
Para los que hemos nacido y crecido en la segunda mitad del siglo XX, resulta difícil no recordar aquellos mágicos lugares que se llamaban boticas. Sitios llenos de cajoncitos, estantes y numerosos gaveteros de finas maderas, con frascos maravillosos de vidrios marrones y azules y recipientes blancos de porcelana, donde el boticario y la boticaria preparaban, con polvos, aceites, líquidos y hojas secas, las recetas del médico.

Mientras hacían las preparaciones, los niños pedíamos los únicos dulces que había en esos patrimoniales recintos: gomitas de eucalipto y confites de menta, mantequilla y mora, resguardados en grandes frascos a la vista del mostrador. Eran una verdadera delicia.
Todo ello se compraba en las boticas San José, La Primavera, Mariano Jiménez, Francesa, La Violeta o la botica Pirie, en Cartago, por citar solo algunas de ellas.
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