Antigua Aduana

La Aduana vive y se deja vivir

El complejo arquitectónico de La Aduana no quiso quedarse en el pasado, pero tampoco perder su esencia histórica para transformarse en un centro cultural dedicado al arte y la tecnología.

Como un hito de la vida cultural y del cotilleo costarricense, queda la toma del entonces ministro de Cultura, Guido Sáenz, de la antigua Aduana hace siete años. El tremendo zafarrancho que armó no solo atrajo la atención de la prensa y el jolgorio de los vendedores ambulantes y los transeúntes, sino que también marcó el inicio de un proceso que desembocó con la actual restauración y rehabilitación de todo el complejo, los 14.625 metros cuadrados que conforman el nuevo Centro para las Artes y la Tecnología La Aduana, que agrupa a la antigua Aduana Principal, el nuevo Teatro de la Aduana y una Casa del Cuño transformada en Ciberartes.

“Mis expectativas son muy altas. Las experiencias internacionales de centros semejantes lo confirman. Va a funcionar como un disparador de innovación artística y cultural”, afirma la ministra de Cultura de la administración Arias, María Elena Carballo.

Las riquezas de la Aduana
El primer edificio que se construyó fue por una necesidad comercial: en 1888, a partir de la puesta en marcha del ferrocarril al Atlántico surgió la necesidad de tener un espacio para el almacenaje de mercancías, tanto las que se exportaban como las que ingresaban al país. “Entonces en 1889, se le pide a Lesmes Jiménez que haga los planos y se le adjudica la construcción a Minor Keith, que termina la obra en 1891”, explica la arquitecta y directora de la Oficina de Patrimonio, Sandra Quirós. Este es el edificio de ladrillo conocido como la Aduana Principal.

Sin embargo, esta no es la edificación más antigua del conjunto. También como parte de las necesidades que generó el ferrocarril, en 1883 se construyó otra bodega fuera de La Aduana, que luego se decidió trasladar completa y armarla al lado de la nave de ladrillo. Posteriormente, en 1917, las autoridades decidieron utilizarla como Casa del Cuño, lugar donde se acuñaban las monedas. De ahí las chimeneas que aún conserva. Funcionaría como tal hasta 1949, cuando se trasladaría su función al Banco Central, y entonces la Casa del Cuño pasaría a funcionar también como bodega.

La casa del cuño
Casa del Cuño o Casa de la Moneda
Edificio de lata (al Este de la Antigua Aduana)
Interior de la Casa del Cuño
File:Casa de la Moneda 1923 Costa Rica.jpg
Casa de la Moneda, 1923 (Wikimedia)

El tercer elemento arquitectónico es el edificio de concreto armado, que fue adosado a la nave de ladrillo en 1931, con el fin de que funcionara como bodega y oficinas. La constructora Adela viuda de Jiménez fue la encargada de la obra.

Los tres sobrevivieron y para 1980 el edificio de la antigua aduana fue declarado reliquia histórica. En 1987 se le dio como concesión a Fercori, a cambio de la manutención y conservación del edificio y un mes para actividades del Ministerio, como la Feria del Libro. “No comprendía la Casa del Cuño, ese espacio se lo reservó el Ministerio, lo remodeló y montó ahí la Sala de la Compañía Nacional de Teatro”, agrega Quirós.

Lo demás es historia reciente. El Ministro de Cultura, Guido Sáenz toma la Aduana y propone convertirla en un centro cultural muy ambicioso, con excavaciones a nueve metros para multiplicar el espacio y tener incluso parqueos. Su idea no cuajó políticamente ni económicamente.

El patrimonio ante todo
Con el cambio de administración, la ministra María Elena Carballo retoma la idea. Entonces, se decide empezar de cero. Según relata Quirós, se contrata una consultoría a Luis Rojas y Asociados para que proponga un reforzamiento de la estructura de la nave de ladrillo. Su propuesta generó una nueva oposición en el Centro de Patrimonio, ya que por interpretación del Código Sísmico se consideraba que la estructura era muy agresiva para un edificio patrimonial.

Finalmente, se llegó a un acuerdo sobre la estructura que satisfacía a todos: la estructura permitía claramente diferenciar lo histórico de lo contemporáneo, era reversible, es decir, se podía quitar sin que quedara un daño al patrimonio.

Lo primero que se hizo entonces fue el reforzamiento del edificio de ladrillo, obras que concluyeron en diciembre de 2007. En marzo de 2008, un equipo del Centro de Patrimonio empezó a trabajar en los planos del proyecto. “El enfoque siempre estuvo centrado en que se trataba de un conjunto arquitectónico con valor patrimonial que se iba a convertir en un centro cultural, no al contrario”, dice Quirós.

El arte de lo contemporáneo
En la nave de ladrillo, las obras fueron de restauración. “Desde el 2005 se había iniciado con el proceso: se cambió la cubierta de techo por una que minimizara los sonidos y el calor y se colocó un monitor que permite un mayor ingreso de luz. En el 2008 se restauró el piso, las paredes y los portones y para el 2009 se cambiaron los 39 rosetones”, explica el arquitecto Miguel Herrera Gallegos, quien se encargó del diseño del teatro y del Cuño.

En cambio, en el edificio de los 30, el concepto que privó fue el de rehabilitación, ya que ahí se trasladó al teatro y las oficinas de la Compañía Nacional. Este se acondicionó como el único teatro de caja negra en el país, un espacio absolutamente flexible, donde todo el piso de madera de almendro de río es un escenario y todo el cielo es una parrilla para la iluminación. Cuenta con 420 butacas móviles–de tela e individuales–, es decir pueden usarse todas o ninguna. Se contrató al Dr. José Araya Pochet, quien diseñó la ambientación acústica para que el actor no fuerce la voz y se entienda claramente lo que dice, y se aisló completamente al teatro del ruido exterior “Incluso no se escucha el tren”, explica Adrián Vindas, arquitecto del Centro.

Hacia el costado sur, se reformaron los espacios existentes para usarlos como áreas administrativas y camerinos, y se construyó una sala de ensayos.

Con la Casa del Cuño, quitamos los agregados que se hicieron en 1987, y lo que quedó fueron los marcos de metal, una parte del piso de piedra –ya que al hacer las graderías habían prácticamente destruido el piso– y las dos chimeneas”, explica Quirós, quien cuenta cómo se quiso, en un primer momento, dejar lo que quedaba como piezas escultóricas, pero no funcionó porque se esperaba que fuera habitable y dedicado al arte con uso de tecnología.

Este espacio tiene un diseño termodinámico, con parrillas de celosías fijas, las puertas y un monitor que ayudan a la circulación del aire, pero admite Herrera, no es suficiente para días muy calurosos. De ahí que la estructura techada que originalmente se construiría –de un anteproyecto del arquitecto Jaime Rouillon, presentado al Ministerio– entre la Casa del Cuño y el Teatro era también necesaria como aislante del calor.

La ciudad se coló
Otra reforma importante fue la que logró integrar el espacio urbano con el complejo, a través de una abertura en la nave de concreto por el lado oeste, que permite a las personas ingresar al vestíbulo del teatro, a la nave de ladrillo o dirigirse hacia las áreas verdes. “El cubo de vidrio es como una vitrina para las actividades del centro cultural y un reflejo del concepto de la caja de cristal de Ciberartes”, explica Herrera.

“Con este ingreso a través de la rampa roja y esta caja de cristal, tomamos una decisión arriesgada, pero correcta, de quitar las mallas y las verjas y abrirnos al espacio urbano para que la gente transite libremente, y se integren 8.800 metros cuadrados de espacio exterior con plazas enormes y áreas verdes al espacio de la ciudad”, según explica Quirós.

De estos espacios, se encargó Vindas, una vez que se desechó la original que era mucho más costosa. “El concepto generador fue el mismo rosetón de la nave de ladrillo, lo proyectamos a nivel de planta y a partir de ese elemento hicimos jardineras y pavimento, con trazos rojos en el concreto que refuerzan el concepto de desarrollo radial, tanto en el este como el oeste del Centro”, expresó. Así se creó un espacio multifuncional, abierto a la ciudad y que mejora la relación entre los transeúntes y los edificios.“Patrimonio encierra un sentido de pertenencia. En este sentido, un patrimonio cultural es propiedad de todos, y a través de este espacio de plazas y edificios, las personas podrán apropiarse de lo que es suyo”, dice Herrera.

Articulo de Revista Su Casa

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