Campaña Nacional…primera fase

Compatriotas:

¡A las armas! Ha llegado el momento que os anuncié. Marchemos a Nicaragua a destruir esa Falange impía que la ha reducido a la más oprobiosa esclavitud. Marchemos a combatir por la libertad de nuestros hermanos.

Ellos os llaman, ellos os esperan para alzarse contra sus tiranos. Su causa es nuestra causa. Los que hoy los vilipendian, roban y asesinan, nos desafían audazmente e intentan arrojar sobre nosotros las mismas ensangrentadas cadenas. Corramos a romper las de nuestros hermanos y a exterminar hasta el último de sus verdugos.

No vamos a lidiar por un pedazo de tierra: no por adquirir efímeros poderes; no por alcanzar misérrimas conquistas, ni mucho menos por sacrílegos partidos. No, vamos a luchar por redimir a nuestros hermanos de la más inicua tiranía: vamos a ayudarlos en la obra fecunda de su regeneración, vamos a decirles: Hermanos de Nicaragua, levantaos: aniquilad a vuestros opresores. Aquí venimos a pelear a vuestro lado por vuestra libertad, por vuestra patria. Unión, nicaragüenses, unión. Inmolad para siempre vuestros enconos; no más partidos, no más discordias fraticidas. Paz, justicia y libertad para todos. Guerra sólo a los filibusteros.​

Segunda proclama de Juan Rafael Mora Porras. 28 de febrero de 1856.

El Ejército Expedicionario de Costa Rica marcha al frente de batalla. Diorama del Museo Histórico Cultural Juan Santamaría, Alajuela, Costa Rica.

Confirmada la intención de William Walker de invadir Costa Rica, según las noticias que desde Washington D.C reportaba el embajador Luis Molina al presidente Juan Rafael Mora, éste convocó, el 25 de febrero de 1856, a una sesión extraordinaria del Congreso de la República, ante el cual expuso el peligro que significaba la amenaza filibustera para la integridad del país, por lo que solicitó la autorización de llevar la guerra a Nicaragua. Meses antes de la partida del Ejército Expedicionario de Costa Rica hacia Nicaragua, el presidente Mora había nombrado al general salvadoreño José María Cañas Escalante, cuñado suyo, como gobernador de la provincia de Moracia (actual Guanacaste), con el objetivo de que Cañas formase los regimientos de las tropas guanacastecas, acantonadas en Liberia, cabecera de la provincia, mientras en San José se reunían las tropas que marcharían al norte.​ El 26 de febrero, el gobierno de Costa Rica alertó a Cañas para que pusiera en máxima alerta al Batallón de Moracia, ante la inminente llegada de una tropa de invasores filibusteros provenientes de Nicaragua. Al día siguiente, el Congreso de la República autorizó omnímodamente a Mora para que, solo o en conjunto con el resto de las repúblicas centroamericanas, hiciera la guerra a los filibusteros, decretándose luego la elevación del ejército nacional a 9000 hombres y reclutando 2000 milicianos provenientes de Alajuela y Heredia. El 28 de febrero, Mora decretó no reconocer al gobierno provisorio de Patricio Rivas en Nicaragua, luego lanzó una proclama en la que llamaba a los costarricenses a las armas, declarando la guerra a los filibusteros, y llamando a los nicaragüenses a superar sus diferencias y unirse a la causa común: combatir a los invasores hasta arrojarlos de toda la América Central.

La declaración de la guerra (formalmente oficializada el 1 de marzo) terminó por abrir una importante brecha existente entre dos bandos de la oligarquía cafetalera, la élite que dominaba al país. Cuando Mora fue elegido presidente en 1853, su victoria había traído malestar entre sus opositores, dirigidos por la influyente y poderosa familia Montealegre. Esto generó problemas políticos, económicos e incluso personales entre los miembros de las familias dominantes del país. Mientras que los Tinoco, Iglesias y Aguilar se afiliaron al bando Montealegre, los Mora, Cañas, Oreamuno y Escalante decidieron apoyar al presidente.​ Los “moristas” respaldaban la guerra como la única alternativa para expulsar a los invasores norteamericanos de Centroamérica, pues creían que se tenía que ir un paso adelante que el enemigo, sin esperar a que éste se fortaleciera y pudiera tomar el país,​ mientras que los opositores consideraban que Costa Rica no estaba preparada para llevar a cabo una campaña militar en el exterior, por lo que proponían que el país negociara con Nicaragua o se esperara a ser atacados y entonces defenderse,​ sopesando también el retraso que esto iba a producir en el cultivo y la recolección del café (al marchar la mayoría de la población económicamente activa al frente de batalla), y sintiéndose afectados directamente en el aspecto económico al decretar Mora un empréstito nacional de 100.000 pesos para sostener la campaña.​ La división interna se dio también entre los residentes extranjeros en el país, en especial entre la nutrida colonia alemana. Un grupo importante decidió apoyar incondicionalmente al presidente, entre los que figuraban miembros de las familias Rohrmoser, Lutschauning, Carmiol, Johanning, Pape, Luthmer, Pauly, así como los médicos Hoffman, Ellenbrock y Braun. Otro grupo, entre los que se mencionan nombres como Whilhem Marr, Fernando Streber y Fernando Schlesinger, se aliaron con los opositores. Uno solo de ellos, Bruno von Natzmer, decidió marcharse hacia Nicaragua a pelear a favor de William Walker.​ Finalmente, en lo que se refiere al pueblo costarricense, éste apoyó incondicionalmente al presidente Mora, gracias a la labor de convencimiento efectuada por el obispo Anselmo Llorente y Lafuente, quien encomendó al clero en general a que, desde el púlpito, se alertara a la población sobre el peligro filibustero.​

El 3 de marzo, las tropas provenientes de Cartago se reunieron con las tropas josefinas en la capital, marchando el Ejército Expedicionario al día siguiente hasta Río Grande de Atenas, con el presidente Mora asumiendo directamente el comando del ejército y marchando al frente del mismo, mientras que su vicepresidente, Francisco María Oreamuno, quedaba a cargo del gobierno. Unos días antes, la vanguardia del ejército, al mando del hermano del presidente, José Joaquín Mora, cruzó el golfo de Nicoya desde Puntarenas hasta el puerto de Las Piedras, en la desembocadura del río Tempisque, llegando a Bagaces el 11 de marzo, mismo día en que el gobierno nicaragüense presidido por Patricio Rivas declaró la guerra a Costa Rica. El 12 de marzo, mientras la vanguardia arribaba a Liberia, el presidente Mora, el Estado Mayor y el resto del Ejército Expedicionario llegaban a Puntarenas para encaminarse por tierra hasta esa ciudad. El 13 de marzo, William Walker despachó desde La Virgen a un batallón de 300 rifleros, a cargo del coronel húngaro Louis Schlessinger, con el objetivo de enfrentar a las tropas costarricenses en su territorio, lo más alejadamente posible de la vía del Tránsito, para evitar que ésta fuera cerrada y se quedara sin refuerzos, al mismo tiempo que reforzaba las guarniciones del Castillo Viejo y Hipp Point (La Trinidad), en el río San Juan. El 16 de marzo, los filibusteros bajo el mando de Schlessinger cruzaron el río La Flor, en ese momento límite natural entre los dos países, y el 19 de marzo llegaron por la noche a una hacienda ubicada en Santa Rosa, a 35 kilómetros de Liberia. Dos días antes, el 17 de marzo, el dueño de la hacienda Sapoá, ubicada en la frontera, alertó en Liberia sobre la presencia de los invasores en territorio nacional. Se dispuso entonces que el general José María Cañas se quedase en la ciudad para defenderla, mientras el coronel Lorenzo Salazar, con 500 hombres, marchaba al encuentro del enemigo. Las tropas de Salazar fueron reforzadas al día siguiente por 100 hombres al mando del general José Joaquín Mora, que además traían dos cañones de artillería. El 20 de marzo, se capturó a un explorador filibustero que trató de engañar a los costarricenses sobre la real ubicación de las tropas enemigas, pero el general Mora, desconfiando de él, mandó a explorar el camino contrario, encontrando huellas de botas que se dirigían hacia Santa Rosa.

Batalla de Santa Rosa
Casona de Santa Rosa, Guanacaste.Imagen relacionada
El 20 de marzo de 1856, la vanguardia del Ejército Expedicionario costarricense, conformada por 600 a 700 hombres al mando del general José Joaquín Mora Porras, hermano del presidente Mora, se apostó en los alrededores de la casona de Santa Rosa, a 35 kilómetros de Liberia (Guanacaste). En dicha casona, 300 filibusteros al mando del coronel Louis Schlessinger se habían parapetado desde la noche anterior.​ Algunas horas antes del inicio de la batalla, Mora había dividido a la tropa en cuatro columnas, que tomaron posiciones estratégicas, tres de ellas, al mando del coronel Lorenzo Salazar, avanzando de frente y por los flancos izquierdo y derecho de la casona, mientras una cuarta columna de 200 hombres, al mando del capitán José María Gutiérrez, se colocaba en el cerro ubicado al norte del edificio, para cortar la retirada del enemigo. Mora se reservó 100 lanceros del escuadrón de caballería en espera de la orden de cargar y otros 200, el batallón de Moracia, para cubrir la retirada de las tropas en caso necesario. El escuadrón de artillería, al mando del capitán Mateo Marín, se encargaría de disparar los dos cañones que llevaban. El batallón de rifleros de Schlessinger, por su parte, se colocó tras los corrales de piedra de la casona, con el objetivo de repeler el ataque costarricense. Schlessinger dividió a sus hombres por compañías según la nacionalidad: dos estadounidenses, denominadas Nueva York y California, más una compañía alemana y otra francesa.35​

Al atardecer del 20 de marzo, el coronel Salazar dio la orden y las tropas costarricenses avanzaron hasta llegar casi a los corrales. A escasos 18 metros, los filibusteros dispararon, derribando a la primera línea de atacantes, pero entonces la segunda línea, en lugar de huir ante la descarga, se lanzó sobre la muralla de piedra de metro ochenta de alto, y cayó sobre el enemigo cuando apenas éste recargaba, acabando rápidamente con su defensa mediante ataque de bayoneta, mientras los sobrevivientes huían hacia la casona. Al mismo tiempo, las columnas de los flancos llegaban hasta la casona, cruzando el fuego con los defensores apostados dentro de ella. Varios filibusteros empezaron a escapar hacia el bosque aledaño, pero entonces el capitán José María Gutiérrez ordenó el ataque de la cuarta columna que esperaba en la colina, invadiendo la casona por todas partes y acabando con la resistencia filibustera, cuya desbandada fue general, consumando así la primera victoria costarricense.​ Según diversos cronistas, los primeros tiros provocaron la huida del coronel Schlessinger, seguido de las compañías alemana y francesa, mientras que las dos compañías estadounidenses, al mando del capitán Rudler y el mayor O’Neal, resistieron un poco más antes de escapar. En total, hubo 26 muertos en el bando filibustero, más 20 prisioneros de distintas nacionalidades, de los cuales 19 fueron fusilados, pues Mora le perdonó la vida a un irlandés que alegó ser corresponsal de guerra de un periódico estadounidense.​ Del lado costarricense hubo 19 fallecidos, la mayoría pertenecientes a las columnas frontal y del flanco derecho, e incluyendo al capitán Gutiérrez, que pereció en la refriega dentro de la casona al marchar al frente de sus hombres, y el mayor Manuel Quirós, que fue abatido de un balazo en la batalla de los corrales.

La victoria costarricense en Santa Rosa fue la suma de diversos factores: por un lado, los errores tácticos y la confusión por parte de los filibusteros, y por otro, la buena planificación estratégica del general José Joaquín Mora, aunado a la excelente condición física, disciplina, preparación en el uso de armas y valor de los soldados costarricenses.​ La batalla de Santa Rosa, un combate relámpago de escasos 14 minutos de duración, permitió la expulsión de los filibusteros del territorio de Costa Rica, trasladando el escenario de la guerra a Nicaragua. Desde el punto de vista táctico, evitó la caída de la cercana ciudad de Liberia, la ciudad norteña más importante y presunto blanco del batallón invasor, evitando el avance filibustero hacia Puntarenas, puerto vital del país. La victoria fue un punto alto que motivó al Ejército Expedicionario, además de que, según manifestó posteriormente el mismo William Walker, Santa Rosa “marcó la raya sur al expansionismo del destino manifiesto”.

Combate de Sardinal

Tras la victoria en Santa Rosa, mientras el grueso del Ejército Expedicionario costarricense avanzaba hacia Nicaragua, una columna de 100 soldados provenientes de la ciudad de Alajuela, al mando del general Florentino Alfaro Zamora, hermano del ex-Jefe de Estado José María Alfaro Zamora, y del coronel Rafael Orozco, partieron de Muelle de San Carlos hacia el río Sarapiquí, en las llanuras del norte de Costa Rica. Su objetivo era ocupar puntos estratégicos en este río, importante afluente del río San Juan, además de reforzar dos destacamentos colocados allí para evitar un posible avance enemigo a través de estas vastas llanuras, que se extienden desde la margen derecha del San Juan hasta las faldas de la Cordillera Volcánica Central, ubicada en pleno corazón del país. Dichas llanuras eran fundamentales en el plan de William Walker de dominar el norte de Costa Rica para asegurarse el control de la vía del Tránsito.

El 10 de abril de 1856, mientras los costarricenses inspeccionaban las márgenes del río Sardinal, afluente del Sarapiquí, se toparon con varias embarcaciones filibusteras, iniciando una batalla que se extendió por espacio de una hora. Los filibusteros, en número de 100 hombres y bajo el mando del capitán estadounidense John M. Baldwin, se habían movilizado desde su base en La Trinidad (Hipp Point, como le llamaban ellos), con el objetivo de sorprender a los costarricenses, advertidos de los movimientos de la tropa alajuelense en esa zona. Los filibusteros fueron finalmente rechazados y se retiraron nuevamente hacia La Trinidad, perdiendo en la refriega 4 hombres en la lucha en tierra, más un número indeterminado en el agua y una embarcación, de cuatro que llevaban. La tropa de Alfaro, por su parte, reportó 1 muerto, 7 heridos y 2 desaparecidos.39​40​

La batalla de Sardinal fue la última batalla de la Campaña Nacional que se disputó en territorio costarricense. Su importancia radica en que permitió ganar un punto estratégico en la defensa del territorio nacional, denegando el acceso al enemigo al interior del país por esta vía fluvial. Además, a partir de este punto, los costarricenses tuvieron seguridad de que Walker tenía la intención de penetrar territorio costarricense por la zona de Sarapiquí, conocimiento que luego sería de suma importancia para las batallas disputadas durante la decisiva segunda fase de la Campaña Nacional, que tendría como escenario el río San Juan.

Batalla de Rivas

La quema del mesón por Juan Santamaría (1896), de Enrique Echandi.

Al día siguiente de la batalla de Santa Rosa, el 21 de marzo de 1856, el Ejército Expedicionario de Costa Rica se puso en marcha desde Liberia hacia Nicaragua. Cuando se arribó al poblado de Sapoá, en la frontera, se dejó un pequeño contingente para resguardarla, y el resto de la tropa fue dividida en tres columnas: 300 soldados alajuelenses, bajo el mando del coronel Juan Alfaro Ruiz y el mayor Daniel Escalante marcharon hacia La Virgen, pueblo ubicado en la costa del lago de Nicaragua, para vigilar el arribo de soldados filibusteros desde Granada. Otros 300 soldados, liderados por el coronel Salvador Mora y el mayor Máximo Blanco, se dirigieron hacia San Juan del Sur, puerto del Pacífico nicaragüense, para evitar la llegada de refuerzos por vía marítima. La tercera columna y principal, formada por 2000 soldados, marchó hacia Rivas, ocupando la ciudad el 8 de abril de 1856. El 9, William Walker parte con sus tropas desde Granada, apostándose el 10 de abril en las cercanías de la ciudad. A la medianoche del 10 de abril, Walker y sus subalternos planean un ataque simultáneo sobre la ciudad, tras enterarse de la presencia del presidente Mora en Rivas.

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El cuerpo de Juan Santamaría quedó a un lado del Mesón, luego de encenderlo

La mañana del 11 de abril de 1856, a las siete y cuarenta minutos, un nicaragüense dio la alerta al capitán costarricense Víctor Guardia Gutiérrez de que las tropas filibusteras atacaban la ciudad por sorpresa. A solo cuatro cuadras de la casa donde se encontraban alojados el presidente Mora y su Estado Mayor (entre ellos, el barón prusiano Alexander von Bullow con sus ingenieros alemanes, el agregado militar francés coronel Pierre Barillier y el general José Joaquín Mora Porras, hermano del presidente), una tropa cerrada al mando de William Walker en persona penetró por el este de la ciudad, tomando la Catedral y usando sus torres como estaciones para francotiradores. Otra tropa bajo el mando del teniente coronel Edward J. Sanders, al mando de cuatro compañías de rifleros, tenía la misión de avanzar hasta la casa donde se refugiaba el Estado Mayor costarricense, con el objetivo de capturar o matar a sus integrantes. Sanders, apoyado por las tropas de Walker, logró apoderarse de un pequeño cañón que estaba protegido por cuatro soldados costarricenses (que caen muertos) y por el capitán Mateo Marín (herido). Resultado de imagen para batalla de rivas, COSTA RICALa calle al norte de la plaza fue tomada por un impetuoso ataque del regimiento del capitán Birkett D. Fry, mientras la iglesia era ocupada por el capitán John P. Watters. El coronel leonés José Machado, al mando de una tropa de nicaragüenses, ingresó por el lado norte de la plaza y logró acercarse suficiente al cuartel principal costarricense, pero en ese momento, el capitán José María Rojas, apoyado por el soldado Francisco Castro Rodríguez, lo derribó de su caballo de un certero balazo, logrando que los nicaragüenses se retiraran. Esta acción fue fundamental puesto que evitó la caída del Estado Mayor costarricense e impidió que las fuerzas de Machado reforzaran a Sanders, frustrando el plan de asalto filibustero. Luego, el ataque de Fry fue repelido por un feroz contraataque de una tropa costarricense que emergió del cuartel principal, dirigida por el coronel Lorenzo Salazar y los capitanes Joaquín Fernández, Miguel Granados, Vicente Valverde, Zenón Mayorga y Víctor Guardia. La intervención de Salazar permitió que el Ejército Expedicionario se recuperara de la confusión inicial y retomara el control perdido durante el sorpresivo ataque. A esto se sumó la oportuna intervención del Batallón Santa Rosa, compuesto de 400 hombres bajo el mando del mayor Clodomiro Escalante, que había salido tempranamente para buscar rastros del enemigo, pero al escuchar la refriega había vuelto a la ciudad, ingresando por el norte, entablando un encarnizado combate de fusil, sable y bayoneta, primero con los hombres de Machado, a los que produjeron muchas bajas, y luego con los de Sanders, cayendo en gran número los hombres del Batallón.

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Batalla de Rivas

Los testimonios de los soldados de la época resaltan la figura de una campesina cartaginesa, de nombre Francisca Carrasco Jiménez, quien tras tomar un fusil, habría intervenido en la recuperación del cañón, lo que la convierte en la única mujer en participar de forma activa en los combates. Uno de los combatientes de Rivas la coloca como la autora del disparo que derribó al filibustero que vigilaba el arma, lo que a la postre permitió recobrarlo. Aunque algunos historiadores califican este hecho como inverosímil, Pancha Carrasco, como es conocida, pasó a la historia como la figura femenina de la Campaña Nacional.

La presencia de las tropas de Salazar y del Batallón Santa Rosa, sin embargo, hizo que los filibusteros se replegaran y refugiaran en el Cabildo de la ciudad, las casas vecinas y un mesón cercano, perteneciente a Francisco Guerra, razón por la cual se le conoce como el “Mesón de Guerra”. En este lugar, entrando por la puerta sur, los hombres de Sanders se parapetaron tras las puertas, en el techo y en los solares, mientras los costarricenses hacían lo propio en las casas de la calle al norte del mesón, en la cual han quedado gran cantidad de muertos de ambos bandos. El capitán Víctor Guardia, por su parte, recibió orden de recuperar el cañón perdido, pero sus soldados fueron sometidos a un fuego tan intenso desde el mesón, que tuvo que refugiar a la tropa en un abandonado fortín colonial en ruinas, desde el que respondía los ataques de fusil que le hacían desde el mesón. Con respecto a la recuperación de este cañón, existe controversia debido a que la misión de recuperar los cañones significó un alto costo en vidas para el bando costarricense, puesto que esto ocupaba exponerse a los disparos de los francotiradores apostados en las torres de la catedral. Se ha calculado que por lo menos la mitad de las muertes durante la batalla de Rivas se debieron a los tres intentos de recuperar dicha arma. Los filibusteros, además, no podían utilizarlo porque la refriega con los hombres del coronel Salazar había hecho que tuviesen que abandonar la munición, no obstante, esto no impidió que utilizaran la pieza de artillería como carnada para los costarricenses. Acerca de su recuperación, el mismo presidente Mora arguye que era “una cuestión de honor”, aunque también se ha argumentado acerca de la insistencia del coronel francés Pierre Barillier en el asunto, a quien Mora y todo el Estado Mayor tenían en alta estima y consideraban “un gran estratega”.

Del lado filibustero, mientras las tropas de Fry se retiraban por la calle del este, dos regimientos al mando de A.S. Brewster y Francis P. Anderson avanzaban por la calle del sur, entre el mesón y una casa que pertenecía al médico estadounidense J.L. Cole, intentando llegar al cuartel costarricense. Al mismo tiempo, otra tropa al mando del coronel alemán Bruno von Natzmer y el mayor estadounidense J.C. O’Neal, rodeó la calle intentando llegar a las cercanías del mesón. En este momento, se toparon con las tropas del general José María Cañas, quien con un feroz ataque impidió el avance de Natzmer, O’Neal y Brewster, mientras las tropas de Anderson eran repelidas por una fuerza de costarricenses pertrechados en la torre de la pequeña iglesia de San Sebastián. Las fuerzas de Cañas estaban compuestas mayormente por soldados de San José, más un pequeño grupo de alajuelenses al mando del mayor Juan Francisco Corrales, pues el resto de la tropa alajuelense estaba en La Virgen con el coronel Alfaro Ruiz. Aunque la columna de Cañas quedó destrozada, su acción produjo que ambos bandos tomaran posiciones de poder en la ciudad: mientras los costarricenses lograron mantener sus posiciones en el lado occidental, quedándoles libres los caminos hacia La Virgen y San Juan del Sur, los filibusteros se apoderaron de la plaza, la catedral y el cabildo, tomando también posiciones dentro de algunas casas, como en el caso del coronel Sanders, cuyas tropas se refugiaron en el Mesón de Guerra. Cañas, por su parte, ocupó con sus fuerzas la calle diagonal al costado del mesón.

La conmemoración de la quema del mesón por el héroe nacional Juan Santamaría es la parte central de la celebración del 11 de abril en Costa Rica, una de las efemérides más importantes del país. Para muchos costarricenses, el acto de valentía del soldado alajuelense representa el vivo espíritu nacional en la forma de un joven de cuna humilde que está dispuesto a dar la vida por la libertad de su pueblo y de su país.

Durante las primeras cuatro horas, la batalla fue brutal y encarnizada. Cada bando intentaba movilizarse para tomar nuevas posiciones, pero era rechazado por la respuesta del enemigo. Un intento del mayor John B. Markham de avanzar hacia el cuartel donde estaba el presidente Mora fue repelido por el fuego costarricense, pero igualmente un avance del coronel Manuel Argüello Arce con la intención de tomar el cabildo fue frustrado por la resistencia filibustera. Posteriormente, Cañas intentó tomar las casas del lado sur de la ciudad, pero fue violentamente recibido por las fuerzas filibusteras apostadas en la plaza y la iglesia. Luego del mediodía y a principios de la tarde, como una medida para conjurar el peligro que representaban los hombres de Sanders atrincherados en el Mesón de Guerra, desde cuya posición privilegiada causaban muchas bajas a los costarricenses, y ante la imposibilidad de tomarlo militarmente por la presencia enemiga en la plaza y la catedral, el general Cañas ordenó a su tropa incendiar todas las casas al oeste de la calle, incluido el mesón. Se presentó un primer voluntario, el teniente cartaginés Luis Pacheco Bertora, que fue herido de tres balazos sin lograr su cometido. Entonces, un soldado nicaragüense que peleaba en la tropa de Cañas, Joaquín Rosales, tomó la tea de manos del herido Bertora y aplicó el fuego al edificio. Cuando las llamas empezaban a propagarse, cayó mortalmente herido, dando tiempo para que los filibusteros contuviesen el fuego. Finalmente, se adelantó un soldado alajuelense, Juan Santamaría, que antes de ser herido de muerte por los disparos enemigos, logró incendiar un costado del techo de paja del mesón. El fuego rápidamente se propagó por la estructura, amenazando colapsar sobre los filibusteros refugiados en el interior, que comenzaron a replegarse hacia la catedral en el lado opuesto de la plaza. Aun así, el edificio no fue totalmente desocupado sino hasta la noche.

A las cuatro de la tarde, ingresaron a la ciudad las tropas de Juan Alfaro Ruiz, que venían desde La Virgen, alertadas de la situación por el teniente Manuel María Gutiérrez Flores. A partir de las cinco de la tarde, empieza a decaer el intercambio de disparos entre ambos bandos. A las doce de la noche, las fuerzas de Máximo Blanco ingresaron a la ciudad, provenientes de San Juan del Sur. Ya desde el inicio del atardecer, desde su puesto de observación en la catedral de Rivas, William Walker había notado cómo los costarricenses empezaban a tomar posiciones estratégicas en la plaza de la ciudad, rodeando el templo, al mismo tiempo que iban construyendo trincheras. Al no contar con refuerzos, al contrario de los costarricenses, que reciben tropas frescas desde La Virgen y San Juan del Sur, y cuentan con suficientes municiones y pertrechos como para resistir el combate por varios días, y dándose cuenta que se ha quedado sin capacidad militar para realizar una nueva ofensiva, pues la mayoría de sus oficiales había muerto en combate, tenía muchos heridos y le faltaban municiones, Walker entiende que no puede ganar la batalla, por lo que al filo de la medianoche ordenó a sus subalternos emprender la retirada hacia Granada. Al despuntar el alba, el alto mando costarricense, que no se había percatado de la furtiva retirada nocturna, dio la orden de tomar la plaza y atacar la iglesia, pero solamente se encontraron entre 20 y 40 filibusteros heridos, que fueron muertos a bayonetazos por los soldados costarricenses.

La mañana del 12 de abril de 1856 encontró a la ciudad de Rivas destruida, con sus calles repletas de cadáveres, sin embargo, tras 17 horas de lucha, el Ejército Expedicionario costarricense había logrado mantener el control de la ciudad, la cual se consideraba vital para marchar sobre Granada. Con respecto al número de bajas, en el bando filibustero, los partes oficiales de los costarricenses calculan 236 muertes durante la batalla, con un número indeterminado de heridos, de un número estimado entre 1200 y 1300 combatientes, mientras que William Walker refirió que habían sido 120 entre muertos y heridos, estimando las de Costa Rica en 200 muertos y 400 heridos. Igualmente, según los partes oficiales, del lado costarricense hubo 140 muertos y 231 heridos, para un total de 371 bajas, de 2071 soldados presentes en la ciudad al comienzo de la batalla. Otras fuentes, sin embargo, estiman las bajas en un número mayor, alrededor de las 500 entre muertos y heridos, aunque se ha planteado que el número inicial de bajas se vería, en lo posterior, enormemente incrementado pocos días después de la conflagración, por la aparición de un enemigo que, a la postre, sería más letal que el ejército filibustero.

La peste del cólera

Tras la victoria militar del ejército costarricense en Rivas, el plan del Estado Mayor costarricense era reanudar la marcha hacia Granada.​ El 15 de abril, Mora mando fortificar la ciudad de Rivas, sin embargo, se reportó la aparición de un extraño mal que causaba diarrea blanquecina y acuosa, vómitos, sed intensa y dolores musculares, asociados a postración, deshidratación y una rápida evolución a un estado de coma, seguido de la muerte.​ La presencia del cólera morbus, enfermedad infecto-contagiosa producida por el bacilo Vibrio cholerae, había provocado ya dos pandemias desde su aparición en la India en 1817.42​ En la Guerra de Crimea, el cólera cobró la vida de 5000 soldados franceses y 350 ingleses.​ Resultado de imagen para la peste del cólera COSTA RICALa última epidemia en 1849, favorecida por el intercambio comercial marítimo, había alcanzado la ciudad de Nueva York, de la cual se había extendido a Nicaragua debido al transporte de pasajeros a través de la Vía del Tránsito.​ Ya desde julio de 1855, Costa Rica había comenzado a sentir los efectos de la guerra civil nicaragüense, con el ingreso de refugiados que huían de los enfrentamientos bélicos entre legitimistas y democráticos, con el consiguiente riesgo que significaba para la población nacional la penetración de la enfermedad, que había hecho estragos en Nicaragua desde el inicio de la guerra civil, por lo que el gobierno de Mora había establecido la formación de cordones sanitarios en la frontera,18​ además de la capacitación de personal en el extranjero para implementar medidas en caso de una epidemia.​

A mediados del mes de abril, se reportaron los primeros casos de cólera entre los costarricenses: un soldado josefino de nombre José María Quirós y otro cartaginés, llamado Francisco Arborola.​ Dado que en esa época no se conocía la existencia de los microorganismos, descubiertos por Robert Koch hasta 1870-1890, era imposible para los médicos imaginar el origen del contagio. Hasta ese momento, se creía que la infección era producida por “vapores miasmáticos”,​ es decir, por emanaciones producidas por los cuerpos en estado de putrefacción. En realidad, la aparición del cólera se debió al consumo de agua contaminada en los pozos de la ciudad de Rivas, aunado a las malas condiciones sanitarias y ausencia de medidas de higiene.​ El problema se vio agravado porque, antes de abandonar Rivas, William Walker, que era médico, había ordenado que se lanzasen los cadáveres de los filibusteros muertos en los pozos de agua,43​42​ imitando tácticas registradas en varias batallas de la Edad Antigua y la Edad Media, como por ejemplo, la batalla de Tortona en Italia (1155), cuando Federico Barbarroja ordenó echar cadáveres en las fuentes de agua de su adversario.​

En Nicaragua, la enfermedad se extendió a los pobladores de Rivas e incluso a las tropas filibusteras que huían hacia Granada.​ El 25 de abril, el presidente Juan Rafael Mora Porras se reunió en la plaza de Rivas con su alto mando, y ordenó el regreso del Ejército Expedicionario, ante los estragos y el desconcierto causados por el aumento de los infectados. Es muy posible que la decisión del regreso también estuviera motivada por informaciones recibidas por el presidente de la existencia en San José de una conspiración para derrocarlo, impulsada por sus opositores. Al día siguiente, Mora y sus más inmediatos asesores partieron de Rivas hacia Liberia. Tres días más tarde, el 29, los heridos e infectados fueron embarcados en el puerto de San Juan del Sur, de donde serían traslados por mar hasta Puntarenas, y luego por tierra hasta San José, a donde arribaron el 1 de mayo, lo que finalmente propició la propagación de la enfermedad entre los pobladores del Valle Central, al extenderse ésta a la población civil. El resto del Ejército se trasladó por tierra desde Rivas, estableciéndose un cordón sanitario en Sapoá, bajo pena de muerte para quien lo atravesase. De 2000 combatientes que había participado en la batalla de Rivas, solamente 400, al mando del coronel Lorenzo Salazar, llegaron a Liberia el 3 de mayo.​ A los muertos en acción en dicha batalla, se sumaron 491 soldados fallecidos por cólera, lo que elevó la suma de bajas de esta batalla a más de 800.45​ De entre las víctimas por cólera del ejército nacional, resaltan los nombres de algunos líderes como Juan Alfaro Ruiz, Zenón Mayorga, Julián Rojas y el Secretario de Estado del presidente Mora, Adolphe Marie.​ En Liberia, que había sido evacuada, falleció el barón Von Büllow, a consecuencia de disentería e inanición. Además, muchos de los soldados que regresaban desertaron para no contagiarse, y muchos fallecieron de camino a sus hogares, siendo enterrados en zanjas a orillas del camino.44​ En el Valle Central, fallecieron el expresidente de la república y, en ese momento, vice-presidente en ejercicio, Francisco María Oreamuno, el expresidente José María Alfaro Zamora y cuatro diputados.​ El mismo presidente Mora se contagió de la enfermedad por tres días.​

A mediados de mayo, la epidemia está en su apogeo. Se ha calculado que fallecieron al menos 140 personas por día.​ La presencia de la enfermedad generó un estado de luto y pavor entre la población nacional, lo que motivó que incluso algunos médicos y curas se negaran a atender a los enfermos y moribundos.​ Para evitar el contagio, las autoridades sanitarias nacionales prohibieron la vela de los fallecidos y los actos fúnebres. Los cadáveres eran trasladados en carretas hasta los cementerios, donde eran echados en zanjas y fosas comunes. El cirujano del ejército, Dr. Hoffmann, que conocía bien la enfermedad pues había hecho su internado en un hospital de enfermos de cólera antes de graduarse como médico en Berlín, dictó una serie de medidas para combatirla, las cuales incluían la ingesta de frutas fermentadas, licor fino y aguardiente alcanforada (luego se demostró que el alcohol mataba al bacilo casi al instante).​ A pesar de esto, la enfermedad comenzó a ceder por factores epidemiológicos, y a finales del mes de julio de 1856 ya había desaparecido.

La peste del cólera de 1856 es considerada la peor catástrofe sanitaria y demográfica de Costa Rica en toda su historia, con al menos 53 000 infectados y 9615 defunciones en diez semanas que duró la epidemia,​ de los cuales unos 8600 eran civiles,​ es decir, más de la mitad de la población del país padeció la enfermedad y entre un 8 y 10% de los habitantes fallecieron como consecuencia de la misma.

Referencias:

  • Molina, Iván; Palmer, Steven (2011). Historia de Costa Rica (2.ª edición). San José, Costa Rica: Editorial de la Universidad de Costa Rica. p. 222. ISBN 978-9968-46-024-8.
  • Vargas Araya, Armando (2007). El lado oculto del presidente Mora: resonancias de la Guerra Patria contra el filibusterismo de Estados Unidos (1850-1860) (1.ª edición). San José, Costa Rica: Eduvisión. p. 432. ISBN 978-9968-521-96-3.
  • Bosch, Juan (1993). De Cristóbal Colón a Fidel Castro: el Caribe frontera imperial (8.ª edición). Santo Domingo, República Dominicana: Editorial Corripio. pp. 547-548.
  • Arias, Raúl Francisco (2007). Los soldados de la Campaña Nacional (1856-1857). San José, Costa Rica: Editorial de la Universidad Estatal a Distancia. p. 398. ISBN 978-9968-315-46-3. Consultado el 17 de febrero de 2014.
  • Walker, William (1970). La guerra en Nicaragua (en inglés). Versión castellana por Ricardo Fernández Guardia de The War in Nicaragua (Mobile, S. H. Goetzel & Company, 1860) (2.ª edición). San José, Costa Rica: Editorial Universitaria Centroamericana. p. 431. Consultado el 21 de febrero de 2014.
  • Obregón Loría, Rafael (1991). Costa Rica y la guerra contra los filibusteros. Alajuela, Costa Rica: Museo Histórico Cultural Juan Santamaría, Ministerio de Cultura y Juventud de Costa Rica. p. 409. ISBN 978-9977-953-13-7. Consultado el 22 de febrero de 2014.
  • Montero Barrantes, Francisco (1890). Elementos para la historia de Costa Rica, volumen 2. San José, Costa Rica: EUNED. ISBN 978-9968-312-83-7. Consultado el 15 de marzo de 2014.

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