El pan francés en Costa Rica

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Aquí les dejo una simpática historia que me encontré rebuscando en periódicos. Espero que sea de vuestro agrado.

Siglo XIX. Corría la década de los 60. Bajó de un barco, en Puntarenas, un joven francés que llegaba por primera vez a América, creyendo –como casi todos los emigrantes que venían de Europa-  que aquí había trozos de oro en cualquier calle y que las monedas y billetes crecían en árboles.

Con  sus bolsillos escuálidos, llegó desde Marsella, tras un peligroso viaje de unos cinco meses, vía el Estrecho de Magallanes, al sur de América.

Ojos azules, cabello rubio y estatura media, el “franchute” no hablaba ni jota de español. Desilusionado de “La Perla del Pacífico”, optó por probar suerte en la ciudad de Alajuela.

Con unos 4.000 habitantes, la Alajuela de entonces lo adoptó y como era, y es, costumbre en ese pueblo, le pusieron un apodo. Como nadie podía decir su primer nombre, optaron por llamarlo por su apellido, Martin. Así se quedó “Don Martín”.

Pronto, el francés se dio cuenta de que en Alajuela nadie hacía pan blanco, popular y cotidiano en hogares franceses. Construyó entonces un gran horno ante la curiosidad de los vecinos. Y una mañana de tantas, a la salida de misa, aparecieron varios niños pregonando: ¡Vendo pan blancoooo…!  ¡Fresquito y tostaditooo! ¿Quién quiere pan calientito? ¡¡¡Pan…Pan….Pan!!!

Aquello impactó a los alajuelenses pues nunca habían escuchado a niños vendiendo en sus calles audazmente un nuevo producto.  Al principio, trataron de boicotearlo. Argumentaron que era mejor el pan de maíz que hacían las abuelas, que aquel con harina de trigo.

Pero, poco a poco, fueron comprando más y más pan blanco… y hasta el día de hoy.

Fue así también como los expertos  pone-sobrenombres le pusieron apellido a don Martín: lo bautizaron Blanco, blanco por el novedoso pan que hacía. Desde entonces, y hasta que entregó su alma al Creador, siguió llamándose oficialmente don Martín Blanco.

De esa singular manera brotó en Costa Rica el apellido Blanco.

Don Otilio desciende de aquel famoso panadero.
Don Otilio Ulate desciende de ese famoso panadero.

Y para preservar la especie y terminar de hornear el asunto, fue necesaria una deliciosa “costilla”: don Martín casó con una bella señorita de Alajuela. Ella era de origen vasco y su apellido, Olarte. Y como ese apellido también se le dificultaba a los alajuelenses, pronto se lo cambiaron por Ulate.

Entre sus descendientes destaca un nieto que tendrá  para siempre un sitio en la historia costarricense. Un hombre de extracción humilde, apodado “El Mono”, quien alcanzó, merced al pan blanco, la Presidencia de la República…

¡Otilio Ulate Blanco!

Referencias:

  • crhoy.com Noticias 24/7
  • Anuario del Cuento Costarricense 1967, Villegas, Xinia.

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