La Novia del Presidente!


Que a cualquier persona le roben la novia o el novio, eso es un asunto mundano de todos los días. Pero que al hombre que fue tres veces Presidente de Costa Rica, Presidente del Congreso y Presidente de la Corte, le “den vuelta”, eso es un caso muy diferente e interesante, y máxime cuando el nuevo dichoso novio fue también otro mandatario.

Tal era el triángulo de amor que en el siglo 19 aconteció entre don Ricardo Jiménez Oreamuno y don Bernardo Soto, con la distinguida dama doña Pacífica Fernández Guardia, en plena capital de San José.

Ricardo Jiménez Oreamuno

Don Ricardo, quien en sus tiempos mozos gozó fama de Don Juan, a la usanza romántica, viajaba a caballo desde su natal Cartago, para venir a la capital a “copar” con la Srta. Fernández.

En casa de la novia don Ricardo gozaba de la estima de los suegros, luego de haber pedido formalmente “la entrada”. El suegro era nada menos que el General don Próspero Fernández, otro famoso costarricense que en aquel momento ocupaba la Silla Presidencial.

Así es que el noviazgo de Ricardo y Pacífica era muy bien visto en los círculos de la sociedad costarricense. Familiares y allegados comentaban que se trataba de una encantadora pareja. Eran unos “tortolitos” de amor. Todos daban por hecho que pararían ante el altar de la Catedral Metropolitana, para que todo el mundo comiera queque.

El que pestañea pierde

Pero el hombre dispone y Dios manda. Súbitamente, el idilio rodó por abismos inesperados. Jiménez se quedó sin novia y sin que nadie le diera una explicación coherente. Y lo peor de todo: casi de inmediato, la novia apareció con nuevo novio: el general Bernardo Soto Alfaro, gallardo joven alajuelense, de 31 años de edad, mandatario ya en ese momento. Como Primer Designado, Soto asumió el máximo mando luego de la muerte de don Próspero, siendo Presidente, el 13 de marzo de 1885.

Bernardo Soto Alfaro.

Merced a la pluma de desaparecido periodista don Joaquín Vargas Coto, esta ignorada historia quedó legada para futuras generaciones en su excelente libro Crónicas de la Época y Vida de don Ricardo.

Íntimos detalles revelan que el amor de Ricardo y Pacífica se derrumbó por culpa indirecta del dictador guatemalteco general Justo Rufino Barrios. Este, allá por los años 80 del siglo 19, se disponía a lanzar una guerra para formar una sola nación con los países centroamericanos. Aseguraba que tenía el apoyo armado del gobierno y ejército de México.

Poseedor de una de las inteligencias más preclaras de Costa Rica entre los siglos 19 y 20, Ricardo Jiménez Oreamuno, como muchos de los jóvenes en cualquier parte del mundo, fue bastante atolondrado. Tuvo fama de mujeriego, peleador, tomador, serenatero, jugador de naipe, dados y, principalmente, apostador en peleas de gallos: su afición preferida.

Pacífica Fernández

Al autodefinirse sobre sus años de juventud, don Ricardo solía afirmar entre sus amigos que él había sido “la oveja negra” de su familia. Paralelamente a esa vida loca, don Ricardo fue siempre brillante. Leía y estudiaba mucho. Todo lo aprendía rápidamente. Sus dotes de inteligencia los había heredado de su padre, el Lic. Jesús Jiménez,- dos veces Presidente de Costa Rica- . Todos los clásicos de la época se los sabía de memoria. Llegó a dominar también los idiomas francés e inglés.

Por otra parte, tras dejar el mandato que había empezado con un golpe de Estado en 1870, el general don Tomás Guardia, doce años después, pasó el poder a don Próspero Fernández Oreamuno, el papá de la Srta. Pacífica Fernández.

Fue entonces cuando ella mandó al baúl de los recuerdos al joven Jiménez y seguidamente se comprometió en matrimonio con don Bernardo. No está claro aún en la historia patria si la Srta. Pacífica Fernández actuó por si sola. Lo cierto es que en aquellos días, al quedar huérfana, su madre viuda armó el casorio con don Bernardo, pues no quería aflojar el mando.

Giros del destino

Al conocerse en San José los planes federacionistas del guatemalteco General Barrios, el nuevo mandatario Bernardo Soto decidió enviar a México a don Ricardo para que mediante gestiones diplomáticas ese país desistiera de apoyar con armas y soldados a Guatemala.

La despedida de don Ricardo fue en la Casa Presidencial, ubicada hoy donde está el Banco Central. En aquel momento todavía la ocupaba la familia del recién finado don Próspero. De ahí que por el luto y duelo, hubo mucho recato durante la despedida, que apenas duró una hora. Ricardo y Pacífica estuvieron muy unidos. Y aunque era un viaje temporal, se juraron amor eterno. Hablaron de esas cosas que comentan dos enamorados en cualquier parte, cuando se emprende un viaje.

Jamás pudieron sospechar que aquella noche iba a ser la última que pasarían juntos en sus vidas. El destino había marcado caminos diferentes para ambos: ¡Para siempre!

Al día siguiente, a los 26 años de edad, Jiménez Oreamuno como Ministro Plenipotenciario subió al tren a Limón. Horas después abordaba un barco y en pocas semanas estaba en México, donde fue magistral su exposición contra la trasnochada idea unionista del dictador Barrios. Allá, altos dirigentes aseguraron al Lic. Jiménez que México nunca había dado dicho apoyo a Barrios. Y hasta prometieron que en caso de que lo solicitara, se lo negarían.

Cumplida con éxito la misión internacional, don Ricardo dispuso aprovechar el viaje para visitar también a los Estados Unidos de América. Poco antes de salir de México, y no obstante que aún no había formalizado el compromiso matrimonial con la joven Pacífica, decidió comprarle el vestido de novia y cantidad de regalos para la ocasión.

En mayo de 1885 partió del puerto de Veracruz hacia Nueva Orleans, Estados Unidos, donde esperaba abordar otro barco para regresar a Costa Rica. Pero ya en aquel momento su querida Pacífica andaba del brazo del nuevo mandatario Bernardo Soto. Estaba tranquilamente el joven Oreamuno en Nueva Orleans cuando le llegó la más desafortunada noticia que le dieron en la vida: Su adorada Pacífica había contraído matrimonio con el Presidente don Bernardo Soto. ¡Aquello fue una catástrofe!

“Fue un duro golpe para su ilusión, una pincelada sombría en el miraje esplendoroso de su juventud ya engalanada con los primeros triunfos. Aquella catástrofe sentimental le echó a perder el contento con que, curioso y encantado, había emprendido el viaje”, asegura el periodista Vargas Coto en su libro. Y agrega: “Le llegaban cartas de sus amigos y familiares. Casi ninguna dejaban de hablarle de su asunto sentimental. Se veía que en la sociedad costarricense, siempre la misma, chismorreo y habladillas… Ocultó fieramente sus sentimientos, se sobrepuso y olvidó con presteza. Si hubo lágrimas… ¡cayeron para dentro! Sus compañeros y amigos le vieron reanimarse prontamente…”.

De amor nadie se muere

En Nueva Orleans tomó la decisión de no volver momentáneamente a Costa Rica, hasta que pasara un tiempo. Iría a conocer las principales ciudades estadounidenses.

Fue en aquel triste viaje cuando don Ricardo tomó la decisión de lanzar a lo profundo del mar el perfumado vestido de novia y todos los regalos nupciales. Así puso punto final al asunto.

En 1886, Jiménez Oreamuno regresó a Costa Rica. Enseguida estaba metido de cabeza en la política y hasta mantuvo usuales lides de faldas. Pero antes de que terminara ese año 86 su rival Soto decidió enviarlo largo de aquí. Otra vez lo nombró Ministro Plenipotenciario en México. Soto sabía que entre más tierra de por medio existiera entre Ricardo y Pacífica, mejor para él: “Amor de lejos, es de pendejos”.

Después de otro brillante triunfo en México, don Ricardo volvió en setiembre siguiente. Un mes después, el 4 de octubre, el mandatario Soto lo nombró Ministro de Gobernación, Policía y Fomento. Ya para entonces estaba convencido que de aquel amor no quedaba “nadita de nada…”. Don Bernardo y doña Pacífica fueron muy felices y formaron una de las familias más consolidadas y lindas del país.

Pasarían muchos años para que Cupido volviera a tocar las puertas del corazón de don Ricardo. Ese día llegó cuando juró amar para siempre y hasta la muerte a la que fue la gran mujer de su vida, doña Beatriz Zamora López, una bella empleada doméstica y ex prostituta josefina, convertida en Primera Dama.

Don Ricardo Jiménez Oreamuno y Beatriz Zamora López.

Años después, luego de la muerte de doña Beatriz, tres días antes de terminar su tercer gobierno, en 1936, don Ricardo contrajo matrimonio por segunda vez con la señorita María Eugenia Calvo, con quien tuvo a Esmeralda, su única hija. Nueve años más tarde, el 4 de enero de 1945, don Ricardo entregó su alma al Creador. Y ya para entonces, en el mar no flotaba… ¡El vestido de novia!

Referencias:

Hubert Solano Quirós Especial para Primera Plana | Viernes 13 de Febrero, 2015.

Imagenes ilustrativas de Internet.

Fotografías de Internet.

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