleno cada día, además, recibía de los niños cuidados y atenciones de cosas y diligencias que la mujer necesitara del pueblo, la mujer se convirtió en una especie de abuela para ellos. Ella les hacía infusiones y remedios cuando los niños estaban enfermos.
Nunca, nadie preguntó por el nombre de esa extraña mujer que había llegado desde Talamanca, a ella le gustaba como la llamaban… ¡La bruja del cafetal!, porque curaba con sus menjurjes de hierbas, plantas, frutas y flores.
Cuentan que, aún hoy por ese mismo río josefino, se escucha un cántaro llenar… ¡Quizás sea el mismo cántaro de la bruja del cafetal!
Escrito por Mauricio Perva.
Henry C. Morgan nacido en el año 1855 en New York, Estados Undidos de Norteamérica, sus padres, Tomás Morgan y María William. Se casa en la Parroquía de Puntarenas con María Luisa Padilla el 29 de agosto de 1897. (Ante el registro su nombre aparece como Enrique G. Morgan).
Seguir leyendo Henry G. Morgan, Fotógrafo 1890-1897.Educador, creador y fundador del Sistema Nacional de Bibliotecas. Tomó muchos acuerdos en beneficio de la educación nacional: ocupó la Secretaría de Estado en el Despacho de Instrucción Pública entre 1920-1924, cuyo nombre cambió por el de Educación Pública; elevó a categoría de Ley de la República el Reglamento Orgánico del personal docente, mandó maestras a especializarse en Europa, fundó las escuelas maternales, creó el sexto grado de la Enseñanza Primaria, emitió la Ley de Jubilaciones y Pensiones del Magisterio Nacional y la Ley de Socorro del Personal Docente, transformada después en ley, fue ministro de Relaciones Exteriores y encargado del consulado de Chile.
Seguir leyendo Miguel Obregón Lizano, Benemérito de la Patria, 1861-1935.