El Gobernador Bellaco…crónicas coloniales

LOS conquistadores de Costa Rica tuvieron mala fortuna. Hernán Sánchez de Badajoz murió en la cárcel, Diego Gutiérrez a manos de los indios, Cavallón en gran pobreza, Estrada Rávago lleno de despecho, Vázquez de Coronado trágicamente, Perafán de Rivera en la miseria y Diego de Artieda perseguido. Así, no es extraño que después de la muerte de éste ningún hombre sensato quisiera asumir la continuación de tan desgraciada empresa. Tal sucedió con Sancho de Barahona, vecino de la ciudad de Santiago de Guatemala, cuñado y compañero del licenciado Cavallón en 1561, a quien el Consejo de las Indias propuso treinta años después que la tomase a su cargo; pero Barahona conocía bien el terreno que le invitaban a pisar y prefirió quedarse tranquilamente en Guatemala disfrutando de su riqueza.

No faltó sin embargo quien deseara lo que el juicioso Barahona había desdeñado. D. Fernando de la Cueva, hijo del alguacil mayor de corte de la ciudad de Guatemala, fue hasta Madrid a solicitar con empeño la sucesión de Artieda y pudo conseguir que el rey le otorgase, el 29 de diciembre de 1593, una capitulación por la cual se comprometía a sustentar y conservar lo que estaba poblado de la provincia de Costa Rica, y a descubrir, pacificar y poblar a su costa lo que faltaba. No obstante las buenas recomendaciones que llevó de Guatemala y el informe muy favorable del Consejo de Indias, el prudente Felipe II

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Felipe II

tuvo desconfianza de sus aptitudes, como se infiere de la real cédula que dirigió al doctor Francisco de Sande, presidente de la Audiencia de Guatemala, en que le ordenaba informarse muy particularmente de si D. Fernando de la Cueva era a propósito para cumplir lo capitulado, antes de entregarle su título de gobernador, y que si no lo fuese se abstuviera de hacerlo. Menos escrupuloso que el rey, Sande no tuvo inconveniente en confiar la gobernación de la provincia de Costa Rica a un mozo de veinticinco años, calavera y de índole perversa, que había derrochado la dote de su mujer Da Catalina Gutiérrez y dado ya pruebas de su mala conducta durante el tiempo que sirvió el empleo de teniente gobernador de Soconusco; pero D. Fernando dela Cueva pertenecía a una familia principal,”a la que Sande quiso agradar, aún con perjuicio del bien público.

Llevando en la maleta el título de gobernador y capitán general de Costa Rica por doce años y el de alcalde mayor de Nicoya por ocho, salió, D. Fernando a caballo de Guatemala, a principios de 1595, acompañado de sus hermanos y algunos amigos tan disolutos como él. Cometieron en el camino más de una fechoría y en el pueblo antiguamente llamado Nicaragua y hoy la ciudad de Rivas, maltrataron a los indios que les reclamaban el pago de la comida que les habían suministrado. La víspera del Domingo de Ramos llegó D. Fernando a Nicoya con su alegre comitiva y prorito se pudo juzgar de lo que su gobierno iba a ser. Habiendo visto a una mulata que fue muy de su gusto, hizo prender al amante de ésta, sin haber tomado aún posesión de su cargo, y se apoderó de la morena. Sus compañeros hicieron otro tanto con varias indias, sin cuidarse de que fuesen casadas o solteras; y puede asegurarse que nunca se ha celebrado la Semana Santa en Nicoya de modo tan profano. Encontrábase en el pueblo Alonso Sánchez de Figueroa, tomando residencia al alcalde mayor Pedro Ochoa de Leguízamo, y lo tenía en la cárcel con grillos por los desafueros que cometió en el ejercicio de su cargo. Viendo un negocio en perspectiva, D. Fernando se fue a visitar al preso, le ofreció librarlo de las garras de la justicia mediante el valimiento que decía tener con el doctor Sande y los oidores, y le aconsejó que se fugase por lo pronto. Ochoa, muy agradecido, hizo llevar su vajilla de plata a la posada de D. Fernando y éste le facilitó la fuga por todos los medios de que disponía, incluso el de poner preso a Sánchez de Figueroa para que no se la estorbase.

De Nicoya se fue el gobernador para la ciudad de Esparza, donde dio otro escándalo muy grande. Durante los pocos días que allí estuvo de paso acertó a llegar, procedente de Panamá, Luis Ortiz con su mujer, la hermosa Catalina de Trejo, y D. Fernando resolvió apoderarse de ella como lo había hecho en Nicoya con la mulata. Mandó meter al marido en la cárcel y depositar a la mujer en casa de un cacique indio, incapaz de darle ninguna protección; pero Catalina, no menos virtuosa que bella, opuso tan enérgica resistencia al bellaco de D. Fernando y dio tales gritos de'” ¡Aquí de Dios y del rey! ” que se juntó todo el vecindario frente a la casa del cacique, en son de protesta. Con todo, hubo necesidad de que interviniesen los frailes de San Francisco para salvar el honor de la pobre Catalina.

El gobernador se instaló en Cartago como en una ciudad conquistada. Tanto él como sus hermanos, compañeros y criados, encontraron muy cómodo ponerse a vivir a costillas de los vecinos. Avido de riquezas y habiendo llegado con menos de cien ducados en el bolsillo, antes de que hubiese corrido un año D. Fernando poseía más de cinco mil, sin haber cobrado sus salarios. Embargaba todas las mercaderías en los puertos y se hacía pagar por el desembargo; se quedaba con las penas de cámara y los bienes de difuntos; se dejaba cohechar, como en el caso de Matías de Palacios y Juan López, quienes le dieron mil pesos para que no les tomase cuentas de los bienes de menores que administraban; en el juicio de residencia de su antecesor Gonzalo de Palma dejó de hacer justicia por haberle regalado éste un esclavo negro; no pagaba ninguna deuda y solía despojar a los vecinos de lo que le parecía bien, así fuesen de los más encopetados como D. Gonzalo Vázquez de Coronado, al cual robó dos muías de gran valor; explotaba sin piedad a los indios, y a los que vinieron a Cartago a presenciar la fiesta del Corpus les quitó sus águilas y patenas de oro; a Francisco de Palma, administrador de una encomienda del finado gobernador Diego de Artieda, lo metió en el cepo para quedarse con los tributos; mantenía una casa de juego y su vida era un continuo escándalo.

En menos de tres meses el gobernador había cometido ya tal número de maldades, que el padre Pedro de Herrera, nombrado cura de Cartago y vicario provincial, resolvió excomulgarlo el mismo día de su llegada, que fue el 24 de junio de 1595, mandando poner asimismo en tablilla al cura anterior Martín Muñoz y al escribano de gobernación, por su complicidad con D. Fernando. Tan pronto como éste lo supo hizo tocar la caja de guerra por las calles, sacó la bandera y una vez reunidos los vecinos en armas “se fue con ellos al convento de San Francisco. El padre Herrera estaba en la iglesia con el Santísimo Sacramento en las manos y rodeado de los frailes, esperando el atropello que presagiaban las medidas tomadas por el gobernador. Penetró éste en la iglesia con Antonio de Carvajal y Juan de Trirniño y en tono colérico requirió al cura para que lo absolviese, mostrándole una real cédula del archivo de la ciudad en que se mandaba que los gobernadores no fuesen excomulgados; y como el cura no quería ceder, lo amenazó con ponerle grillos y expulsarlo de la provincia. Intervinieron entonces algunos vecinos y los frailes, y al fin convino el padre Herrera en que el guardián de San Francisco diese la absolución a los tres excomulgados, quedando así triunfante el gobernador.

A pesar de la presencia del vicario siguió cometiendo D. Femando los mayores excesos. Una noche quiso penetrar por fuerza, rompiendo una ventana, en casa de Jerónimo de Retes, alguacil mayor de Cartago, el cual estaba ausente. María de Ortega mujer de Retes, le suplicó repetidas veces que se fuera con Dios y no infiriese a su marido semejante afrenta; hasta que viendo la inutilidad de sus ruegos mandó una india de la servidumbre a pedir socorro. Con la llegada de Diego del Cubillo y otras personas, D. Femando tuvo que retirarse, pero continuó persiguiendo a María de Ortega. Vino a saberlo al fin Jerónimo de Retes y determinó matarle, lo que impidieron Bartolomé Sánchez y Cristóbal de Chaves, sus íntimos amigos. A su vez D. Antonio de la Cueva, digno hermano del gobernador, intentó abusar de la misma María de Ortega en casa de un vecino adonde fue llamada con engaño; y el infortunado Jerónimo de Retes murió del pesar que le causaron estas persecuciones.

Pronto pudo arrepentirse el doctor Francisco de Sande de no haber cumplido fielmente las prudentes órdenes del rey, al enterarse de las muchas y graves quejas presentadas por las víctimas de su favorecido. Desde el mes de octubre de 1595, Tomé de Barrios acusó ante la Audiencia a D. Fernando de la Cueva por embargo de un barco, robo de mercaderías y varios otros delitos y crímenes. Fueron también a querellarse a Guatemala el Adelantado D. Gonzalo Vázquez de Coronado, Jerónimo del Cubillo, tesorero de la provincia, y algunos más. Alonso Adame, el cual iba desde Panamá a lo mismo, estuvo a punto de caer en las garras de D. Fernando a su paso por el puerto de Esparza o Caldera. Cuando arribó el barco se fue el gobernador al puerto para embargar los baúles de los pasajeros y obligarles a pagar un rescate. Al enterarse de que Adame estaba a bordo y del objeto de su viaje, salió en un bote con gente armada para prenderlo y quitarle sus papeles; pero el barco desplegó inmediatamente las velas y pudo escapar, no obstante que el gobernador lo persiguió, tirándole muchos arcabuzazos.

Con vista de la gravedad de las acusaciones presentadas contra D. Fernando de la Cueva, la Audiencia acordó mandar a Costa Rica un juez de comisión y el 14 de agosto de 1596 nombró a Antonio de Luzón, vecino de la ciudad de Granada en Nicaragua, para que fuese a Cartago a prender al gobernador y remitirlo a Guatemala. D. Femando supo lo resuelto por la Audiencia, salió inmediatamente para Nicaragua, yendo a hospedarse en la propia casa de Luzón, y logró persuadirlo de que no aceptase el cargo. Durante su permanencia en Granada y para no perder la costumbre, asaltó de noche una casa con intento de violentar a una doncella. Regresó a Costa Rica, donde había cesado todo comercio por mar y tierra a causa de sus desvergonzadas exacciones, y no fue sino hasta fines de 1597 cuando la Audiencia le obligó a presentarse en Guatemala.

Debido sin duda a las poderosas influencias de que D. Femando disponía en la capital del reino, la Audiencia le permitió volver a Costa Rica en 1598, y sólo su muerte, acaecida al año siguiente, pudo libertar a la provincia de su oprobiosa tiranía.

 

Referencias:

  • Ricardo Fernández Guardia
    Crónicas Coloniales

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