
A finales del siglo XIX, cuando San José aspiraba a convertirse en una capital moderna, La Sabana comenzó a ser vista como mucho más que aquel extenso llano de Mata Redonda donde pastaba el ganado y los habitantes acudían a pasear.

En medio de aquella búsqueda de progreso surgió un ambicioso proyecto: construir un gran hipódromo destinado a las carreras de caballos, al entretenimiento público y al mejoramiento de la raza caballar.
El monumental edificio fue presentado como una señal de adelanto y civilización. Sin embargo, detrás de aquella hermosa estructura se escondía una historia breve y accidentada.
El Hipódromo de La Sabana, inaugurado con grandes expectativas en diciembre de 1897, terminó convertido en uno de los proyectos más singulares —y también más desafortunados— del San José de antaño.

El Hipódromo de La Sabana, uno de los primeros grandes edificios construidos en aquel extenso llano al oeste de San José.
Los primeros proyectos
La idea de establecer un hipódromo en La Sabana no era completamente nueva.
En 1885, el estadounidense Silas Wright Hastings había presentado una propuesta que contemplaba no solamente la construcción de un hipódromo, sino también el establecimiento de un tranvía que facilitara el traslado de los visitantes hasta aquel lugar. El proyecto, sin embargo, nunca llegó a realizarse.
Años después, en diciembre de 1896, la Municipalidad de San José celebró un contrato con Rafael Alvarado, mediante el cual se le concedía el usufructo de diez hectáreas de La Sabana durante un periodo de 25 años.
El propósito era establecer un hipódromo que contribuyera al mejoramiento de la raza caballar, fomentara la práctica de la equitación y ofreciera a los josefinos un nuevo centro de recreo.
En 1897, Alvarado cedió sus derechos a la empresa The Costa Rica Race and Track Amusement Company, de la cual formaba parte el poderoso empresario Minor Cooper Keith y cuyo presidente era Fabián Esquivel.
La compañía contrató a Samuel Schwartz Goldblaum, representante general de Luis León Lowe, para llevar adelante la construcción del nuevo edificio.
Un símbolo de modernidad
Durante aquellos años, las carreras de caballos eran consideradas una diversión elegante y propia de las grandes capitales.
La prensa comparaba el futuro hipódromo josefino con los establecimientos existentes en ciudades como París y Madrid. Para determinados sectores de la sociedad, las carreras representaban una forma de entretenimiento moderna y civilizada, en contraste con otras diversiones tradicionales, como las corridas de toros y las peleas de gallos.
San José deseaba mostrar que también podía contar con espacios de recreación semejantes a los de las ciudades europeas.
La Sabana, por su amplitud, paisaje y cercanía con la capital, parecía el sitio ideal para hacer realidad aquel sueño.
Así era el Hipódromo de La Sabana en 1897
Una valiosa descripción publicada por el periódico El Diarito el miércoles 22 de diciembre de 1897 permite conocer cómo era el hipódromo cuando acababa de concluirse.
Según la noticia, el establecimiento:
– Ocupaba diez hectáreas rodeadas por planchas de hierro.
– Se llegaba hasta él siguiendo la Avenida Central, que conducía al visitante hacia el amplio y pintoresco valle de La Sabana.
– Junto a la entrada principal había dos pequeñas casetas destinadas a la venta de boletos.
– La pista medía 20 varas de ancho y estaba delimitada por cercas de madera cuidadosamente pintadas.
– Su recorrido exterior alcanzaba los 904 metros, mientras que el interior medía aproximadamente 800 metros.
– El edificio principal tenía 60 metros de frente y 25 metros de fondo.
– En su parte posterior alcanzaba una altura de 15 metros y poseía un mirador situado a unos 20 metros de altura.
Desde aquel punto podían contemplarse el paisaje de los alrededores y poblaciones como San Isidro, San Juan, Heredia y Alajuela.

Grabado del recién construido Hipódromo de La Sabana, publicado por El Diarito el 22 de diciembre de 1897. Restauración: Mi Costa Rica de Antaño.
Palcos, graderías y un mirador para el juez
La construcción estaba sostenida por siete armazones principales y seis secundarios.
Dos amplias escaleras situadas en el frente comunicaban con un pasadizo que daba acceso a 80 palcos, distribuidos en espacios de dos, cuatro y ocho asientos.
También había un mirador junto a la pista que funcionaba como palco para el juez encargado de observar las competencias.

La descripción periodística afirmaba que el edificio podía acomodar cómodamente a unas 2.000 personas. Investigaciones históricas posteriores señalan una capacidad de hasta 2.500 espectadores, por lo que posiblemente esa cifra incluyera otros espacios o áreas de pie.
Las instalaciones se encontraban divididas en sectores destinados a hombres y mujeres, una distribución acorde con las costumbres sociales de finales del siglo XIX.
Un edificio con todas las comodidades.
El Hipódromo de La Sabana no fue concebido únicamente como una gradería para contemplar las carreras.
En su interior funcionaban cantinas, restaurantes y cocinas. También contaba con un local especialmente destinado a las apuestas y una oficina para la administración.
El abastecimiento de agua provenía de la Acequia de Las Pavas. Un ariete hidráulico impulsaba el agua hacia un estanque con capacidad para 1.500 galones, desde donde se distribuía a los diferentes servicios del edificio.
Había lavatorios, orinales y excusados separados para hombres y mujeres, además de un servicio reservado para el presidente de la República. Los desagües eran conducidos mediante cañerías de barro vidriado.
Estos detalles, que hoy podrían parecernos cotidianos, eran dignos de destacarse en 1897 y demostraban el interés por presentar el hipódromo como una obra moderna y bien equipada.
La instalación de la cafetería estuvo a cargo de Ricardo Borbón. El director general de los trabajos fue Enrique Daverio, mientras que Rafael Alvarado González figuraba como administrador de la empresa.
De acuerdo con El Diarito, la actividad de Luis León Lowe permitió que aquel edificio se levantara en el sorprendente plazo de apenas tres meses.
El periódico celebraba la obra afirmando:
“Los progresos de nuestra capital exigían ya un lugar de recreo como éste”.
La inauguración de 1897
La inauguración fue anunciada para el sábado 25 de diciembre de 1897.

Como parte del programa se preparó una gran corrida de caballos con tres premios: 750 pesos para el primer lugar, 250 pesos para el segundo y 150 pesos para el tercero.
Participarían cuatro caballos estadounidenses de pura raza, además de reconocidas bestias del país.
El hipódromo también se preparaba para recibir actividades durante las fiestas cívicas de los días 30 y 31 de diciembre y el 1.º de enero.
Todo parecía anunciar el comienzo de una exitosa etapa para el entretenimiento josefino. El edificio había costado alrededor de 55.000 pesos y sus promotores esperaban convertirlo en uno de los principales puntos de reunión de la sociedad capitalina.
Pero la realidad sería muy diferente.
Del entusiasmo a la desconfianza
Desde su inauguración comenzó a circular entre los habitantes el rumor de que la estructura no resistiría el peso de una multitud.
Según las investigaciones históricas, durante las primeras actividades solamente se ocupó aproximadamente la mitad de su capacidad. El temor del público, sumado a otros problemas administrativos, afectó seriamente el funcionamiento del establecimiento.
Las carreras no se realizaban con la frecuencia esperada y el hipódromo permanecía cerrado durante largos periodos.
El edificio que había sido presentado como símbolo del progreso comenzó a ser visto como un obstáculo dentro de La Sabana.
Las críticas de la Municipalidad.
En 1899, la Municipalidad de San José solicitó la anulación del contrato con la Compañía del Hipódromo.
Entre otras razones, las autoridades alegaban que los empresarios no habían cumplido con la obligación de importar dos caballos sementales de pura raza para mejorar la caballada nacional.
También criticaban la ubicación y la apariencia del edificio, pues consideraban que interrumpía la vista y perjudicaba los atractivos naturales de La Sabana.
La Municipalidad esperaba que allí se celebraran carreras y espectáculos al menos una o dos veces al mes. Sin embargo, denunciaba que el lugar permanecía cerrado y que los terrenos se utilizaban para el pastoreo del ganado de los empresarios.
Rafael Alvarado y Minor Cooper Keith propusieron entonces llegar a un nuevo acuerdo: reducir la extensión ocupada, trasladar el edificio a un punto donde no obstaculizara la vista y entregar a la Municipalidad la mitad de las ganancias obtenidas durante las fiestas nacionales y municipales.
El nuevo hipódromo fue inaugurado el 15 de septiembre de 1900, pero este segundo intento tampoco logró consolidar el proyecto.
El final del Hipódromo de La Sabana
Finalmente, en 1904 se anuló el contrato entre las partes y Rafael Alvarado y Minor Cooper Keith debieron desmantelar el edificio.
Así terminó la breve existencia de una construcción que había nacido rodeada de elogios y grandes expectativas.
Aunque el proyecto fracasó económicamente, su historia refleja un momento muy particular de San José: una capital que se transformaba, que miraba hacia Europa y que deseaba incorporar nuevas formas de deporte, recreación y convivencia social.
Aquel hipódromo fue mucho más que una pista para carreras de caballos. Representó el deseo de convertir La Sabana en un espacio moderno, aun cuando el resultado no correspondiera a las aspiraciones de sus promotores.
Con el tiempo, La Sabana continuaría cambiando. Allí surgirían campos deportivos, lagos, áreas recreativas, el antiguo aeropuerto y, posteriormente, el gran parque metropolitano que conocemos hoy.
Del viejo hipódromo solamente quedaron algunas fotografías, grabados y noticias amarillentas en los periódicos. Sin embargo, esas imágenes todavía nos permiten asomarnos a aquella época en que un enorme edificio de madera, coronado por banderas y lleno de palcos, se levantó en medio del llano de Mata Redonda como uno de los grandes sueños del San José de antaño.
Referencias
- El Diarito, año V, número 1084, San José, 22 de diciembre de 1897. Sistema Nacional de Bibliotecas de Costa Rica.
- Diario de Costa Rica, ediciones del 9 y 17 de octubre y 29 de diciembre de 1897.
- Quesada Avendaño, Florencia. La modernización entre cafetales: San José, Costa Rica, 1880-1930.
- Castro Harrigan, Álvaro y Carlos Castro Harrigan. Costa Rica: imágenes e historia. Fotografías y postales, 1870-1940. Editorial Técnica Comercial, 2005.
- Archivo Nacional de Costa Rica, fondos y actas municipales de San José.
- Investigación de Mi C.R. de Antaño.