El Terremoto de San Antolín en la ciudad de Cartago, año 1841.

El voluminoso documento 7364, resguardado en el Archivo Nacional de Costa Rica, describe los efectos ocasionados por el terremoto que arruinó la Muy Noble y Leal ciudad de Cartago en 1841: “Es la más tremenda catástrofe que registra nuestra historia…Doce casas apenas quedaron en pie y libres de daños irreparables…cuatrocientos edificios totalmente destruidos, murieron solo dieciséis personas entre párvulos y adultos…” Tal como afirma el historiador Arnaldo Moya Gutiérrez, una pizca de imaginación histórica nos ayudaría a reconstruir los parámetros en los que se movió la vetusta ciudad antes de la catástrofe del 2 de septiembre de 1841: “Ni tan señorial, como La Antigua de Guatemala, ni tan noble como León de Nicaragua, pero quizá el perfil se aproximaba al de la ciudad de Granada en la misma Nicaragua”.

La tierra se enfurece en el día de San Antolín. Era costumbre que los sismos llevasen el nombre del santo del día, y a aquel temblor se lo llamó ” terremoto de San Antolín”. La intensidad del espasmo fue superior a VII, con una magnitud estimada Ms. 6,0 – 6,5, profundidad de 10 kilómetros, y epicentro aproximado a 20 kilómetros de la ciudad de Cartago, y ha sido asociado a la llamada falla de Aguacaliente. El eminentísimo expresidente, abogado e historiador Cleto González Víquez (1858 – 1937) en su libro titulado: Temblores, terremotos, inundaciones y erupciones volcánicas en CostaRica, 1608-1910, transcribe un documento en donde se hace una descripción bastante vívida del sismo:

“El día 2 de setiembre de este presente año, a las 6 1/2 de la mañana se sintió un fuerte terremoto, que en menos tiempo de un minuto arruinó completamente los edificios de la ciudad y barrios, causando aún mayor estrago en el cuartel de San Antonio de Cot, situado en las inmediaciones del volcán llamado Irazú…. y el día 2 amaneció muy sereno y despejado; y tan luego se sintió el fuerte temblor sobrevino un viento del Levante que evitó la muerte que indispensablemente hubieran sufrido estos moradores con el polvo que de las ruinas de las casas salía…”

Y en su celebérrimo Álbum, José María Figueroa Oreamuno (1820 – 1900), narra con diestra pluma, el pánico vivido por los cartagineses:

“Sacaron el Sacramento a media plaza junto con la Virgen de los Ángeles…El pueblo se abocó pidiendo misericordia. Se hincaban para recibir la absolución, se decían plegarias a gritos por todas partes…En fin, aquello fue un horror de horrores. Las calles quedaron intransitables. Se ocuparon de desenterrar gente y construir ranchos con cueros y manteados para meterse…”

La Noble Cartago se derrumba y luego se levanta. El terremoto de San Antolín del 2 de septiembre de 1841, detonó la remodelación de Cartago, ya que la antigua capital colonial quedó reducida a una informe mole de escombros.

En esta coyuntura, el Jefe de Estado Braulio Carrillo (1835 – 1837 y 1838 – 1842) emitió sendos decretos que permitieron reconstruir, normar los sistemas de construcción del momento y proyectar el desarrollo urbano y organización espacial, particularmente en la ciudad de Cartago. De ello fue testigo, el médico y naturalista alemán Karl Hoffmann Brehmer (1823 – 1859), quien en 1855 dijo que Cartago era “…la más antigua ciudad, a la cual no puede vérsela la edad porque después de su destrucción total causada por el espantoso terremoto…de 1841…ha sido de nuevo completamente reconstruida”.

Según lo afirma el historiador Franco Fernández, de 600 viviendas más edificios públicos del centro de la ciudad de Cartago, 291 se derrumbaron totalmente en el momento de la sacudida telúrica; el resto presentaron daños estructurales tan graves que quedaron por ser demolidos, y solo doce casas quedaron en condiciones de ser reparadas. Mas, hay que advertir –como lo indica el investigador Carlos Ugalde- lo que se cambió el sistema de construcción de viviendas, iglesias principales y edificios públicos, pero no los materiales utilizados, pues la brumosa y empedrada Cartago decimonónica fue reconstruida utilizando calicantos y tierra (adobes), como en la etapa colonial.

Referencias:

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